Educación superior: viejos papeles, nuevos retos y productos colaterales

El papel que está cumpliendo la universidad en su deber de liderar procesos de desarrollo de la educación superior en el país, las tareas que se esperan de ella y la forma como responde a los retos y exigencias cambiantes que le impone la sociedad. Reflexión del Rector de la Universidad Nacional de Colomnbia, Moisés Wasserman, en la sesión estatutaria de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas Físicas y Naturales.

A pesar de que la universidad se percibe a veces como una institución pesada y con una forma lenta y cautelosa para introducir cambios, durante su milenaria historia ha adquirido papeles muy diversos aunque relacionados. Ha sido siempre una institución para educar. Es una premisa sine qua non, sin la que puede ser muchas cosas pero no llamarse universidad. Sin embargo, las preguntas acerca de cómo educa, a quiénes y para qué, tienen respuestas diferentes y cambiantes a lo largo de la historia.

Algunos términos parecen estar siempre presentes aunque sus significados varían en el tiempo. Ya en los orígenes de la universidad medieval se puede distinguir –en forma simplista– instituciones privadas y públicas. La que con bastantes fundamentos es considerada la primera, la Universidad de Bolonia, fue fundada por uniones de estudiantes quienes eran efectivamente los dueños y los que pagaban a los profesores. Fue esa una de muchas iniciativas netamente privadas que tenían como objetivo principal la instrucción y el entrenamiento de sus dueños, los estudiantes.

Cercanas en el tiempo, se fundaron otras universidades por la Iglesia y por el Estado. Podrían llamarse públicas por el origen de su financiación, manejo y objetivos. Sus metas eran vagamente la promoción del conocimiento y la cultura, pero se reconocían fundamentalmente como marcos de adoctrinamiento. Las privadas sustentaban un principio de autonomía que las independizaba de los avatares políticos, aunque no las aislaba de un contexto histórico. El Santo Emperador Romano Federico II, por ejemplo, fundó la Universidad de Nápoles en 1224 para contrarrestar la influencia de la de Bolonia, servidora de los intereses de la Liga Lombarda y del Papa Gregorio IX. En el siglo XIX, la misma Universidad de Bolonia fue llamada “la madre de las universidades” y usada con ese lema propagandístico como un símbolo en el proceso de la reunificación nacional italiana.

¿Cómo educar?

Esta pregunta también ha tenido diferentes respuestas a lo largo de la historia. La Ilustración y la Reforma tuvieron fuerte influencia en ella. En el siglo XIX surgieron dos modelos: la Universidad Alemana, conocida como el modelo humboldtiano por haber sido propuesto por Wilhelm von Humboldt, y la Universidad Francesa o modelo napoleónico, porque surgió de iniciativas del Estado napoleónico para satisfacer los requerimientos que la sociedad imperial en expansión planteaba a la educación.

La Universidad alemana incentivaba el pensamiento productivo en contra de la “regurgitación del conocimiento” y proponía la investigación científica como instrumento central en la formación; la francesa planteaba una organización rígida, con una educación profesionalizante y con la investigación concentrada en institutos externos especializados. Sin lugar a duda, durante el siglo XX se impuso el modelo de la universidad libre, autónoma y basada en la investigación, con las excepciones notables y dolorosas que se dieron en los regímenes autoritarios de distintos colores y opuestas tendencias políticas en los cuales, sin excepción, la universidad se puso al servicio de las doctrinas oficiales.

Nuevas realidades se han conformado desde finales del siglo XX y en los principios del XXI. Ellas han modificado en alguna forma las tres preguntas: a quién se educa, cómo y para qué. La primera abrumadora realidad es la democratización de la educación superior, posiblemente jalonada por el poderoso sistema universitario norteamericano y por la mayor movilidad social generada en los regímenes demócratas que han venido imponiendo en gran parte del mundo. La educación ya no puede ser para unos pocos privilegiados, bien sea porque pueden pagarla o son seleccionados por iglesias o Estados. Las coberturas en los países desarrollados se acercan al cien por ciento.

La formación en una profesión o en una disciplina es apenas un primer paso para habilitar a los ciudadanos en sus funciones laborales y sociales. Los posgrados son cada vez más importantes; la educación continua y permanente, y la capacidad para complementar y actualizar la propia formación de manera autónoma, y para usar la información masiva disponible en forma crítica y rigurosa, son los componentes más importantes de la formación universitaria hoy.

La investigación es el instrumento fundamental para la formación moderna y el eje alrededor del cual gravitan las demás actividades educativas. Pero la investigación misma también ha cambiado radicalmente en los últimos años. Lo que se conoce hoy como el modo II de hacer ciencia apunta también a cambios esenciales en la universidad y a retos muy novedosos. La actividad universitaria se ve obligada a una cercanía muy grande con otras actividades de la sociedad y a la necesidad de comunicarse mucho más con ella, no en una simplista rendición de cuentas, sino en la forma de una asociación con responsabilidades conjuntas y obligaciones mutuas. La universidad debe responder a las exigencias relevantes de la sociedad, y ésta debe apoyar en forma creciente su financiación y la de la investigación.

Ha habido cambios en la producción del conocimiento científico, emergieron contextos híbridos y heterodoxos de investigación. Ya no son el laboratorio del científico y el taller del artista los templos donde se genera el conocimiento y la cultura. Esto sucede también en lugares distintos que incluyen tanques de pensamiento, empresas, organizaciones no gubernamentales diversas, e incluso comunidades populares. Ha habido como consecuencia cambios en el gobierno de la ciencia, un gobierno que debe estar integrado a tendencias globales y coordinado con demandas de exigibilidad.

Las nuevas preocupaciones éticas que han generado los grandes avances científicos y tecnológicos no se resuelven solo en los ámbitos universitarios. Los problemas que se abordan son complejos y requieren cada vez más trabajo transdisciplinar y organizaciones novedosas en el interior de las universidades y entre ellas. La vieja universidad francesa de rígidas facultades es completamente obsoleta. Los títulos compuestos empiezan a reflejar la complejidad de los nuevos problemas que se abordan. La llamada sociedad del conocimiento generó nuevas formas de producción de riqueza. El desarrollo depende, en gran medida, de la capacidad que tengan las grandes empresas y proyectos sociales para aliarse con las universidades en esfuerzos innovadores.

Todas las grandes experiencias que se han dado en el mundo de un crecimiento económico acelerado han estado precedidas por un gran fortalecimiento científico y formativo. La extensión universitaria pasó a ser la interfase de comunicación entre la universidad y la sociedad en este nuevo sistema. La universidad cada vez más participa y debe participar en planes de gobierno, en las iniciativas de la sociedad civil y en los procesos de construcción cultural, apoyando con sus análisis de los hechos, con sus predicciones, y en ocasiones participando como socio integral de los proyectos que se deriven de esa actividad. No me refiero solo a la posición crítica que siempre ha asumido, y que es connatural a ella y muy positiva, sino a una participación proactiva en propuestas de políticas y en la evaluación de sus impactos. La universidad y la sociedad (en los países desarrollados) van por delante del gobierno en propuestas políticas.

Ciencia más global

Estos años también ha habido cambios profundos en la movilidad y en los flujos globales de la ciencia y de los científicos. Cambios positivos por la apertura de posibilidades pero también negativos por restricciones de visados y cuotas de inmigración. Nuevas tecnologías permiten la participación en esfuerzos multinacionales, y la presencia virtual cambia relaciones geográficas y sociopolíticas y transforma también la identificación de las universidades con las localidades y países en los que se sitúan. Surgen también las instituciones transnacionales, incluso las universidades ubicuas y aquellas sin una real localización física pero con amplia presencia mundial.

En el título sugería también algunos productos colaterales de la universidad en esta nueva realidad que vive. De lo anteriormente expuesto se deducen muchos de ellos. Agregaría que además de entregar a la sociedad los egresados que necesita, apoya la creación de empresas y el desarrollo social, económico, científico y cultural de la nación. De manera muy importante, genera una nueva dimensión en la democracia por la capacidad que le da a la sociedad de juzgar en forma crítica sus procesos y por un aporte en equidad que se basa en la capacitación de sus estudiantes no solo para cumplir tareas profesionales, sino para llegar a posiciones de liderazgo independientemente de su origen étnico y social. En sociedades que atraviesan crisis morales las universidades ofrecen diferentes paradigmas de éxito.

La universidad que instruye o que entrena, la que “otorga” conocimientos o la que prepara para el desempeño laboral, muy pronto será tan obsoleta como el trívium y el quadrívium del Medioevo. Seguramente seguirán existiendo como escuelas de formación, pero no serán los actores sociales que deben ser. Una de las características infortunadas del subdesarrollo es llegar siempre tarde, entender los procesos cuando han pasado. Sería muy triste que mientras que todos los países del mundo se adaptan imaginativamente a las economías del conocimiento, nosotros empecemos a alistarnos para entrar apenas a la era industrial.

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