Educación y capacidades para romper la pobreza: Pablo Luna Gutiérrez

Educación y capacidades para romper la pobreza: Pablo Luna Gutiérrez

Enero/26 Luna Gutiérrez (*), Posdoctor en Educación, Ciencias Sociales e Interculturalidad, analiza el desafío de la educación superior para formar personas capaces de vivir con dignidad y autonomía.

Educación y capacidades, la ruta más seria para romper la pobreza

En Colombia hablamos de pobreza casi siempre como si fuera solo un problema de ingresos. Medimos líneas monetarias, comparamos canastas básicas y cerramos el análisis con una cifra. Esa mirada sirve, pero se queda corta. La pobreza también es falta de oportunidades reales para desarrollar capacidades básicas: aprender, decidir, participar, emprender, cuidar la salud, construir un proyecto de vida y sostenerlo en el tiempo.

El propio enfoque oficial del país ha avanzado en esa dirección. El DANE mide la pobreza no solo por ingresos, sino también de forma multidimensional, considerando variables de educación, niñez y juventud, trabajo, salud, vivienda y servicios públicos. En otras palabras: el Estado reconoce que el problema no se reduce a “tener o no tener plata”, sino a condiciones que limitan el desarrollo humano.

Esta comprensión coincide con una tradición académica robusta. Amartya Sen planteó que la pobreza es, ante todo, privación de capacidades y libertades: no poder acceder a oportunidades sociales, servicios económicos, garantías de transparencia y seguridad protectora. Martha Nussbaum complementa esta visión con un punto clave: las capacidades no son solo “talentos internos”; dependen también del entorno político, social y económico que las hace posibles.

En educación esto significa que el estudiante no solo “trae” potencial: lo necesita activar con condiciones, acompañamiento y expectativas altas.

¿Dónde entra la educación en esta discusión? En el centro. Pero no cualquier educación. Si el sistema educativo se limita a preparar para exámenes, memorizar contenidos o repetir fórmulas, forma personas con títulos pero sin herramientas para enfrentar entornos complejos. Estanislao Zuleta advertía, con razón, que una educación orientada a “pasar” pruebas puede alejar al estudiante de preguntas esenciales sobre su vida y su realidad.

Edgar Morin, por su parte, insistía en enseñar la naturaleza del conocimiento: sus límites, sus errores y la incertidumbre que lo acompaña. En tiempos de crisis, esa lección vale más que un listado de temas. La evidencia internacional también es clara: la inversión en educación es decisiva, pero su impacto depende de cómo se invierte. En América Latina, países como Costa Rica y Brasil destinan porcentajes altos de su PIB a educación (por encima del 6% en varios reportes), mientras Colombia ronda el 4,7%. Sin embargo, el debate no puede quedarse en el porcentaje. Una parte sustancial del presupuesto educativo suele ir a funcionamiento; cuando la mayor proporción se va en lo operativo, quedan menos recursos para lo que realmente transforma: formación docente, infraestructura digna, bienestar estudiantil, conectividad, materiales pedagógicos y modelos pedagógicos consistentes.

La pregunta de fondo es sencilla: ¿estamos formando personas capaces de vivir con dignidad y autonomía? Si la respuesta es “no”, entonces la pobreza seguirá reproduciéndose, incluso con transferencias o subsidios. La educación que rompe la pobreza es la que fortalece capacidades transversales: pensamiento crítico, comunicación, colaboración, creatividad, autocontrol, perseverancia y manejo emocional. La OCDE y diversos enfoques contemporáneos lo han señalado: estas competencias socioemocionales y cognitivas son determinantes para la empleabilidad, la convivencia y el aprendizaje continuo.

De ahí una tesis clave: educación crítica + desarrollo de capacidades = mejor posibilidad de superar la pobreza. Esto exige tres compromisos concretos:

  1. Maestros con poder pedagógico real, formación continua y condiciones laborales que permitan enseñar con calidad, no sobrevivir.
  2. Currículos conectados con la vida, donde el conocimiento dialogue con el territorio, el conflicto, el cuidado, la economía local, la ciudadanía y los retos tecnológicos.
  3. Política pública que garantice oportunidades, porque las capacidades necesitan entorno: salud, alimentación, transporte, conectividad, seguridad y acceso a cultura.

La pobreza no se derrota solo con más ingresos: se derrota cuando una sociedad garantiza que sus niños y jóvenes desarrollen capacidades para elegir, crear, participar y sostener un futuro. Y esa, en últimas, es la tarea más grande y más urgente de la educación superior colombiana.

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(*) Pablo Luna Gutiérrez (pablolunagut@gmail.com). Posdoctorado en Educación, Ciencias Sociales e Interculturalidad. PhD Gobernabilidad y Gestión Pública. Magíster en Dirección. Especialista en gestión Human y Desarrollo Organizacional. Psicólogo. Exdirector Local de Educación de Engativá – Bogotá. Exasesor del Ministerio de Educación Nacional- MEN. Docente de Posgrados-Corporación Universitaria Minuto de Dios- Bogotá

 

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