Oct/25 Lombana-Coy, investigador de la Universidad del Norte, muestra cómo la educación superior enfrenta crisis demográfica, burocrática y de pertinencia; debe transformarse en instituciones ágiles y certificadoras para sobrevivir.
Uno de los rankings más reconocidos en Estados Unidos, ya no es el de las mejores universidades si no de las universidades que cierran: The Hechinger Report. En ese reporte se muestra la lista desde 2008 de las universidades que cierran y ya van más de 800 (https://hechingerreport.org/college-closures/) a estas hay que agregar, las que se fusionan (por razones estratégicas y financieras) con eso el número se multiplica (https://www.highereddive.com/news/how-many-colleges-and-universities-have-closed-since-2016/539379/). En Colombia no hay estadísticas completas sobre estos procesos, si no informes anecdotarios que bajo las circunstancias en que se encuentra el país (en constante reforma), debe ser una obligación incorporar estadísticas concretas de aperturas/cierres de programas y de las instituciones (https://www.pulzo.com/economia/preocupacion-colegios-universidades-colombia-estan-quebrando-PP3861084A). Este conteo está en mora de hacerse para diagnosticar de forma real lo que pasa en la educación superior en el país y dar un diagnóstico certero, pero las tendencias en otras partes del mundo ya dan parte de la respuesta y deben hacer sonar las alarmas para preparase mejor ante lo que se viene (o ya llegó y no nos hemos dado cuenta).
En la práctica, Colombia NO tiene 305 IES. Con presencia real hay menos de 250
Teniendo en cuenta el panorama incierto de las UNIs, se podría plantear un esquema de UCIs (Unidades Certificadoras Independientes), que, aunque con un nombre poco motivador (por su similitud con el médico), muestra la situación en la que se encuentra nuestra educación superior, que requiere urgentemente cuidados ya no paliativos, sino intensivos.
Y bajo esta narrativa, ¿cómo podrían ser entonces estos cuidados?
En primer lugar, en los procesos, la burocracia generalizada para crear o modificar programas requiere un adelgazamiento profundo y aminorar los años que se demoran su creación a incluso semanas. Esto teniendo en cuenta que, para la creación de un programa, sin contar lo que se requiere internamente en la institución que puede ser de meses o años, hay que sumarle el proceso evaluativo (por pares) y administrativo (del MEN) lo que puede contar otros meses. Bajo este esquema es muy difícil que se vaya a la misma velocidad que la necesidad. No se puede pensar en que la creación de programas dure años. Se podría pensar que para la renovación o ajuste de programas en procesos de acreditación el tiempo seo menor, pero la verdad sea dicha es que esto puede durar algo menos o incluso igual que el proceso mismo de creación de programas. Con más razón los tiempos son la primera talanquera que superar.
En segundo lugar, el elemento demográfico es algo con lo que no se puede luchar, pero que con eficiencia y conexión con el sector privado si puede optimizarse y entregar una oferta coherente y pertinente a la demanda empresarial, que al menos reduzca los índices de subempleo y desempleo estructural del que sufre Colombia. Esto exige un diálogo constante (en cuádruple hélice) con las empresas y con los emprendedores, con el gobierno y con la sociedad civil quien es en últimas la que se ve afectada directamente.
En tercer lugar, el desinterés por estudiar carreras largas ya empieza a dar más cabida a versiones técnicas y tecnológicas e incluso de educación continuada con esquemas de cursos cortos o micro-credenciales, que, con el aliado apropiado en el sector privado, daría validez al nombre propuesto de “Unidades Certificadoras Independientes” (UCIs), instituciones que sin perder el rigor académico y la calidad, puedan certificar estudios que requiere el empresariado para poder generar valor agregado aún a pesar de las circunstancias.
Instituciones e incluso empresas en otras latitudes ya van en esa dirección (Cousera, Edx, University of Phoenix, Google, Microsoft, etc) y mientras empresas ya aceptan esas credenciales. Las universidades tradicionales colombianas aún esperan por una transformación que es paquidérmica y que no se avizora ni siquiera que sea legislada en el corto plazo.
Ya hay lecciones aprendidas provenientes de otros sectores: i) en los centros comerciales con las ventas online, ii) en los taxis con las plataformas de movilidad (Uber, Cabify etc) e iii) incluso con los restaurantes frente a las plataformas de domicilios. En todos esos casos ya se sabe quién ha triunfado y cuál es el común denominador. Mientras la regulación va en primera, las necesidades van en tercera y las empresas que se transforman (digitalmente) van en quinta o sexta.
La educación no es la excepción ante esta frenética carrera y las rápidas exigencias del entorno, por lo que, si no se transforma, ni siquiera pasará a la UCI, sino directamente al cementerio y será reemplazada por otras formas de aprendizaje más flexibles y adaptables (ya lo están haciendo). Ojalá la desaparición no sea completamente así, porque su definición y naturaleza la “universidad” está en el todo y en el saber: “universitas” que requiere en el centro al ser humano como protagonista de esa unidad en la sociedad.
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(*) Jahir Lombana lombanaj@uninorte.edu.co es doctor en Economía de la Universidad de Goettingen (Alemania), Magíster en Estudios Internacionales de la Universidad de Chile. Especialista en Relaciones Internacionales de la Universidad de Chile con pregrado en Economía de la Universidad del Rosario en Bogotá (Colombia). Ha sido Director Académico, Director de Investigaciones y coordinador del programa de doctorado en la Universidad del Norte donde actualmente está vinculado como investigador senior y profesor asociado de entorno de los negocios y competitividad en pregrado y posgrado.
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