Ascenso, declive y pertinencia del humanismo en las universidades: Felipe Cárdenas Támara

Ascenso, declive y pertinencia del humanismo en las universidades: Felipe Cárdenas Támara

 

Julio/26 Cárdenas (*), observador de este portal y profesor asociado de la U. de La Sabana, advierte que el auge tecnológico y utilitarista ha erosionado el humanismo universitario, cuya memoria y sentido siguen siendo indispensables.

Me gustó mucho la película Odisea, que vi con mi esposa Lucía hace pocos días. Después de treinta y tres años de matrimonio, son pocas las sorpresas que nos puede deparar la vida en cuanto a acontecimientos vividos por el otro que uno desconozca. Con tres décadas de matrimonio, conocemos casi toda la historia del otro: sus gustos, preferencias, temores y sentimientos. Eso es lo que uno cree. Sin embargo, para mi sorpresa, la película nos abrió un canal hacia experiencias de vida que yo no conocía en mi esposa. En muchas ocasiones hay misterios en el otro; la otredad finalmente es mi realización como persona.

Ella me comentó al inicio de la proyección:

—La película me recordó que la literatura clásica me encanta. Tuve una clase con un profesor cuyo nombre ya no recuerdo, que nos puso a leer La Odisea de Homero. Me encantó. Era una electiva sobre literatura griega que se dictaba en la Universidad de La Sabana. El profesor explicaba en profundidad y conocía en detalle los pasajes más oscuros, bellos, enigmáticos y confusos de la trama épica de La Odisea. Pasados los años, todavía recuerdo la importancia de la estructura arquetípica de La Odisea. Es emocionante; sus “verdades” son constantes en el alma humana.

Palabras más, palabras menos, ese fue uno de sus comentarios. No conocía esa experiencia universitaria en su vida. Y yo también compartía ese gusto por los relatos épicos y su halo de misterio.

Y le pregunté de manera reflexiva:

—¿Hoy un estudiante universitario tiene en sus ofertas académicas la posibilidad de contar con un profesor que conozca la trama de La Ilíada o de La Odisea de tal manera que el estudiante pueda navegar por el mundo material, psíquico y espiritual de los caminos constitutivos de la experiencia de orden de la civilización occidental? —La pregunta, sinceramente, era más sencilla; la elaboró un poco para realzar su sentido en este texto.

Los dos somos profesores universitarios y, en lo referido al medio en el que nos movemos, no podríamos responder en este momento de manera afirmativa, pues de cierta forma las humanidades han desaparecido de la formación del estudiantado universitario en Colombia. Espero estar equivocado en este juicio. Yo percibo, desde mi limitada perspectiva, que hoy las transformaciones tecnológicas y el auge de una filosofía utilitarista han desbancado la formación humanista seria y rigurosa.

Pienso que esa universidad humanista, hasta cierto punto, ha desaparecido ante el auge del utilitarismo y de las propuestas educativas que hablan obsesivamente de la relevancia práctica, concepto que tuvo sus detractores humanistas hace ya más de dos siglos. Esto significa que muchos de los conceptos de la gestión universitaria aparentemente «innovadores» y «disruptivos» ya se debatieron hace por lo menos doscientos años. No hay nada nuevo bajo el sol.

Precisamente, el nacimiento de las humanidades en el ámbito universitario, a lo largo de los siglos XVI al XIX, fue la respuesta que se dio desde la transformación de la universidad medieval y renacentista frente al utilitarismo que ciertos centros educativos querían proyectar en las universidades europeas que se venían consolidando desde el siglo X (1008, Universidad de Bolonia) a lo largo y ancho de Europa.

Sobre el término humanidades o humanismo

Una breve reflexión sobre la historia de las humanidades y del humanismo en los nuevos tiempos de la inteligencia artificial (IA) resulta pertinente, dada la erosión que el humanismo ocupa hoy tanto en la formación de los jóvenes como en las propias preocupaciones de los profesores. La historia nos enseña que la trama humana presenta muchas coincidencias y constantes que se repiten, independientemente de la época, y que vamos a ver reproducidas en las presuntas verdades deformadoras de Carl Jung o Sigmund Freud, así como en las rebeliones gnósticas del propio Carlos Marx.

Las universidades, desde luego, tienen que meterse de lleno en el código y los subcódigos de la inteligencia artificial. Lo que no pueden olvidar es que los dioses (ídolos del mercado), como le sucedió a Odiseo, nos pueden confundir y, en sus deleites —como en la relación amorosa de Odiseo con Calipso—, nos pueden llevar a olvidar los sentidos más profundos de nuestra existencia o de nuestra memoria institucional. La pérdida de los sentidos fundacionales, desde el horizonte de la guerra y de la batalla cultural y espiritual que vive la civilización occidental, es la peor de las tragedias. Parece que la universidad, particularmente las universidades católicas, ha olvidado, en su obsesión por servir a los gustos del mercado —cuyas apetencias, en muchos casos, son bastante luciferinas—, esos sentidos fundacionales.

El surgimiento de las humanidades en las universidades puede pensarse como una respuesta dada por los intelectuales y educadores de la época (siglos XVI-XIX) a las grandes transformaciones epocales e institucionales que jalonaron la revolución científica del siglo XVII y la revolución industrial del siglo XIX. Hoy, a mi modo de ver, la inteligencia artificial forma parte de ese continuum: como hecho social, tecnológico y científico de enorme envergadura, se constituye en un hito para la humanidad. No obstante, la IA puede terminar actuando como la amante diosa que nos cautiva y nos hace perder la memoria de nuestros principios y del sentido de nuestra vida, de nuestras lealtades o de los verdaderos campos de batalla y de lucha: la familia, la comunidad, la patria, Dios-Trinidad.

Ahora bien, ¿cómo se enfrentó de manera creativa y propositiva la universidad, a partir del siglo XV, a las grandes transformaciones tecnológicas y científicas que de forma exponencial cambiarían el paisaje medieval, intelectual y cultural de la Europa de aquel entonces, en un proceso causal similar al que vivimos hoy con la irrupción de la inteligencia artificial? Podemos afirmar que una de las respuestas fue el surgimiento de las humanidades y del humanismo en el seno de las grandes universidades europeas.

Sería ingenuo pensar que la revolución científica o industrial de aquel entonces se hubiera podido detener. El romanticismo y sus escuelas del desencanto, como propuesta cultural, fueron una hermosa respuesta fracasada de orden contracultural en el siglo XIX. Sería absurdo suponer que los desarrollos de la IA y sus usos sociales deban pensarse como algo negativo para la humanidad. Son sucesos históricos que no se pueden interrumpir, ya que forman parte del progreso de la humanidad. Sin embargo, no podemos olvidar las ideas-fuerza configuradoras del ethos occidental en su raíz semita, griega, romana y cristiana, que de cierta forma confluyen en el humanismo cristiano centrado en la importancia de la persona humana y su dignidad trascendente: principio y fundamento de la institucionalidad universitaria occidental y que está en la base del surgimiento incluso de las universidades laicas o del politécnico francés.

Conservar la memoria es parte de lo más profundo de nuestra trama soteriológica y épica. La memoria puede significar todo para una humanidad confundida y enferma. Y, desde luego, nos puede ayudar a pensar cómo piensan y actúan nuestras instituciones universitarias, ayudándonos a reconfigurarlas y a restaurar órdenes épicos, en una reflexión sobre los posibles excesos y los equívocos en el campo científico y tecnológico, cuyos mecanismos y procesos, cuando se desbordan, pueden terminar desfigurando la imagen del ser humano (véase todo lo referido al transhumanismo y a la universidad woke).

La denotación del humanismo, como expresión de todo «ismo», según refiere Walter Rüegg, es una «etiqueta de partido». Es decir, la universidad que se define como humanista se alinea, en primera instancia, con una posición que podemos calificar de partisana o política. Asume un compromiso marcado por una relevancia que no es solamente práctica, sino eminentemente política (tenemos que hablar de relevancia política), en el sentido de la proyección de una experiencia de orden, armonía, crecimiento, ética y florecimiento social y comunitario al servicio del individuo y de la sociedad (educación liberal) que desborda los sentidos de poder y fáusticos que marcan el conductismo de la ciencia política contemporánea y sus fijaciones y obsesiones maquiavélicas.                                                          

Entonces, se puede aseverar que el humanismo fue una respuesta innovadora y creativa frente a los cambios que experimentó el «mundo antiguo», marcado por las nuevas pautas socioeconómicas e institucionales que impulsaron la revolución científica —de la que Francis Bacon fue un precursor fundamental— y la revolución industrial de los siglos XVIII y XIX, sin olvidar que, como hijos de la Revolución Francesa (el caballo de Troya a la inversa o en perspectiva invertida), mucha barbarie, mentira, engaño y traición atraviesa el llamado progreso de Occidente en el marco de las verdades que le han sido reveladas a lo largo de la historia y la meta-historia, cuya trama mito-poética desborda el campo de comprensión de las religiones políticas  y de la ciencia gnóstica.

La respuesta educativa y universitaria humanista proporcionó un plus de sentido a la formación de la juventud, cuya experiencia principal estaba marcada por los apasionantes avances de la ciencia, la industria y la tecnología. Walter Rüegg nos recuerda que el concepto de humanismo fue utilizado por primera vez en 1808 por Niethammer, filósofo y pedagogo del gobierno bávaro, en una polémica contra una reforma educativa que aspiraba a establecer una formación práctica del tipo que ya se ofrecía en el Philanthropinum de Dessau, para la cual acuñó el término «filantropinismo». Para Niethammer, tal concepción de la educación fomentaba la animalidad del niño, mientras que el «humanismo» suscitaba su humanidad. Como refiere Rüegg: «Por humanismo, Niethammer entendía un currículo basado en la educación liberal y la enseñanza de la lengua, que había dominado la educación secundaria en toda Europa desde el siglo XV y que, en expresiones como humaniora (1617), humanity (1484), humanities (1703) y humanités (1673), podía rastrearse hasta la idea ciceroniana de los studia humanitatis».

Podemos ver que el humanismo no era un decorado en la vida universitaria. Ante el auge de la revolución científica e industrial, los intelectuales y educadores más lúcidos de Europa postularon la importancia de la educación humanista y liberal como eje central y transversal en la formación de todo el estudiantado y de la comunidad universitaria. La inserción del humanismo en la universidad fue una respuesta filosófica, educativa y, desde luego, política frente a un entorno que deificaba la máquina, el maquinismo, el progreso científico ilimitado (el posterior positivismo comtiano) y las obsesiones tecnológicas, como los adoctrinamientos sectarios.

Conocer la historia del humanismo y su papel al interior de las universidades nos ayudaría a enfrentar las nuevas obsesiones tecnológicas y los ídolos del mercado, cuya máxima expresión la define hoy la experiencia de la IA. Necesitamos profesores humanistas: personas cuya vida de entrega y estudio ante temas aparentemente triviales e inútiles vienen a constituirse en los pedagogos que finalmente iluminan el alma de un estudiantado y un profesorado cuyas vidas pueden estar atravesadas por fuertes cadenas, lazos y grilletes que nos pueden estar conduciendo, como humanidad, a vivir toda suerte de esclavitudes, engaños e ilusiones.

Homero y sus tramas épicas siempre tendrán un valor perenne que se refleja de muchas maneras y desde múltiples ángulos. Las verdades épicas, hijas de un tiempo histórico, fijan hitos históricos atemporales en su relación con planos de la realidad cuyas dimensiones desbordan el discurso de la ciencia y de la técnica. Esas tramas nos enseñan a vivir el misterio de la vida: aventuras que se reflejan en el amor, la lucha, la entrega y el fracaso. Son «objetos» o argumentos de vida cuyos sutiles movimientos —como el que puede acontecer en la vida de nuestros amores humanos, o en nuestras mascotas, gatos, perros o caballos— nunca podrán ser reemplazados por robots o máquinas.

Uno de los momentos más emotivos de La Odisea (Canto XVII), y que forma parte de la película, es la presencia del perro de Odiseo. Argos, un hermoso perro de caza que ha envejecido esperando el regreso de su dueño. Era un pequeño cachorro cuando Odiseo partió en su viaje de aventuras guerreras (La Ilíada). Después de veinte años, esperaba y recordaba con lealtad a su dueño, y reconoce a Odiseo cuando este regresa a Ítaca disfrazado de mendigo. Un perro viejo, abandonado y enfermo esperaba a su amo con fervor. El héroe llora cuando ve a su perro, que mueve la cola y baja las orejas en señal de reconocimiento. Argos muere serenamente al ver a su amo. Una hermosa escena que nos recuerda la lealtad y los vínculos entre los humanos y los no humanos, que, al ser orgánicos, son irremplazables ante el auge de las realidades inorgánicas (la IA).

Por importante que sea toda revolución científica y tecnológica, el humanismo siempre tendrá cosas que enseñarnos; persistentemente tendrá verdades que recordarnos. Son esas verdades atemporales las que nutren el alma, la existencia y la trama de los pueblos. Verdades que podemos recordar muchas décadas después y que ayudaron a forjar nuestro carácter, nuestra identidad y la de nuestros seres queridos, proporcionándonos las armas intelectuales para enfrentarnos a las disoluciones y erosiones de nuestro mundo y del mundo.

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(*) Miembro del Observatorio Iberoamericano de Sociopolítica, Cultura y Ambiente – Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia

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