Mayo 2008
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Los desafortunados acontecimientos de las universidades públicas (asambleas, suspensión de clases, paros, intento de incineración a policías y hasta un estudiante inculpado por asesinato) son una vergüenza para nuestro sistema educativo.
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Carlos Lopera Director |
Aunque es irresponsable generalizar y culpar a todo el estudiantado de la situación, es igual de irresponsable la actitud de los rectores y profesores que permiten estas situaciones y ni qué decir del silencio del Ministerio de Educación.
/// En últimas, ninguno de estos protagonistas reflejan dolor alguno por el grave daño que ocasiona al país esta situación.
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Esta situación erróneamente se justifica como el ethos de la academia pública. Algunos bohemios sesenteros y setenteros consideran que las protestas y los paros son la más legítima expresión del inconformismo…. Lo peor del cuento es que esta estrategia les da resultado, especialmente cuando se enfrentan a rectores sin carácter.
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Si bien es cierto que la educación colombiana tiene un valioso referente en su universidad pública (en investigaciones, en desempeños en los ECAES, por una mayor opción de doctorados que la universidad privada, por la cobertura incrementada en los últimos años, entre otros ), esto no es suficiente frente a lo que debe dar a una sociedad que paga mucho dinero por su funcionamiento.
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Las cifras son escandalosas. La sola Universidad Nacional cuesta al país más de 1.500 millones de pesos diarios, incluso si está cerrada… entre tanto, las acciones intimidantes de unos pocos (terrorismo), impiden que miles de estudiantes, ajenos al conflicto, se atrasen en sus deseos de graduarse y otros miles de aspirantes demoren su ingreso a la universidad pública.
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¿Y los profesores? Si son verdaderos maestros, llaman a la cordura… los demás no gastan afán…. Su sueldo seguirá llegando, con o sin clases, y las pensiones, mismas que paga el Estado, seguirán creciendo.
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Colombia debe replantear esto. No se trata de callar las expresiones, sino de saber canalizar las inquietudes y atenderlas. Requerimos rectores que, más allá de una brillante hoja de vida, una excelente habilidad para ganar amigos o simplemente ser buena gente, sepan imponer su autoridad con disciplina acompañada de diálogo académico.
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Si sus alumnos son los de menores recursos, deben ser agradecidos y solidaridarios con miles de jóvenes que, a diferencia de ellos, no pueden llegar a una universidad, y si son los de mejor desempeño académico, deben expresarse con acciones intelectuales y no guerrilleras.
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Nos han cambiado los papeles. Ahora venden la idea que es Colombia quien les debe a los universitarios, cuando, por el contrario, son ellos quienes deben un mayor compromiso. Son muchos millones de pesos por estudiante, más de los que el promedio paga, los que se les subsidian.
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No es una violación de la maltratada y malinterpretada autonomía universitaria, exigir que los egresados de estas universidades retribuyan a la sociedad que pagó impuestos para que estudiaran, o pedir que no se suspendan actividades, o fijar límites de tiempo para terminar estudios, porque detrás de ellos hay decenas que están detrás de ese cupo y, por qué no, hasta que las autoridades entren a los campus a detener terroristas.
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Si la universidad pública es mejor, su corrupción es peor. Si desde el Observatorio nos quejamos de la mediocridad de algunas universidades privadas, más escándalo genera la falta de compromiso e irresponsabilidad de la universidad pública: es decir, la universidad de todos y no de unas minorías que, por pasatiempo, terrorismo, interés laboral o negligencia, se creen sus dueñas.
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