El profesor universitario Jorge Iván González analiza en el portal La Silla Vacía, cómo en el debate actual sobre la educación y la reforma de la ley 30 vale la pena reflexionar sobre los costos de la educación, y las formas de financiación.
1. Los costos de mejorar la calidad de la educación son cada vez más grandes
La evaluación de los costos depende de cuál sea el bien producido. Me voy a referir a dos bienes que resultan del proceso educativo: la calidad de la formación y el número de estudiantes. Desde esta perspectiva, los costos dependen de la conjunción de dos bienes: calidad y cobertura. Considero que si queremos aumentar calidad y cobertura los costos adicionales son cada vez mayores. Como diríamos los economistas, los costos de la educación son marginalmente crecientes
Cuando únicamente se considera la cobertura, es factible que los costos de introducir un niño adicional al sistema educativo sea cada vez menor. El número de estudiantes que atienden a un profesor puede aumentar, sin que haya un incremento de los costos. Pero este proceso tiene un límite. Incluso, cuando la enseñanza hace un uso intensivo de internet la reducción de costos también tiene límites. Sin duda, en el primer momento los costos marginales disminuyen, pero después los costos empiezan a ser marginalmente crecientes. En otras palabras, el escenario de costos marginalmente crecientes termina siendo inevitable.
El advenimiento ineluctable de los costos marginalmente crecientes se ilustra bien cuando se observa el panorama internacional. El Informe de Desarrollo Humano de 2010, La Verdadera Riqueza de las Naciones: Caminos al Desarrollo Humano, muestra que entre 1970 y 2010 los países del mundo son cada vez más similares en dos de los tres componentes del índice de desarrollo humano (IDH): esperanza de vida (como proxy de salud) y educación. Durante estos 40 años se han reducido las distancias entre países en las variables que no tienen relación con el ingreso. Esta reducción puede ser una expresión de la presencia de costos marginalmente crecientes. Puesto que los costos son crecientes, las naciones que están a la cabeza avanzan más lentamente. Los países que están en la escala superior aumentan los gastos en educación y salud de manera exponencial. Las cifras correspondientes a los Estados Unidos son contundentes. Tal y como muestra Stiglitz, el gasto federal en educación y salud ha crecido de manera significativa en los últimos 15 años.
Se podría afirmar que si los países desarrollados gastan en mejorar la tecnología, basta con que los otros países copien y utilicen los inventos. En tales circunstancias, mientras los primeros tienen costos crecientes, los segundos tendrían costos decrecientes. Esta apreciación no es completamente cierta porque a medida que la tecnología avanza, también aumentan los requerimientos necesarios para aprovecharla. Aceptando las posibilidades de divulgación del conocimiento, se equivocan los países menos avanzados si piensan que pueden apropiarse de otros saberes sin aumentar de forma sustantiva el gasto en educación y salud. En realidad, la combinación de calidad y cobertura hace que en todos los países los gastos en educación y salud sean marginalmente crecientes. Puesto que la tecnología cada vez se va haciendo más compleja, su apropiación requiere que haya un capital humano más capacitado.
El principio de costos marginales crecientes es más contundente en ciencia, tecnología e innovación (C&T&I). La emulación entre las personas es fundamental. En los individuos existe un deseo puro de conocer que los lleva a buscar caminos nuevos, sin que necesariamente se caiga en la actitud pasiva de esperar que los otros hagan la invención. La emulación también existe entre países. Varias naciones latinoamericanas han decidido ser líderes mundiales en determinadas áreas. Para no mencionar a Brasil, vale la pena tener en cuenta los avances significativos que ha tenido Chile en astrofísica.
La investigación de punta implica asumir costos cada vez mayores. Pero, además, debe tenerse presente que aún cuando no haya investigación de primera línea, el manejo y la adaptación de las tecnologías existentes requiere gastos cada vez más grandes. En síntesis, los costos marginales en educación son crecientes. Los niveles de gasto varían dependiendo del país, las instituciones, etc. De todas maneras, dado que los costos de mejorar en la educación y la C&T&I son cada vez mayores, el gasto tiene que aumentar. El gobierno colombiano parece desconocer esta evidencia.
Los grandes descubrimientos tecnológicos deben ser pagados por todos los países. El sistema de patentes – clarísimo en el caso de las drogas – lleva a que todos los consumidores terminen pagando los costos marginalmente crecientes.
2. Costos crecientes y financiación
Frente a los costos crecientes, no hay más alternativa que recurrir a los impuestos. La riqueza de la sociedad es la fuente última de financiación. Como lo ha señalado recientemente el director de la Dian, Juan Ricardo Ortega, la tributación en Colombia es muy baja (16% del PIB), frente a la de otros países. Chile tiene 33%, Estados Unidos 45%, Europa del norte más del 50%. La conclusión es evidente: sin impuestos no es posible financiar los costos crecientes de la educación y la salud.
Afortunadamente Colombia cuenta con regalías, y en el corto plazo estos recursos podrían financiar parte de las necesidades. Desgraciadamente, la forma como se han distribuido no favorece el desarrollo de la C&T&I, ni la reducción de las diferencias entre las regiones del país. Se cometió el error de permitir que el destino de los recursos para Ciencia y Tecnología sea decidido por un grupo de gobernadores. Colciencias y las universidades no tienen liderazgo en la asignación de dichos recursos. Desde otra perspectiva, los fondos de Compensación y Desarrollo no favorecerán que las regiones tengan niveles de bienestar similares porque se distribuyen sin que las prioridades sean claras. La decisión del Ministro de Hacienda de “repartir la mermelada en toda la tostada” es equivocada y termina dispersando los recursos.
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