El liderazgo en la ed. superior debe comenzar con la credibilidad académica: Ignacio Sánchez Díaz

El liderazgo en la ed. superior debe comenzar con la credibilidad académica: Ignacio Sánchez Díaz

Junio/25 En su columna en University World News, Ignacio Sánchez, exrector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, advierte cómo el avance y la sostenibilidad de las IES dependen significativamente de la calidad y el carácter de su liderazgo.

Las universidades no son solo centros de conocimiento y aprendizaje, sino también comunidades intergeneracionales profundamente arraigadas. Desempeñan funciones esenciales —docencia, investigación, creación de conocimiento y servicio público— y se encuentran en una posición privilegiada en la intersección del desarrollo cultural, intelectual y social. Su fortaleza reside en la diversidad y el compromiso de sus miembros, así como en su capacidad para interactuar significativamente con el mundo que los rodea.

Dentro de instituciones tan complejas, el liderazgo se convierte en un elemento esencial para fomentar la cohesión, definir el propósito y sostener la misión académica e institucional. Un liderazgo eficaz debe reconciliar las tradiciones institucionales con la necesidad de innovación, defender los valores fundamentales mientras se gestiona el cambio y fomentar la visión colectiva, respetando las contribuciones individuales.

Con 15 años de experiencia como rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, me interesa contribuir a un diálogo más amplio sobre el futuro del liderazgo universitario, especialmente en Latinoamérica, pero también desde perspectivas globales.

Comienza con la credibilidad académica

El liderazgo en la educación superior debe comenzar con la credibilidad académica. Un líder universitario debe poseer una sólida formación disciplinaria y una sólida trayectoria de contribuciones académicas. Esto incluye tanto la experiencia en investigación que impulsa el conocimiento como un rol activo en la docencia y la formación de las futuras generaciones.

Esta base es crucial para construir legitimidad en la comunidad académica, especialmente entre sus pares. El liderazgo que surge del respeto académico conlleva una autoridad moral mucho más sostenible que el poder que otorga el cargo.

La dimensión ética del liderazgo es igualmente importante. La credibilidad de un líder universitario depende de su integridad constante, la transparencia en la toma de decisiones y un claro compromiso con los valores fundamentales de la vida académica: libertad de investigación, respeto a la verdad y servicio al bien público. A lo largo de la carrera académica, y en particular en puestos de liderazgo, esta coherencia ética debe ser visible e innegociable.

Además de su prestigio académico y ético, un líder universitario debe actuar como fuente de motivación y dirección. Un líder debe inspirar confianza, generar entusiasmo y movilizar la energía colectiva hacia objetivos compartidos. Esto implica establecer una visión clara y convincente, establecer prioridades estratégicas y fomentar una cultura de participación.

La capacidad de actuar con decisión, priorizando objetivos clave y postergando asuntos menos urgentes, es fundamental para la eficiencia institucional. Sin embargo, el liderazgo no consiste en actuar en solitario. Los planes de desarrollo y las decisiones estratégicas deben basarse en un proceso inclusivo que refleje las opiniones de la comunidad universitaria. El liderazgo solo puede ser verdaderamente eficaz en una cultura de diálogo informado, confianza mutua y un propósito compartido.

Se ha comprobado que la transparencia en la comunicación, especialmente en relación con las decisiones que afectan al profesorado, el alumnado y el personal, genera credibilidad y fomenta la apropiación. Además, los líderes deben demostrar perseverancia en su visión, manteniendo el rumbo frente a los desafíos y mostrando flexibilidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes.

Protección de la autonomía universitaria

Una de las responsabilidades más complejas y esenciales de un líder universitario es la protección de la autonomía institucional. Esta autonomía, que abarca las dimensiones académica, administrativa y financiera, es un pilar de la identidad universitaria y un requisito previo para la libre búsqueda del conocimiento. Sin embargo, la autonomía a menudo se ve cuestionada por fuerzas tanto externas como internas.

Externamente, las políticas gubernamentales, las presiones financieras y la dinámica política pueden amenazar la independencia de las instituciones académicas. En el caso de las universidades católicas, es importante salvaguardar la libertad académica, manteniendo al mismo tiempo una clara separación entre las áreas espirituales de la misión y la gobernanza de los asuntos académicos.

El apoyo a estas áreas espirituales es esencial para la identidad de la institución, pero debe expresarse con respeto por la libertad académica y la independencia operativa.

Internamente, la autonomía puede verse socavada al favorecer la ideología sobre el mérito académico, la supresión de opiniones disidentes y la centralización excesiva de la autoridad. Además, las presiones financieras también pueden comprometer la autonomía cuando se permite que donaciones o alianzas externas influyan en la misión o los programas de la universidad. Es función del líder protegerse contra estas amenazas con claridad, equilibrio y valentía moral.

Colaboración

Ninguna universidad prospera aislada. La capacidad de forjar relaciones constructivas con instituciones homólogas, tanto a nivel nacional como internacional, es cada vez más vital. La investigación y la innovación prosperan en entornos de colaboración, y muchos de los desafíos más apremiantes de la educación superior, como la sostenibilidad, la transformación digital y la equidad, requieren soluciones colectivas.

El liderazgo en este ámbito implica identificar oportunidades de colaboración, promover redes y garantizar que la institución se mantenga abierta a ideas e influencias externas. Al mismo tiempo, la colaboración requiere habilidades interpersonales: generosidad, empatía, discreción y atención en las relaciones. Estas cualidades humanas, a menudo subestimadas, son esenciales para generar confianza y alianzas a largo plazo.

Un líder también debe tener una perspectiva global, ya que las universidades deben participar en la circulación global de ideas, personas y conocimiento. Por lo tanto, es esencial que los líderes promuevan activamente el intercambio académico, fomenten la colaboración internacional en investigación e integren competencias globales en el currículo.

La internacionalización en el país de origen, que se lleva a cabo a través de la diversidad, las estrategias de participación global y la colaboración virtual, también desempeña un papel central en la configuración de una universidad moderna y con visión de futuro.

Cualidades humanas

Un liderazgo eficaz está intrínsecamente ligado al carácter personal de cada individuo. Rasgos como la empatía, la humildad, la resiliencia y el sentido del humor contribuyen no solo a la capacidad relacional de un líder, sino también al bienestar institucional.

Las comunidades universitarias están compuestas por personas que necesitan sentirse vistas, escuchadas y valoradas. Gestos sencillos como conocer a alguien por su nombre, responder a los mensajes de manera oportuna y expresar gratitud pueden tener un profundo impacto en la cultura institucional.

Los líderes deben estar disponibles, atentos y presentes. Deben cultivar un ambiente de trabajo que valore la alegría, la energía y la creatividad, cualidades que contribuyen a crear una atmósfera positiva que fomenta la productividad y atrae talento. Se ha demostrado que el humor tiene la capacidad de disipar la tensión, humanizar la autoridad y permitir que las personas relacionen los problemas en momentos difíciles.

Otra característica que define al liderazgo es la coherencia entre el discurso y la acción. Esta coherencia genera confianza y previene la ambigüedad. En escenarios complejos o inciertos, donde los resultados no están claros o los riesgos son altos, los líderes deben demostrar prudencia y determinación.

Evitar decisiones difíciles puede ser tan perjudicial como tomar malas decisiones. La capacidad de actuar con convicción, a la vez que se demuestra la disposición a escuchar y ajustar el rumbo cuando sea necesario, es esencial. Esto incluye la capacidad de asumir riesgos calculados cuando las circunstancias exigen audacia. El liderazgo no se trata de certeza, sino de compromiso con la misión institucional y la capacidad de gestionar la ambigüedad con propósito e integridad.

El liderazgo no es una tarea solitaria ni debe estar impulsado por el ego. Un buen líder comprende sus limitaciones y se siente cómodo reconociendo sus errores y vulnerabilidades. La imagen de las escrituras de que los humanos son “vasijas de barro” resuena profundamente en este contexto. La autoridad en el ámbito académico es relacional, no jerárquica, y se basa en la confianza de los demás.

Las redes familiares y personales desempeñan un papel importante para mantener el equilibrio emocional y brindar retroalimentación honesta. Sin esta base, los líderes pueden aislarse, volverse demasiado confiados o susceptibles a los halagos. La humildad fortalece la resiliencia y ayuda a los líderes a mantenerse abiertos al aprendizaje, incluso en los niveles más altos de responsabilidad.

No existen condiciones perfectas

Un liderazgo exitoso también implica la capacidad de evaluar el progreso, definir métricas y actuar con decisión. Los proyectos no deben retrasarse esperando las condiciones perfectas. La filosofía de que “lo mejor es enemigo de lo bueno” nos recuerda que el progreso a menudo se logra al comenzar, aprender y adaptarse a lo largo del camino. La mejora continua, basada en la retroalimentación reflexiva y la disposición a la adaptación, es más productiva que el perfeccionismo rígido.

Los líderes deben estar rodeados de asesores competentes que comprendan la dinámica de la institución y puedan comunicarse con claridad. Las decisiones basadas en diversas perspectivas y en la evidencia tienen más probabilidades de éxito y ser bien recibidas.

El liderazgo es inherentemente transitorio. Una de las tareas clave de un rector universitario es preparar su propia sucesión. Esto incluye reconocer el trabajo de sus predecesores, resistir la tentación de ver su mandato como el punto de partida y facilitar el liderazgo futuro mediante transiciones detalladas y reflexiones honestas. Las instituciones se benefician cuando el liderazgo se entiende como parte de un proceso continuo.

También es importante que los líderes salientes se retiren con elegancia, evitando cualquier intento de conservar influencia más allá de su mandato. Planificar proyectos personales, incluyendo sabáticos o nuevas actividades intelectuales, ayuda a los líderes a reintegrarse a la vida académica y a mantener un sentido de propósito. Estas transiciones deben aceptarse, no temerse. Permiten la renovación, la reflexión y el servicio continuo de nuevas maneras.

La sucesión no es solo un proceso; es una mentalidad. Preparar a la próxima generación de líderes, identificar jóvenes talentos y crear espacio para nuevas ideas son algunas de las contribuciones más perdurables que puede realizar un rector universitario. El liderazgo debe ser una capacidad compartida y en constante evolución dentro de la institución.

Legado de liderazgo:

El legado más significativo de un líder universitario está determinado, en última instancia, por la fortaleza de la institución y la vitalidad de su comunidad.

Esto incluye al profesorado y al personal que apoyan la misión central, a los estudiantes que encarnan su futuro, y a los exalumnos y actores externos que continúan comprometidos con sus valores. Por lo tanto, el rol del líder es servir a la comunidad, facilitando su crecimiento, defendiendo su autonomía y encarnando sus aspiraciones.

Las reflexiones que se ofrecen aquí están moldeadas por la experiencia personal, por momentos de dificultad y alegría, fracaso y éxito, soledad y solidaridad. No se ofrecen como una guía definitiva, sino como una contribución al diálogo continuo sobre cómo el liderazgo puede sostener y renovar la educación superior.

En un momento de profundo cambio y complejidad, la necesidad de un liderazgo reflexivo, ético y valiente nunca ha sido mayor.

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