Sept/26 Cárdenas (*), observador de este portal y profesor asociado de la U. de La Sabana, dvierte que la universidad contemporánea ha sustituido el ideal medieval de búsqueda comunitaria de la verdad por una burocracia de métricas y control administrativo.,
Anamnesis contemporánea de las verdades de la universidad medieval
“—Pero entonces —me atreví a comentar—, aún estás lejos de la solución… —Estoy muy cerca, pero no sé de cuál. —¿O sea que no tienes una única respuesta a tus preguntas? —Si la tuviera, Adso, enseñaría teología en París. —¿En París tienen siempre la respuesta correcta? —Nunca —dijo Guillermo— pero están muy seguros de sus errores. —¿Y tú? —respondí con una impertinencia infantil— ¿No cometes nunca errores? —A menudo —respondió—, pero en lugar de concebir uno solo, concibo muchos, para no convertirme en esclavo de ninguno” (Humberto Eco, El nombre de la rosa, 1994, p. 306).
Introducción
Partimos de reconocer que para hablar de la universidad medieval se tendrían que estudiar y escribir varias monografías. El libro sobre el que baso estas reflexiones es el volumen 1 de A History of the University in Europe (1992), titulado Las universidades en la Edad Media. Se trata de un trabajo profundo que examina tanto la historia como la mitología fundacional de la institución. Contrario a lo que suele pensarse, se aprecia la enorme diversidad de formas que adoptó la universidad medieval y el papel indiscutible que cumplió la Iglesia católica en el surgimiento de las primeras universidades. El alma de Europa se forjó en el cristianismo; de igual modo, el alma de las universidades europeas medievales fue cristiana y católica. El cisma de Occidente, propiciado inicialmente por el monje agustino Martín Lutero, desencadenaría un ethos conflictivo que rompería con las huellas del catolicismo romano en el paisaje cultural europeo, en una estela de consecuencias que se sienten hasta el día de hoy, y que señalan muchos de nuestros problemas de identidad como universidades, pensadores y educadores.
De manera sintética, y recalcando que los especialistas reconocen la variedad organizativa de aquellas instituciones, cabe enumerar el esquema general que marcó su vida. Para nosotros, modernos o posmodernos, habitantes de un mundo relativizado en lo moral y ético, las formas teológicas y filosóficas que delinearon el ideal universitario europeo en sus inicios pueden sonar exóticas. Por lo tanto, el propósito es rememorar la aventura intelectual con la que se configuró la arquitectura de las primeras universidades: una empresa cuyo ángulo visual fue eminentemente cristiano y europeo, abierta a las experiencias de orden de otras civilizaciones, pero desde el sentido que marcaba la soteriología cristiana. Las llamadas “epistemologías del sur” (Boaventura de Sousa Santos, Descolonizar la universidad) intentan transmitir, con evidencia histórica precaria, que la universidad nació en el mundo islámico, africano o hinduista, o que las comunidades indígenas tuvieron universidades. Los datos académicos más serios apuntan, con objetividad, a reconocer que la pléyade de universidades surgidas en Europa entre los siglos XI y XV fue un proceso europeo, desde luego en contacto con el mundo monástico, el trabajo de gremios o colegios parroquiales o cardenalicios, difundido después en la América hispánica por la labor de la Iglesia católica y, en el ámbito anglosajón, por un proceso distinto, marcado en buena medida por el protestantismo.
Esta breve remembranza contribuye a descentrar la modernidad: desmitifica la noción de que nuestras universidades contemporáneas poseen un marco axiológico superior al de las medievales. No se trata de comparar para idealizar, sino de reconocer lo ganado y lo perdido en el tránsito hacia las universidades modernas y sus sistemas de control vertical cuyo arquetipo fue la tabla EXCEL. Hoy la vida del profesor es monitoreada por sofisticados y costosos aparatos de gestión administrativa imposibles en el mundo medieval. En aquel tiempo, el profesor gozaba, a mi juicio, de mayor libertad intelectual y vital que la que experimentamos bajo el auge de los sistemas de “calidad total”, que convierten a muchas universidades “liberales” en organizaciones que reproducen mecanismos de planificación centralizada propios de los fallidos experimentos totalitarios.
El organismo evolutivo que ha surgido de estos procesos es el incremento desproporcionado de las burocracias administrativas y la configuración de una nueva jerarquía —inexistente en la universidad medieval— que impone su voluntad sobre las jerarquías académicas, subordinándolas a las verdades de burócratas que jamás han dictado una clase.
Las universidades medievales se configuraban en torno a un núcleo de profesores y estudiantes. El estamento administrativo nunca tuvo el peso que tiene hoy en la industria académica. Aquellas instituciones habitaron un mundo que dejó de existir. Los dinamismos de la modernidad —Estado, industria, mercado, finanzas y el aparente pluralismo contemporáneo— eran dimensiones ausentes de la mentalidad y de la conciencia medievales.
Sin pretender idealizar, la historia primigenia de la universidad medieval, sus movimientos y su mitología fundadora sirven para contrastar y valorar el pasado de Occidente, cuyo motor fue eminentemente cristiano. El principal rol social de aquella universidad consistió en el entrenamiento de formas racionales orientadas al ejercicio de la autoridad en la Iglesia, el gobierno y la sociedad. Ese dinamismo se rompería con la Ilustración, la Revolución Francesa y el desarrollo del pensamiento marxista y sus experimentos de ingeniería social. Un académico medieval emanado de un cuento de Jorge Luis Borges que contemplara la historia universitaria de los últimos doscientos años podría sorprenderse y decir: «Son hijos de sociedades e instituciones llenas de contradicciones, odios, violencias y traiciones al espíritu fundacional».
Rasgos principales de la universidad medieval
Walter Rüegg los sintetiza en las siguientes proposiciones, que adaptamos a este escrito:
(1) La creencia en el orden del mundo creado por Dios: un orden racional accesible a la razón humana, explicable en su estructura, sobre el cual el hombre puede ejercer maestría. Esta creencia implica la investigación científica y académica como empresa para entender el orden de la creación y para generar una maestría sobre la naturaleza.
(2) La asunción, proveniente de las cosmologías antiguas y de la idea judeocristiana de la creatura caída, de que el hombre es un ser limitado. Esta limitación ontológica permite el criticismo intelectual y a la necesaria cooperación colegial en la búsqueda de la verdad.
(3) El respeto al individuo como expresión del macrocosmos o como ser hecho a imagen de Dios: sustrato que fundamentó la gradual realización de la investigación y de la enseñanza.
(4) La radicalidad del imperativo de la verdad científica, herencia del escolasticismo: se prohíbe el rechazo del conocimiento demostrado y se exige la apertura a todas las posibles objeciones. Se valora la argumentación y la discusión pública.
(5) El reconocimiento del conocimiento científico y académico como bien público, don de Dios. No existía afán pecuniario ni interés primario en la utilización económica del saber: valor axiomático de la universidad medieval.
(6) La reformatio: los avances personales se relacionan con la renovación del conocimiento previo. El proceso científico crece de modo acumulativo; el progreso es un continuo de reformatio que dialoga críticamente con la tradición recibida, la estudia, la critica, conserva y trasmite.
(7) La igualdad intelectual (no social ni de origen) y la solidaridad entre quienes se dedican al saber —la disposición a reconocer el mérito científico de cualquiera y a corregir el propio error independientemente de la fuente— fueron las condiciones que hicieron posible el nacimiento de la ciencia y el florecimiento de la universidad como su institución central. Cuando este ideal se respetaba, el conocimiento crecía; cuando se debilitaba (especialmente en centros locales o provinciales), muchas universidades se empobrecían o desaparecían. La igualdad que importa no es la social real, sino la igualdad epistémica dentro del trabajo científico.
En algún punto del siglo XIII, un maestro o gremio de maestros de París o de Bolonia comprendió que la verdad no era posesión, sino búsqueda compartida, y que el error ajeno, si era persuasivo, merecía más respeto que la certeza propia. Esa comprensión, más que cualquier estatuto o bula, fundó la universidad. Hoy, en los corredores climatizados llenos de pantallas y tableros digitales de la industria académica, aquella intuición se ha vuelto casi ilegible: el saber se mide, se indexa, se administra. Quizá el mayor laberinto no sea el de los libros infinitos, sino el de los formularios, encuestas de satisfacción eternas, que han reemplazado a la disputa.
Conclusión a la luz de la industria académica
Los siete rasgos que Walter Rüegg identifica en la universidad medieval no constituyen una lista de virtudes piadosas ni un inventario nostálgico. Forman, en realidad, la gramática ontológica y epistémica que hizo posible la universidad como institución europea y, más tarde, global. Son el código profundo a partir del cual se puede leer, con mayor nitidez, la historia posterior de la universidad: sus transformaciones, sus traiciones, erosiones y sus persistencias.
Estos principios pueden agruparse en tres núcleos interrelacionados:
1) Una ontología del orden y del límite
La creencia en un mundo creado, racional y accesible a la inteligencia humana, unida a la conciencia de la finitud del investigador, generó una tensión productiva: confianza en la inteligibilidad de lo real (indagación sobre la estructura de la realidad-principio organizador de la ciencia clásica desde los griegos) y, al mismo tiempo, vigilancia crítica frente a la soberbia del intelecto. Esta tensión es el origen remoto de la ciencia moderna. Cuando, a partir de la Ilustración y sobre todo del positivismo del siglo XIX, se retiene la confianza en el orden racional, pero se elimina la conciencia del límite ontológico o de referencia metafísica alguna, nace una razón ilimitada que, paradójicamente, termina por someterse a nuevas formas de dogmatismo: ya no teológico, sino metodológico, ideológico o burocrático.
2) Una antropología de la dignidad intelectual
El individuo como imagen de Dios y la igualdad epistémica (no social) configuraron una comunidad de búsqueda en la que el origen, el estamento o la opinión previa no debían prevalecer sobre la fuerza del argumento. Esta igualdad intelectual es, históricamente, más radical que muchas de las igualdades políticas posteriores. Su erosión comienza ya en algunos movimientos intelectuales de algunas de las universidades confesionales de la Edad Moderna, se profundiza con las universidades nacionales del siglo XIX (al servicio del Estado) y alcanza su forma más refinada en la actual industria académica, donde la igualdad se desplaza desde el argumento hacia el indicador: todos son iguales ante el ranking, el factor de impacto y los protocolos de evaluación. Las jerarquías académicas se desvanecen o se desfiguran, y surge una nueva casta administrativa, una nueva jerarquía que define quién asciende en el escalafón. Los profesores menos aguerridos o los distraídos no son reconocidos por el sistema y terminan sus vidas académicas sometidos por generaciones de relevo que ignoran por completo el sentido de las jerarquías académicas. Una condición dolorosa y grave en el campo de la existencia, por lo menos en los países del tercer mundo, donde muchos profesores universitarios se pensionan bajo estipendios miserables, haciendo que su vejez en lo económico sea de una fragilidad inhumana.
3) Una ética del conocimiento como bien común y proceso de reforma.
El imperativo de la verdad demostrable, el carácter no mercantil del saber y la idea de reformatio (progreso como renovación crítica de lo heredado) configuraron una economía moral del conocimiento. Esta economía se quebró de manera decisiva en dos momentos: primero, con la profesionalización y especialización del siglo XIX (Humboldt aún preserva, en tensión, el ideal del Wissenschaft como formación integral); segundo, y de modo más profundo, con la masificación y la mercantilización de la segunda mitad del siglo XX. El conocimiento deja de ser bien público en sentido estricto para convertirse en capital simbólico, recurso productivo y objeto de gestión administrativa. La reformatio se transforma en “innovación” medible; la discusión pública, en evaluación por pares cada vez más ritualizada y performativa y, en no pocos casos, falsificada por la falta de rigor de los procesos de acreditación institucional impulsados por el Estado burocrático y rentista (poner a todos los profesores a evaluar un programa o una universidad en un grupo focal colectivo, desconociendo principios básicos de la investigación cualitativa y social); el desinterés económico, en una retórica que convive sin contradicción aparente con la búsqueda de patentes, rankings y financiación competitiva (mentalidad desconocida en la universidad medieval).
Visto en esta perspectiva larga y desde el ethos medieval mencionado, la historia de la universidad aparece menos como un progreso lineal hacia la autonomía y la excelencia (hoy el discurso neoliberal y conductista de las competencias), y más como una serie de desplazamientos del centro de gravedad:
- De la comunidad de maestros y estudiantes a la universidad como órgano del Estado nacional, del control privado de empresas o de comunidades religiosas cuyo devenir “moderno” les ha hecho olvidar o perder su carisma fundacional.
- De la disputa escolástica a la investigación disciplinaria, o marcada por la sujeción de determinadas disciplinas blandas a los esquemas de dominación de las disciplinas duras, o a visiones organizativas ajenas a una filosofía de la educación inserta e inspiradora de la vida universitaria.
- De la igualdad epistémica a la jerarquía de las métricas.
- Del conocimiento como don a la producción de conocimiento como industria, centrada en las patentes y en la titulación de todo aquel que entra a la universidad. El título excelso de magíster o de doctor otorgado por una universidad medieval se ha banalizado: hoy más del 90 % de los estudiantes elaboran sus trabajos de grado mediante el uso de prompts de inteligencia artificial que resuelven casi la totalidad de sus tareas, ensayos y trabajos de grado, mientras algunos de sus profesores escriben más de treinta artículos “científicos” al año. El co-autor es la IA. Pero no se menciona. Son estos hoy los profesores titulares, que con su ejemplo marcan la pauta de la moralidad institucional.
La universidad contemporánea no ha abolido por completo los principios medievales; los ha secularizado, fragmentado y, en muchos casos, invertido. Conserva la fe en un orden racional (ahora naturalizado como método científico positivista, naturalista o posmoderno), pero ha perdido con frecuencia la conciencia del límite o del reconocimiento del misterio, incluso de lo sagrado. Habla todavía de verdad y de rigor, pero los somete a dispositivos de control que el escolástico habría reconocido, con asombro, como una nueva forma de autoridad externa a la argumentación misma. Celebra la colaboración, la interdisciplinariedad, la transdisciplinariedad y la apertura, pero las organiza según lógicas de competencia y productividad que terminan por erosionar la solidaridad intelectual que Rüegg consideraba —en referencia a la universidad medieval de origen cristiano— condición de posibilidad de la ciencia.
El marco que emerge, por tanto, no es el de una decadencia simple ni el de un progreso inevitable. Es el de una institución que nació de una determinada visión del mundo, del hombre y del saber, y que ha ido sobreviviendo o adaptándose a costa de olvidar, reinterpretar o traicionar parcialmente sus propios fundamentos. Recordar esos fundamentos no es un ejercicio de arqueología piadosa imaginada por un antropólogo devoto en su gabinete universitario: es una forma de medir la distancia entre lo que la universidad fue capaz de ser y lo que, bajo la forma de industria académica, está en peligro de dejar de ser.
La universidad medieval desconocía por completo lo que hoy llamamos industria académica: ese complejo de métricas, rankings, sistemas de calidad, burocracias evaluadoras y jerarquías administrativas que subordinan la vida intelectual a lógicas de productividad y control. (La universidad contemporánea, en economías de mercado, representa una paradoja histórica: en algunos de sus devenires organizativos se ha convertido en la única empresa de economía planificada que reproduce esas formas de organización social tan violentas que en teoría desaparecieron con la caída del comunismo, una tesis que merece ser desarrollada y explorada con mayor detenimiento. Espero que alguien me ayude a desarrollar esta tesis). Donde antaño el núcleo era la relación viva entre maestros y discípulos en torno a un orden racional trascendente, hoy prevalece una maquinaria montada sobre un discurso ingenieril y administrativo de planificación centralizada y de calidad educativa total, que me atrevo a decir, está haciendo de las universidades a nivel mundial una de las empresas más tóxicas del mercado.
Los clichés de “universidades de tercera generación” deben analizarse con responsabilidad y cautela: imponen un orden explícito aparentemente racional, cuyo orden implícito —no captado por los sistemas de acreditación en sus simulacros de evaluación institucional subordinados al Estado— convierte el conocimiento en producto gestionable y al profesor en recurso evaluable. En pocas palabras, se pierde el vigor del diálogo y de la conversación humana no mediada por el indicador y la utilidad práctica.
La igualdad epistémica y la solidaridad intelectual —condiciones de posibilidad de la ciencia medieval, según Rüegg— han sido reemplazadas, en buena medida, por la igualdad de indicadores y la solidaridad con los protocolos de la calidad total en la educación. El contraste no invita a la nostalgia, sino a una vigilancia meditativa y activa: toda institución que olvida su origen como comunidad de búsqueda de la verdad corre el riesgo de convertirse en una parodia administrativa autorreferente, marcada por la ilusión (delusion) y el autoengaño. Con el tiempo, como enseña la historia de la universidad medieval, puede llegar a ser una más de las miles de universidades que han dejado de existir cuando pierden toda referencia a su alma o a su motor fundador. Paris muere, como Europa muere y un continente está en decadencia, pero sus universidades están acreditadas.
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Felipe Cárdenas Támara – Universidad de La Sabana – Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente-Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia
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