Julio/26 Para Vélez medina, rectora seccional de la U. La Gran Colombia, en Armenia, la educación colombiana necesita articular todo el sistema, garantizar calidad, pertinencia territorial, bienestar y maestros fuertes para enfrentar desafíos del siglo XXI. Tomado de la Crónica del Quindío.
El nuevo gobierno recibirá la educación con muchas deudas pendientes, y además, con la advertencia histórica de ser un país que sigue formando desde estructuras del siglo XX a generaciones que ya están viviendo bajo las presiones del siglo XXI: inteligencia artificial, crisis climática, salud mental deteriorada, transformación del trabajo, cambios demográficos y una juventud que pregunta si estudiar todavía cambia el destino.
Durante años los gobiernos han repetido dos palabras necesarias, pero insuficientes: cobertura y calidad. Con ellas se ampliaron oportunidades, pero también se ocultaron problemas que ya no admiten aplazamientos. El más grave es la desconexión estructural del sistema. La educación colombiana no ha sido pensada desde el nacimiento hasta la muerte, de manera continua y programática, sino como una sucesión de ciclos que empiezan y terminan sin suficiente diálogo entre sí. La primera infancia, la educación media, la formación profesional, la educación posgradual y la formación para el trabajo siguen funcionando como piezas sueltas de un rompecabezas que nadie termina de armar.
Una prioridad impostergable será construir una verdadera política de formación de cero a cinco años. No como asistencia dispersa, sino como la base del desarrollo humano, neuronal, emocional, lingüístico, científico y social del país. Colombia debe avanzar hacia la obligatoriedad educativa desde el preescolar hasta el grado once, porque no tiene sentido hablar de igualdad de oportunidades si los años más decisivos de la vida quedan sujetos a la suerte familiar, territorial o económica. Allí empieza, o se pierde, buena parte del futuro de la persona y del país.
La pertinencia será decisiva. Colombia no puede seguir atrapada en un sistema centralista que desconoce las realidades de sus regiones. Educar en el Pacífico, en el Eje Cafetero, en la Amazonía, en las grandes ciudades o en los territorios rurales no puede significar lo mismo. Pero tampoco podemos caer en una educación autorreferencial y solipsista, encerrada en sus propias urgencias, sin mirar el mundo. El cambio climático exige formar ciudadanos capaces de cuidar, producir y habitar de otra manera. La inteligencia artificial exige pensamiento crítico, ética, competencias digitales y capacidad de discernimiento. La caída de los nacimientos obliga a repensar infraestructura, oferta, financiación y modelos pedagógicos para una población escolar que ya no crecerá como antes.
El bienestar tampoco puede seguir siendo un asunto periférico, limitado a suplir la alimentación o el transporte. Sin salud mental, convivencia, inteligencia socioemocional y protección de trayectorias, la escuela corre el riesgo de convertirse en un lugar de paso, no de transformación. Necesitamos maestros formados con alta calidad, capaces de producir conocimiento científico, comprometidos con el aprendizaje, y desligados de defensas políticas, para concentrarse en la transformación de la población que atienden.
El nuevo gobierno tiene que decidir si administrará inercias o si asumirá la educación como proyecto de nación. Ya no basta reformar normas, ampliar cupos o seguir midiendo rankings. El desafío es construir un sistema articulado, flexible, territorial, científico, global y humano. Colombia no necesita escolarizar más para seguir igual. Necesita educar mejor para poder existir de otra manera.
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