Denunciar el engaño de quienes se presentan como doctores sin serlo: Ignacio Mantilla – Feb/19


Por: Ignacio Mantilla Prada, exrector de la Universidad Nacional de Colombia, en su blog en El Espectador, y el artículo titulado “Ecuaciones de opinión”

 

Por estos días nos hemos escandalizado con las declaraciones de Damares Alves, quien fue nombrada por el presidente Bolsonaro como Ministra de la Mujer, Familia y Derechos Humanos de Brasil, ya que sus títulos universitarios resultaron ser falsos o inexistentes, a lo que ella responde que éstos son bíblicos por cuanto se le dice “maestro” a todo aquel que enseña la Biblia y no solo a quien obtiene una maestría en una universidad.  

En España fue ampliamente difundido el escandaloso caso de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, quien tuvo que dimitir por las irregularidades en su título de maestría, obtenido en la Universidad Rey Juan Carlos. Y acusaciones sobre irregularidades en la obtención de su máster en Estudios Interdisciplinares de Género forzaron también la dimisión de la recién nombrada ministra de sanidad de España, Carmen Montón.

El joven ministro de defensa de Alemania, Theodor zu Guttenberg, nombrado y presentado por la canciller Angela Merkel como una persona de unas dotes políticas excepcionales, tuvo que dimitir tras comprobarse el plagio de su tesis doctoral, razón por la cual la Universidad de Bayreuth le revocó su título de doctor. 

La lista de ejemplos de escándalos por falsedad en títulos universitarios de posgrado y por plagio de tesis, especialmente de doctorado, abundan y han provocado renuncias y dimisiones en altos cargos públicos de diferentes países. Pero en algunos otros casos, como el de Brasil, los afectados dan explicaciones descabelladas e inaceptables. Otros funcionarios son encubiertos y la mayoría de ellos justifica su permanencia en los cargos minimizando el hecho o desviando la acusación hacia una aparente persecución.

Pero sin entrar en el detalle de tantos casos particulares, es claro que hoy en día no se puede mentir sobre los títulos obtenidos ni pretender ocultarlo en forma descarada. Las personas que mienten sobre sus títulos generalmente desconocen, ignoran o no valoran esos estudios, pero sí los identifican como requisitos valiosos para desempeñar un trabajo u ocupar algunos cargos; así que deciden presentarse como personas con los mejores perfiles, que han alcanzado una preparación académica envidiable que supera los requisitos exigidos, sin medir las consecuencias de inflar sus hojas de vida, carentes de soportes.

En Colombia es costumbre llamar doctor a todo el mundo, pero especialmente en las empresas, oficinas y organizaciones se acostumbra usar el “doctor” como reconocimiento de jerarquía o respeto. Esta es una práctica extendida erróneamente, pero ya muy establecida y aceptada;  por ejemplo, con seguridad son muchas las comunicaciones que recibe nuestro presidente del Senado con el encabezado: “Doctor Ernesto Macías, Presidente del Congreso”; y no es fácil negarse o dejar de regocijarse por ser llamado así; sin embargo esto no me parece tan grave como sí en cambio el caso de quienes firman ellos mismos como doctores, sin serlo. Yo recuerdo que al término de la sustentación de la tesis de doctorado en Alemania, se le decía al nervioso expositor cuando se le comunicaba su nota aprobatoria: “a partir de ahora no debe negarse a que le llamen doctor, pero no debe firmar como Dr. rer. nat. hasta tanto no reciba el diploma correspondiente”. Y seguían los abrazos de profesores, compañeros y amigos que le decían: ¡Felicitaciones Doctor!

Recuerdo una reciente anécdota: llamé a una oficina a preguntar por su director, el señor Rodríguez, y obtuve la siguiente respuesta de su secretaria: “no señor, el doctor Rodríguez no está esta semana porque viajó a terminar su maestría”. 

Creo que la jerarquía antes mencionada es un motivo adicional por el que muchos aspirantes a altos cargos deciden presentarse como doctores y así legitimar una autoridad mayor. Esto es innecesario y sí en cambio, por su desconocimiento sobre lo que realmente es un doctorado y lo que eso significa, incurren en falsedades que son gravísimas, propias de picaros desvergonzados. 

No creo que, en general, para ejercer un alto cargo haya que ostentar el más alto título que puede obtenerse en la universidad a nivel internacional; sin embargo sí hay casos especiales en los que es aconsejable; por ejemplo, no está bien que quien dirige una facultad que otorga el título de doctor, no sea doctor. 

Y en el medio académico es natural que se exija el título de doctor. En la mayoría de universidades colombianas aún el porcentaje de profesores con doctorado no alcanza el 50%, pero cada vez se exige más frecuentemente en los concursos docentes el título de doctor. Naturalmente hay áreas en las que la relevancia del título hay que ponderarla de manera distinta, como es el caso de las artes: un buen músico o un gran pintor no siempre se ha formado mejor cursando un posgrado en una universidad.

En el área de la medicina, las especialidades médicas son equivalentes a maestrías de investigación y las llamadas subespecialidades pueden acercarse bastante al nivel de doctorado. Las especializaciones en otras áreas, en cambio, tienen un nivel inferior al de una maestría.

La creación de un gran número de programas de doctorado en los últimos 20 años en Colombia, en todas las áreas y en muchas universidades, ha ejercido una gran presión sobre los profesores universitarios para que se formen al más alto nivel, como debe ser. Algunos que ya eran profesores antes de la aparición de los doctorados en sus áreas, han ido obteniendo sus títulos de doctorado haciendo uso de comisiones de estudio, en algunos casos en la misma institución, lo que a mi modo de ver tampoco es saludable, pues en este caso ya no estamos convirtiendo a nuestros estudiantes en nuestros nuevos colegas, sino convirtiendo a nuestros viejos colegas en nuestros nuevos estudiantes.

Esta es una de las razones por las que encuentro acertada la disposición actual para que a los profesores universitarios se les exija el doctorado al momento de su vinculación, de lo contrario las universidades terminan haciendo las cosas al revés: contratando profesores para que estudien y luego, para reemplazarlos mientras ellos estudian, contratando estudiantes para que enseñen. Naturalmente la vinculación de profesores con doctorado no es fácil y no siempre es posible; así por ejemplo el interés en ofrecer estudios en una lengua indígena como huitoto, podría verse afectado por la dificultad de contratar un doctor que hable y sea especialista en ella. 

Un doctorando necesita dedicación completa y su principal actividad es la tesis. Y sobre esto tampoco se debe mentir ni engañar. Quien afirme que sólo le faltó la tesis para graduarse de doctor, posiblemente oculta una historia de fracaso académico.

Un doctorado no se consigue con un curso, ni en una semana, un mes o un semestre solamente; no se reemplaza con asignaturas, ni con asistencia a congresos, talleres, cursillos, seminarios, conferencias, simposios, workshops, coloquios o eventos en los que se entregan certificados de asistencia. Tampoco se sustituye con la realización de diez diplomados certificados, ni con una especialización o con una maestría de profundización y otra de investigación. Un doctorado requiere ante todo concentración, su duración oscila entre los tres y los seis años, dependiendo en la mayoría de los casos de los estudios previos o del conocimiento inicial del tema de investigación. 

Los falsos doctores ignoran el esfuerzo que significa culminar con éxito un doctorado; debemos defender el valor académico de ese título y condenar y denunciar la práctica del engaño de quienes se presentan como doctores sin serlo. Es una falta a la ética que debe calificarse como gravísima y merece ante todo sanción social; así quienes mientan sobre sus títulos sólo conseguirán un reconocimiento de inferioridad moral.