Julio/25 Maestre y Arrieta, académicos de la Universidad del Magdalena, reflexionan sobre el aporte y los desafíos de las conferencias magistrales versus las metodologías participativas.
El debate eterno que nos tiene agotados
Llevamos 200 años en la misma discusión: ¿activo o pasivo? ¿Conferencias magistrales o metodologías participativas? ¿Profesores que hablan o estudiantes que crean? Como si tuviéramos que elegir bando en una guerra educativa que nunca debió existir.
La educación no se transforma solo con decretos. Se transforma con diseño. Y diseñar para aprender implica más que curar contenidos o hacer presentaciones visualmente atractivas: implica pensar experiencias que despierten la mente y la voluntad del estudiante.
Mientras los académicos debaten, los estudiantes siguen llegando a clase sin saber si van a escuchar durante dos horas o si los van a poner a trabajar en grupos. Y los profesores oscilan entre sentirse culpables por “dar clase magistral” o agotados por implementar dinámicas que no saben para qué sirven. Profesores preguntándose si tienen que convertirse en comediantes o estar todo el día en Tiktok para ganar la atención de sus estudiantes.
La falsa dicotomía que nos paraliza
La verdad incómoda es que tanto los defensores de las clases magistrales como los evangelistas de las metodologías activas tienen razón… y están equivocados. Tienen razón en lo que defienden, pero se equivocan al rechazar lo que critica el otro.
Escuchar a un experto explicar conceptos complejos es valioso. Practicar aplicando esos conceptos también lo es. Discutir con pares enriquece la comprensión. Producir algo original consolida el aprendizaje. Indagar genera nuevos conocimientos.
No es que una cosa sea mejor que la otra. Es que todas son necesarias.
Los cinco aprendizajes: la dieta balanceada del conocimiento
En nuestro proyecto “Menos conferencias, más experiencias”, hemos comprendido algo fundamental: los cinco tipos de aprendizaje —adquisición, discusión, práctica, producción e indagación— funcionan como una dieta balanceada.
¿Se imaginan a un nutricionista diciendo “las proteínas son mejores que los micronutrientes”? ¿O “eliminemos los carbohidratos porque son malos para la salud”? Suena ridículo, ¿verdad? Pues eso mismo pasa cuando polarizamos el debate educativo.
El estudiante necesita momentos para adquirir información. Y sí, a veces escuchando una conferencia bien diseñada – porque no satanizamos las conferencias en absoluto. Pero también necesita espacios para discutir esa información con sus pares. Requiere oportunidades para practicar aplicando lo aprendido. Debe producir algo original que demuestre su comprensión. Y necesita indagar para expandir los límites de lo conocido.
El arte de diseñar la secuencia completa
Aquí viene la parte compleja: no se trata solo de incluir los cinco tipos de aprendizaje, sino de diseñar cómo se conectan, se refuerzan y se potencian mutuamente.
Una conferencia magistral puede ser brillante si después los estudiantes discuten lo escuchado, practican aplicándolo, producen algo con esa información y eventualmente indagan más allá de lo presentado. Una práctica colaborativa puede ser transformadora si los estudiantes primero adquirieron los conceptos básicos y después reflexionan sobre lo experimentado.
La pregunta que cambia todo
Entonces, dejemos de preguntarnos si nuestras clases son suficientemente activas o si nuestras conferencias son demasiado pasivas. La pregunta real es: ¿Estamos diseñando experiencias educativas nutricionalmente balanceadas?
¿Nuestros estudiantes tienen oportunidades regulares para adquirir, discutir, practicar, producir e indagar? ¿O los estamos sometiendo a dietas educativas extremas, ya sea solo conferencias o solo dinámicas grupales?
El diseño conversacional como respuesta
Lamentamos decirlo, pero nos toca diseñar con los dos, con las conferencias y con las producciones. Y aún más, considerando los cinco tipos de aprendizaje (no confundir con inteligencias múltiples ni estilos de aprendizaje) porque el aprendizaje real no es una metodología específica, es una conversación compleja entre diferentes tipos de experiencias que se nutren entre sí.
Es hora de abandonar las trincheras metodológicas y abrazar la complejidad. Porque educar no es elegir entre activo o pasivo. Es crear ecosistemas de aprendizaje donde cada elemento tiene su lugar y su momento.
Y diseñar, incluso codiseñar, desde esa integralidad.
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