Opinión de Alvaro T. López, en El Mundo, de Medellín
Parecería que con la Ley 30/92 el legislador pretende reglamentar como principio rector de la educación superior la autonomía universitaria, en virtud de la norma constitucional que la consagra. Ninguna institución ha sido tan manipulada y mancillada como ésta. Lo cierto es que, en principio no tendría que ver con la parte administrativa de las universidades, aunque sí define mucho la participación política de las autoridades oficiales en la vida de las universidades.
Pero si la ley persigue la clara definición de los criterios con los que se imparta la educación superior en Colombia, habremos de concluir que con la autonomía no se adoptan mecanismos de elusión, ni de exclusiones legales no contempladas en normas estatutarias, sino que pretende dotarnos de un sistema de educación superior que genere la posibilidad del enriquecimiento personal de estudiantes y profesores, mediante el debate civilizado y culto de las ideas, sin que pueda ser permeada por fuerzas oscuras u oscurantistas.
El Estado tiene constitucionalmente establecidos unos fines esenciales, y todas las instituciones deben dirigirse a ellos. Hay principios en materia de arbitramento y administración de recursos y de moralidad pública que, por ser pilares fundamentales de la vida republicana, son imposibles de ignorar. Por ejemplo, no puede ser la autonomía universitaria un pretexto para violar el sistema estatal de contratación pública menoscabando el derecho de los particulares o allanando el camino de la desviación de poder. Mucho menos puede ser la autonomía universitaria interpretada como la consagración de la extraterritorialidad, para que bandas de delincuentes adopten los campus como sus cuarteles generales. En cambio, en aras de la calidad de la educación superior, debería servir para que las universidades, sobre todo las que funcionan con recursos oficiales, adopten un sistema justo y competitivo de remuneración e incentivos para el cuerpo docente. En eso sí deberíamos estar trabajando para que el salvaje mercado en el que ha devenido la educación a todo nivel, no arrase con el patrimonio colectivo más importante.
No es de recibo la idea de que la composición humana de las universidades, sobre todo la de las que funcionan con recursos del erario, sea un reflejo de la fauna social, pues si en la sociedad tenemos delincuentes, terroristas y estafadores, es precisamente la educación el ideal mecanismo para desterrar los vicios que nos desfiguran como comunidad. Mal hacen, si es que lo hacen, quienes negocian con estos grupos al margen de la ley la gobernabilidad de los centros de educación superior, pues con ello se ponen asimismo en situación de ilegalidad, deviniendo en reos de lesa patria. Colombia es un pobre país tratando de salir adelante, de quitarse de encima el lastre del mal nombre que internacionalmente nos han forjado los delincuentes confesos y sus protectores. La Universidad no solo representa un enorme esfuerzo fiscal, sino que se erige como una esperanza en medio del desastre. ¿Cómo, entonces, malgastar el patrimonio colectivo y los sueños de un mejor ambiente para los hijos? Mantener la Universidad como mecanismo de solución y no como parte del conflicto, no es una opción sino una obligación de sus directivos en principio, y de la sociedad, siempre.
No podemos, como nación, renunciar a la Universidad. Nos cuesta mucho, nos significa mucho. Hay que incluirla en los buenos propósitos de los gobernantes; hay que convertirla en la jalonadora del cambio que debe ser. Para esto necesitamos que los directivos tengan conciencia de patria, que sepan qué es el Estado, para qué sirve y como se cumplen sus fines. Da grima ver como algunos personajes, grises e incompetentes, defienden la permanencia de ciertos personajes y grupos en la Universidad y, de paso, acusan alegremente a otros del problema. No se trata de campañas políticas, ni de complots, ni de enemistades gratuitas. Es hora de pensar en un futuro que incluya la educación superior. Para eso necesitamos erradicar las necedades, los egoísmos, las trincheras.
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