Mayo/26 Naranjo Pérez, ex-Decano de la facultad de Ingeniería de la UAO (Cali), señala que si la universidad renuncia a su misión formativa integral, la sociedad pierde capacidad crítica y queda vulnerable ante poderes tecnológicos y lógicas de mercado.
Si la universidad abdica de su función formativa integral —esa que combina el saber técnico con la reflexión crítica, la contextualización histórica y la deliberación ética— para convertirse en un mero centro de entrenamiento orientado por la empleabilidad y las métricas (publicaciones, rankings, tasas de inserción laboral), se genera un vacío institucional peligroso.
¿Dónde se formarán quienes puedan comprender y orientar una realidad histórica cada vez más compleja?
Toda civilización necesita personas capaces de algo más que ejecutar funciones técnicas. Necesita individuos con capacidad de interpretación histórica, criterio intelectual y comprensión de procesos complejos que exceden la lógica inmediata de la productividad.
La cuestión adquiere una importancia particular en una época marcada por la inteligencia artificial, crisis ecológica, polarización política, fragmentación cultural y aceleración tecnológica. Ninguno de esos fenómenos puede comprenderse únicamente desde competencias operativas.
Y más que un problema pedagógico, es un problema político y cultural. Una sociedad puede producir cantidades de profesionales altamente entrenados y, aun así, carecer de personas capaces de ofrecer orientación intelectual en medio de transformaciones históricas profundas. Puede multiplicar expertos y simultáneamente debilitar su capacidad colectiva de comprender hacia dónde se dirige.
Sin embargo, buena parte de la universidad contemporánea parece avanzar en dirección contraria. El conocimiento comienza a valorarse principalmente por su utilidad inmediata, mientras las preguntas más difíciles —aquellas relacionadas con sentido, responsabilidad, orientación histórica y comprensión del mundo— quedan progresivamente desplazadas hacia los márgenes.
En ese vacío comienzan a adquirir un poder desproporcionado las grandes corporaciones tecnológicas, cuyos sistemas ya median la información, la comunicación, la atención y hasta la interpretación de la realidad social. Cuando las instituciones educativas renuncian a formar criterio histórico y pensamiento autónomo, aumenta el riesgo de que las visiones sobre el presente y el futuro terminen definidas principalmente por actores cuyo horizonte responde antes a intereses económicos y lógicas de mercado que a deliberaciones públicas sobre el bien común.
Durante mucho tiempo se asumió que el crecimiento económico y la innovación tecnológica bastaban para garantizar progreso social. Hoy resulta cada vez más evidente que una sociedad tecnológicamente sofisticada también puede ser culturalmente desorientada. Y quizás ahí aparece una de las preguntas más serias para la educación superior contemporánea: si la universidad abandona su función formativa más profunda, ¿de dónde saldrán quienes puedan ayudarnos a interpretar críticamente la época que estamos viviendo?
![]()
