¿De qué se quiebra la generación de cristal? Un diagnóstico desde el aula: Jahir Lombana-Coy

¿De qué se quiebra la generación de cristal? Un diagnóstico desde el aula: Jahir Lombana-Coy

Agosto/26 Lombana-Coy, docente de Uninorte, refiere que la llamada “generación de cristal” no es frágil por naturaleza, sino el resultado de una combinación de factores familiares, culturales, institucionales y tecnológicos que han transformado la relación de los jóvenes con la autoridad, la frustración y el aprendizaje. El autor sostiene que la fragilidad actual es un síntoma del sistema, no un defecto generacional.

Primero quiero disculparme con el apelativo “generación de cristal” que de ninguna forma espero suene despectivo y que más bien sea crítico para que al final de esta narrativa se empiece a repensar y utilizarlo como oportunidad.

Debo empezar por decir que me he relacionado por más de 20 años con jóvenes, definidos como personas menores que yo, con una diferencia mayor a los 15 años. Esto en términos específicos se da desde cuando yo tenía 27 años y dictaba clases a jóvenes de 15 años. Esto es importante mencionarlo porque hay un consenso en que las generaciones se diferencian por brechas. Llevándolo al plano familiar en Colombia, la diferencia de edad entre los padres y su primer hijo está entre 18-21 años). Algo que es perentorio cuidar en el discurso cuando se habla de generaciones, son las generalizaciones, ya de por sí el etiquetado genera demasiados sesgos y entre tantas diferencias de cada persona, lo que se llega con estos apelativos es a normalizar estadísticamente a una población. Teniendo en cuenta lo anterior, es sobre la situación colombiana sobre la que me voy a referir y me tomo la libertad de escribirles.

Yo mismo me encontraría entre los que popularmente se conocen como la generación X y de los cuales, a esta fecha, he sido profesor de algunos en posgrado, incluso de boomers. En cuanto a los que he impartido clase de pregrado, he tenido la oportunidad de compartir con estudiantes de la generación Y (millenials), generación Z (zoomers) y en 2 a 3 años estaré encontrándome con los nacidos en la generación Alpha. Aquellos a los que denominan “generación de cristal” y que actualmente cursan estudios universitarios encontrándose la mayoría entre los “zoomers”. La denominación de “cristal” se ha acuñado peyorativamente por su fragilidad y baja tolerancia a la frustración, pero me gustaría también llevarla al plano de significado por su enorme transparencia y sensibilidad ante situaciones que para generaciones previas no recaía preocupación como por ejemplo mayor cuidado del ambiente y una enorme sensibilidad social.

Cada generación ha tenido sus propios desafíos y los ha resuelto o complejizado de acuerdo a sus propias condiciones y decisiones. Los X como yo, empezamos en un mundo de TV a blanco y negro y vimos su transformación al color, empezamos entre ficheros y filas para reclamar un libro en la biblioteca y vimos la transformación al buscador por la web, tuvimos las épocas de bombas en las ciudades y la muerte o captura de capos del narcotráfico. Pero también compartimos con la generación de cristal una guerra interna interminable, el narcotráfico, la corrupción y la polarización política. Todas situaciones heredadas. Tal vez de lo poco que no heredamos y que compartimos entre las generaciones X y de “cristal” fue la pandemia del COVID-19 y el subsecuente encierro por semanas para afrontarla. Además de la aparición en masa de la inteligencia artificial a partir del procesamiento del lenguaje natural primero y de todos sus derivados en lo que ha seguido. Quizás son estas situaciones, los puntos de quiebre de los zoomers y si los llamamos de cristal hablando de quiebre, a partir de ese momento ya hayan empezado las fisuras.

Esta larga introducción de conceptos y supuestos es necesaria porque sirve para expresar mi punto. Antes de la pandemia, buena parte de mis estudiantes de pregrado se caracterizaban por su criticidad, respeto por la autoridad y sentimiento de responsabilidad y disciplina. Por supuesto nuevamente es difícil colocar todos los casos en una sola canasta, pero digamos que en promedio había un ambiente académico en esa línea. Ahora, la criticidad es más bien ausente, el respeto por la autoridad es escaso y la disciplina y la responsabilidad solo se activan bajo coerción, por lo que resultan ser ejercicios forzados. Paradójicamente, las calificaciones van en ascenso, también en el contexto de ciertas dinámicas institucionales orientadas a la retención de estudiantes, ante un panorama de matrículas decrecientes que no es ajeno al sistema universitario colombiano.

A este fenómeno se suma un ingrediente cultural que trasciende fronteras: la confusión entre evaluar y agradar. En el afán de no herir sensibilidades, muchas aulas han mutado la retroalimentación crítica por un elogio vacío que infla las calificaciones, pero desinfla la capacidad de tolerar la frustración. El error, que antes era el mejor aliado del aprendizaje, hoy se vive como un ataque personal. Así, el sistema educativo, sin quererlo, ha terminado formando profesionales técnicamente aprobados, pero emocionalmente endeudados con la adversidad.

En el ejercicio cotidiano de no pocas casas de estudio, se ven profesores que abdican frente a la institucionalidad evitando ser cómplices de un sistema que califica la rigurosidad y la disciplina como presión indebida a los estudiantes. Las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) concebidas para cumplir con su significado estricto, se han tergiversado y pasaron a ser disculpas de incompetencia, indisciplina y laxitud. Quienes fijan estas políticas desde las oficinas centrales de muchas instituciones no alcanzan a imaginarse el esfuerzo adicional que implica tener que lidiar con excepciones cada vez más disfrazadas de políticas DEI y que ya no son raros sino normales. Si tienes un curso en el que varios estudiantes declaran casos DEI y se deben tratar como excepcionales, empiezan a abundar las excepciones DEI no declaradas y que el ojo experimentado del profesor da cuenta. Podrá imaginarse del gran esfuerzo al que se debe enfrentar un profesor que además de ser psicólogo, comediante, tiktoker y si le queda tiempo debe enseñar lo que la IA ya puede enseñar.

Pero este diagnóstico del aula no estaría completo sin mirar el otro lado del espejo: los padres (yo uno de ellos) hemos jugado un papel fundamental en la fragilidad de esta generación. Ya de por sí el COVID nos forzó a aislarlos, luego de ese evento nos hemos demorado un montón en soltarlos, siendo altamente protectores. Ya no se pueden defender solos y para afrontar los problemas recurren a la victimización o a echarle la culpa al otro o al sistema. Pero realmente la culpa es de todos y si es de todos no es de nadie. Venimos de una generación fracturada desde hace años, que tuvo hijos en quizás la última generación que los quiere tener y pasamos por una pandemia que nos obligó a encerrarnos, no solo física, sino mentalmente. Ese encierro prolongado nos enseñó a sobreprotegerlos y, sin advertirlo, les transmitimos el miedo como herramienta principal para enfrentar el mundo.

Esa incapacidad para tolerar la frustración, alimentada desde la casa y reforzada en las aulas complacientes, encuentra su principal termómetro en la evaluación que el estudiante hace de su profesor. En el ecosistema universitario actual, muchos docentes saben que su continuidad, sus incentivos o incluso su reputación dependen de obtener puntuaciones altas en esas encuestas. El problema es que ese instrumento, concebido para medir calidad, se ha convertido en una moneda de cambio perversa. La calificación docente proveniente del estudiante, se expresa de su profesor como si lo hiciera en las redes sociales: el anonimato o la distancia le permiten un total desprecio por su contraparte, principalmente porque la nota obtenida no le colmó sus expectativas o no coincide con el número de likes que se cree merecer. Y aquí está el nudo del asunto: ante el temor a recibir una mala evaluación que ponga en riesgo su estabilidad o su imagen, no son pocos los profesores que optan por la ruta más corta. Ceden en la rigurosidad, endulzan las exigencias y, sin decirlo abiertamente, terminan maquillando las calificaciones para asegurar la aprobación del estudiante y, con ella, su propia calificación favorable. Así, el círculo se cierra: la evaluación, que debía ser un espejo del aprendizaje, se convierte en el espejo deformante de un sistema que premia al profesor complaciente y castiga al riguroso.

Volviendo a generaciones anteriores, incluyendo la mía, la nota era muy importante, pero el reconocimiento de quien era la autoridad en el aula también lo era. Con la IA, el estudiante actual tiene las herramientas para ser realmente crítico, a nosotros nos tocaba esperar horas para poder refutar algo mientras nos llegaba el libro de la biblioteca o alguien no levantaba el teléfono y se caía la red. Es claro que el profesor de hace 20 años no puede ser el mismo de hoy. Pero tampoco debe sacrificar rigurosidad para que el estudiante no se aburra porque la conversación dura más que un reel o un tiktok de 30 segundos. Y aquí aparece la paradoja de nuestra era. Los llamamos de cristal por frágiles, pero quizás deberíamos llamarlos de cristal por transparentes, porque la inteligencia artificial ha vuelto diáfano el acceso al conocimiento. Sin embargo, la transparencia no es sabiduría. Tener la respuesta en tres segundos ha erosionado el valor del camino para llegar a ella. El profesor de hoy no solo compite contra el reel de 30 segundos, sino contra un asistente virtual que siempre dice ‘sí, tienes razón’. Enseñar en este contexto exige volver a reivindicar la pausa, la duda y el error como partes indisolubles del saber, algo que ninguna IA puede simular aún.

Pero este debate no puede resolverse solo con exigirle más al estudiante o más al profesor. La autoridad en el aula ya no se hereda del título ni de la edad; se construye en una tensión constante donde el docente debe negociar su saber con el entretenimiento. Si no protegemos al profesor como figura intelectual, si lo reducimos a un gestor de cumplidos y excepciones, terminaremos vaciando de sentido la universidad. Quizás el verdadero llamado de esta generación de cristal no es a que la cuidemos, sino a que nos devuelva la claridad de que educar es, ante todo, un acto de resistencia compartida.

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