¿Con la actual generación de estudiantes, la docencia deja de disfrutarse y pasa a ser algo miedoso?

Julio 27/22 En la actualidad “el miedo reina en docentes que ya no pueden improvisar, corregir o incluso hacer algún chiste académico a partir de lo que diga un alumno o una alumna”.

La afirmación es de Florence Thomas, Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad (foto), en su columna del diario El Tiempo, titulada “La zozobra en el aula universitaria”, en la que plantea un tema que se habla  sotto voce, mas no en los escenarios públicos: La actitud de la actual generación de estudiantes, claramente es muy distinta de sus antecesores, y eso conlleva que el papel del docente tenga que ir más allá de us reflexión académica y pedagógica, para entrar a considerar el cuidado que debe tenerse con todo lo que dice, hace, piensa y como lo hace, pues el conteto actual de libertades mayores para la población, el posicionamiento de diversos derechos, y el uso de la tecnología y su impacto en la mediatización y viralización de situaciones de clase, entre otros aspectos, demanda “nuevas habilidades” de los profesores, hasta hace poco impensadas.

Este es el texto de la reflexión de Thomas:

Les confieso que siento un gran alivio por haber sido profesora universitaria en otra época. La verdad, me asombra lo difícil que es hoy enseñar en un centro universitario. Hace poco me reuní con un grupo de profesores y profesoras jóvenes de universidades privadas y públicas en un evento feminista, y sus historias me dejaron muy perpleja en relación con los tiempos que vivimos. Sus relatos fueron muy inquietantes, y las y los sentí muy asustados con su oficio. Tanto que me parece que su principal problema ya no es –como en mis tiempos– lo salarial, las condiciones del campus, las luchas de egos, el patriarcalismo reinante de algunos colegas, sino la expresión del miedo que estos docentes les tienen a los y las estudiantes. Miedo casi enfermizo, temor de ser denunciados, pánico de las redes sociales o físico terror de ser investigados administrativamente por una queja de algún alumno o alumna. Mejor dicho: un estado permanente de zozobra.

Primero, para evitar que los y las estudiantes entren en una crisis de sensibilidad y denuncien malos tratos, los y las profesores no pueden corregir casi nada de los discursos de los estudiantes. Cuántas veces en mi época, una cátedra de psicología exigía una cierta radicalidad en las ideas emitidas que, creo yo, tenía efectos positivos. Ahora parece que es muy difícil controvertir en el aula de clase; todas las opiniones valen y ninguna es mejor que otra. Y si sube el tono, lágrimas y cartas van, incluso de los mismos padres. Y si bien es cierto que en este siglo XXI hemos descubierto la importancia de las subjetividades, lo que pasa hoy en las aulas universitarias raya en lo absurdo.

Un segundo aspecto está ligado a la imposibilidad de exigir. Estudiantes que protestan por tener que leer cien páginas en una semana: solo quieren videos. En mi época, podíamos leer un libro completo semanal y teníamos que escribir un ensayo. Eso es hoy un imposible. Por supuesto, tuve profesores despiadados. No los estoy reivindicando. Pero los docentes que me marcaron para siempre tuvieron niveles de exigencia muy altos. Por supuesto, hablo de exigencias académicas. Hoy parece que las reglas son de mínimos esfuerzos en un marco discursivo muy controlado. Otra cosa que me llamó la atención de los testimonios de esta generación de profesores es la utilización de la evaluación como arma de clase. Profesor o profesora que exija un poco más de sus estudiantes es inmediatamente llevado al tribunal de las evaluaciones negativas. De tal modo que rajar estudiantes es un inmenso riesgo para la práctica docente universitaria y por esta vía, las universidades corren el riesgo de convertirse en una masa mediocre con calificaciones de 4,0 para que los y las estudiantes pasen la asignatura sin problema y vivan felices. Curioso método de enseñanza.

No quiero decir con esto que mi época fue ideal. Había mucho machismo de profesores hacia mujeres estudiantes. Muchas situaciones de acoso no denunciadas. Hoy hay significativos avances que por supuesto reivindico con firmeza: las denuncias orientadas a la erradicación definitiva del acoso sexual, la incorporación de un lenguaje incluyente, el respeto de la diversidad de orientación sexual. El punto no es este. El asunto es que el miedo reina en docentes que ya no pueden improvisar, corregir o incluso hacer algún chiste académico a partir de lo que diga un alumno o una alumna. La ironía lúcida e intelectual parece estar acabándose cuando era uno de los encantos de muchos de los y las colegas de mi generación.

 20,210 

Compartir en redes