Cuando las máquinas piensan, ¿qué nos queda por hacer el Estado y las universidades?: Luis Fernando Vargas Cano

Cuando las máquinas piensan, ¿qué nos queda por hacer el Estado y las universidades?: Luis Fernando Vargas Cano

Marzo/26 En esta ocasión, Vargas Cano advierte que la IA transformará el trabajo más rápido de lo que la sociedad puede adaptarse, obligando al Estado y a las universidades a redefinir formación, protección social y sentido del trabajo humano.

La transformación del mercado laboral impulsada por el avance acelerado de la inteligencia artificial representa uno de los desafíos más complejos que enfrentará la humanidad durante las próximas dos décadas. A diferencia de revoluciones tecnológicas anteriores, cuyos efectos disruptivos se distribuyeron a lo largo de generaciones, la capacidad de los sistemas de inteligencia artificial generativa y de automatización cognitiva para replicar, e incluso superar, funciones humanas especializadas acorta drásticamente los plazos de adaptación social e institucional. Estudios recientes del Foro Económico Mundial, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y diversas entidades académicas proyectan que para el año 2045 entre el treinta y el cincuenta por ciento de las ocupaciones actuales experimentarán una transformación radical, con una proporción significativa de ellas desapareciendo como categorías laborales reconocibles. Este fenómeno no se limita a tareas manuales repetitivas, como ocurrió durante la mecanización industrial del siglo XX, sino que abarca dominios profesionales que hasta hace poco se consideraban inexpugnables por su exigencia de juicio crítico, creatividad o inteligencia emocional: diagnóstico médico preliminar, redacción jurídica básica, análisis financiero estructurado, diseño gráfico funcional, programación de rutinas estandarizadas y docencia personalizada a gran escala son apenas algunos ejemplos de actividades que ya están siendo reconfiguradas por algoritmos cada vez más sofisticados. La magnitud de esta disrupción plantea interrogantes fundamentales sobre la capacidad de los sistemas económicos, educativos y políticos para gestionar una transición que, de no ser conducida con visión prospectiva y voluntad redistributiva, podría generar niveles de desempleo estructural sin precedentes en sociedades industrializadas, erosionando simultáneamente las bases fiscales del Estado de bienestar y profundizando brechas de desigualdad que amenazan la cohesión social.

El problema central que emerge de esta proyección trasciende la mera reducción cuantitativa de puestos de trabajo y reside, más bien, en la profunda asimetría temporal que separa la velocidad de destrucción laboral de la capacidad humana e institucional para generar alternativas viables. Mientras los sistemas de inteligencia artificial pueden desplegarse a escala global en cuestión de meses, la reconversión profesional de millones de trabajadores exige años de formación sostenida, acompañamiento psicosocial y redes de protección económica robustas. Esta brecha temporal constituye un riesgo sistémico de primer orden: una proporción creciente de la población verá sus habilidades volverse obsoletas más rápidamente de lo que los mecanismos tradicionales de reciclaje laboral —diseñados para ciclos de cambio tecnológico mucho más prolongados— pueden responder. La gravedad de este fenómeno se multiplica en las economías emergentes, donde una elevada proporción del empleo se concentra en sectores administrativos y manufactureros altamente susceptibles a la automatización, sin que existan los recursos fiscales necesarios para implementar políticas compensatorias de envergadura. En paralelo, incluso en las naciones industrializadas, la concentración de los beneficios derivados del incremento de productividad en un reducido número de corporaciones tecnológicas y sus accionistas amenaza con acentuar la polarización económica, transformando lo que debiera ser un avance colectivo en una nueva fuente de fragmentación social. Se configura así una paradoja histórica sin precedentes: por primera vez en la era moderna, la tecnología está en condiciones de generar abundancia material sin crear simultáneamente suficientes oportunidades laborales para distribuir equitativamente sus frutos, cuestionando el contrato social implícito que durante siglos vinculó el trabajo remunerado con la dignidad personal, la integración comunitaria y el acceso a los bienes sociales fundamentales.

Frente a este escenario, las universidades se encuentran en una encrucijada existencial que exige una redefinición profunda de su misión formativa y su rol en la sociedad del conocimiento. El modelo tradicional, centrado en la transmisión de contenidos especializados durante un período limitado al inicio de la vida adulta, resulta obsoleto cuando el conocimiento técnico específico pierde vigencia en ciclos cada vez más breves. La universidad del siglo XXI deberá transformarse en un ecosistema permanente de aprendizaje adaptativo, donde la formación inicial sea apenas el punto de partida de una relación continua entre el individuo y la institución educativa a lo largo de toda su trayectoria vital. Esto implica repensar radicalmente los currículos para priorizar competencias resistentes a la automatización: pensamiento crítico complejo capaz de cuestionar los sesgos inherentes a los sistemas algorítmicos, creatividad transdisciplinaria que combine dominios aparentemente disjuntos, inteligencia emocional y ética aplicada para navegar dilemas que las máquinas no pueden resolver por sí mismas, y capacidad metacognitiva para aprender a aprender en entornos de cambio acelerado.

Asimismo, las instituciones de educación superior deberán abandonar la ilusión de la autosuficiencia disciplinar y establecer alianzas orgánicas con el sector productivo, no para subordinar la formación a las demandas inmediatas del mercado —lo cual sería contraproducente en un contexto de volatilidad extrema— sino para crear laboratorios vivos donde los estudiantes enfrenten problemas reales junto a sistemas de inteligencia artificial, desarrollando así la habilidad para colaborar con estas herramientas en lugar de competir contra ellas. El verdadero valor añadido de la educación universitaria futura no residirá en transmitir información, fácilmente accesible mediante interfaces conversacionales avanzadas, sino en cultivar el juicio humano, la responsabilidad ética y la capacidad para formular preguntas significativas en un mundo donde las respuestas técnicas serán cada vez más abundantes pero las decisiones valorativas seguirán siendo exclusivamente humanas.

El Estado, por su parte, enfrenta la responsabilidad histórica de articular una gobernanza pública capaz de orientar esta transición tecnológica hacia fines humanistas y distributivos, evitando que el mercado, por sí solo, determine el destino social de millones de personas. El primer pilar de esta intervención debe ser la construcción de sistemas de protección social desvinculados del empleo tradicional, reconociendo que la contribución ciudadana a la sociedad trasciende la participación en la fuerza laboral remunerada. La discusión sobre una renta básica universal o ingresos mínimos garantizados deja de ser una especulación filosófica para convertirse en una necesidad operativa, aunque su diseño debe evitar la trampa del asistencialismo pasivo; en su lugar, debe concebirse como un piso de seguridad que permita a los ciudadanos dedicar tiempo a la formación continua, el emprendimiento social, el cuidado familiar o la participación cívica sin enfrentar la precariedad extrema. Paralelamente, el Estado debe asumir un rol activo en la redistribución de los beneficios económicos generados por la inteligencia artificial, mediante mecanismos fiscales innovadores como impuestos a la automatización — calculados en función del número de puestos de trabajo reemplazados por sistemas algorítmicos— o gravámenes sobre los datos personales que constituyen la materia prima del capitalismo de vigilancia. Estos recursos no deben destinarse meramente a paliar síntomas, sino a financiar una infraestructura nacional de aprendizaje permanente, donde los ciudadanos puedan acceder a micro-credenciales, programas de reconversión y tutoría especializada a lo largo de su vida, con el Estado actuando como garante del derecho a la adaptabilidad profesional. Además, la regulación proactiva de los sistemas de inteligencia artificial se vuelve indispensable no solo por razones de seguridad o privacidad, sino para preservar espacios de actividad humana que, aunque técnicamente automatizables, revisten valor social intrínseco: la enseñanza en primera infancia, la atención geriátrica personalizada o la mediación comunitaria son dominios donde la presencia humana constituye un bien público que merece protección normativa frente a la lógica exclusivamente eficientista del mercado.

La magnitud de estos desafíos exige superar el cortoplacismo que caracteriza a gran parte de la acción política contemporánea. Los Estados deben crear instituciones especializadas en prospectiva tecnológica y planificación de transiciones laborales, dotadas de autonomía técnica y capacidad para diseñar políticas con horizontes de veinte o treinta años, inmunes a los ciclos electorales tradicionales. Países como Finlandia y Singapur ya experimentan con modelos de este tipo, integrando a científicos de datos, sociólogos del trabajo y filósofos de la
tecnología en consejos asesores permanentes que evalúan el impacto social anticipado de cada oleada innovadora. Simultáneamente, la cooperación internacional se vuelve crítica, pues la automatización acelerada en una economía generará presiones migratorias y desequilibrios comerciales que ninguna nación podrá gestionar en forma aislada. Organismos multilaterales deben actualizar sus mandatos para abordar la gobernanza global de la inteligencia artificial no solo desde la perspectiva de la seguridad cibernética o los derechos humanos, sino también como un problema de estabilidad macroeconómica mundial. La alternativa a esta acción coordinada es un escenario de fragmentación donde cada país intenta proteger su mercado laboral mediante barreras tecnológicas o subsidios industriales, desencadenando una carrera hacia el fondo que beneficiaría únicamente a las plataformas globales capaces de operar más allá de las jurisdicciones nacionales. El Estado democrático contemporáneo se juega, en buena medida, su legitimidad futura en su capacidad para demostrar que puede domesticar las fuerzas tecnológicas en beneficio de la mayoría, en lugar de permitir que estas fuerzas reconfiguren la sociedad según lógicas exclusivamente mercantiles o técnicas.

En última instancia, la disrupción provocada por la inteligencia artificial no debe interpretarse como una sentencia de muerte para el trabajo humano, sino como una invitación a repensar radicalmente el significado del trabajo en una sociedad de abundancia potencial. La historia enseña que las revoluciones tecnológicas anteriores, pese a sus costos humanos transitorios, expandieron gradualmente el horizonte de posibilidades para la especie. La clave reside en evitar que el período de transición se prolongue innecesariamente por falta de visión  institucional, generando sufrimiento evitable y resistencias sociales que podrían frenar incluso los aspectos positivos de la transformación. Las universidades y el Estado tienen ante sí la oportunidad histórica de convertirse en los arquitectos de una nueva alianza social donde la tecnología libere al ser humano de tareas alienantes, permitiéndole dedicar su energía a aquello que verdaderamente le distingue: la creatividad ética, la solidaridad práctica y la búsqueda de significado colectivo. Este horizonte no llegará por inercia tecnológica, sino únicamente mediante un esfuerzo deliberado, informado y valiente para diseñar instituciones que pongan a la inteligencia artificial al servicio de la dignidad humana, en lugar de subordinar la  dignidad humana a los imperativos de la inteligencia artificial. El plazo de dos décadas que separa nuestro presente de ese futuro no es un destino inevitable, sino un espacio de acción política donde cada decisión tomada hoy definirá si la era algorítmica será recordada como una época de liberación colectiva o de marginación masiva. La responsabilidad de elegir entre estos dos caminos recae, precisamente, en las instituciones que hoy deben prepararse para guiar esa transición con sabiduría y justicia.

Referencias:

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• Frey, C. B., & Osborne, M. A. (2017). The future of employment: How susceptible are jobs to computerisation? Technological Forecasting and Social Change, 114, 254–280.

• International Labour Organization. (2023). World Employment and Social Outlook: Trends 2023. ILO.

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• OECD. (2019). OECD employment outlook 2019: The future of work. OECD Publishing.

• OECD. (2023). OECD employment outlook 2023: Navigating the digital transition. OECD Publishing.

• World Economic Forum. (2023). The future of jobs report 2023. World Economic Forum.

• Zhou, M., & Zhang, W. (2023). Generative AI and the future of work: A systematic review. Nature Human Behaviour, 7, 1755–1766.

Luis Fernando Vargas Cano – Consultor de Tecnología Educativa – https://edutechiacol.odoo.com/

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