Junio/25 Forero Robayo dice que hoy más que diagnósticos y documentos declaraciones de la educación superior, los candidatos presidenciales requieren rigurosas propuestas colectivas a nivel de detalle, que atiendan problemáticas sociales agudas.
En columnas anteriores hice referencia a la tarea de la Universidad frente a desafíos globales y latinoamericanos, como referentes para considerar propuestas a los gobiernos o a los aspirantes a la presidencia de la república. Hoy vamos a describir a manera de ejemplo, un gran desafío, e invitar a profundizarlo con el conocimiento que tienen las IES al respecto, para colectivamente ofrecer diseños institucionales colectivos para que la educación superior pueda liderar acciones que conlleven logros sociales sobre problemáticas estructurales que no hemos sido capaces de solucionar. Después de la experiencia personal de haber entregado propuestas a más de 10 campañas presidenciales, algunas sugerencias al respecto alrededor de un problema sin muchos avances en la solución y en el involucramiento efectivo de la educación superior.
A pesar de que cada día, más IES colombianas muestran con orgullo que atienden poblaciones de los estratos 1, 2 y 3, y que la tasa de cobertura ha venido aumentando, en este momento cercana al 55% en Colombia y con expectativa de ubicarse por encima del 60% si se llegan a concretar las aspiraciones consignadas en el Plan Nacional de Desarrollo 2022 – 2026. Recientes estudios, impulsados por organismos como la UNESCO, CEPAL y UNICEF (2022) y que evalúan el ODS 4, ponen en cuestión la eficiencia de la tarea realizada a nivel de nuestra región.
Se afirma: “puede sostenerse que entre 2015 y 2020 se ha expandido el acceso a la educación superior en la región, a costa de un incremento sostenido de la desigualdad”, poniendo de presente un problema o desafío estructural, como lo es la baja cobertura y retención en los estudiantes de la educación media, lo que genera que un buen número de jóvenes ni siquiera termine su bachillerato y por lo tanto no tengan la mínima posibilidad de ingresar a la educación superior. Esta situación es más dramática en el mundo rural y en comunidades indígenas y de negritudes, así como en algunas regiones de cada país. Para América Latina, la tasa de finalización de la educación secundaria alta en el año 2019 fue del 88.9% en el mundo urbano y del 48.4% en el rural, lo cual puede haberse agravado debido a la pandemia.
La región hoy está sobre los 30 millones de estudiantes en educación superior, más de 10.000 IES y más de 60.000 programas, con una tasa de cobertura alrededor del 54%. Sin embargo, en término medio en la región, las posibilidades de acceder a la educación superior son 7 veces mayores para los jóvenes de familias de ingresos altos con respecto a los del quintil de menores ingresos. La expansión de la educación superior no necesariamente conduce a su democratización o a la eliminación de barreras de acceso; se requieren fórmulas que permitan resolver mejor la tensión entre necesidad y mérito en el derecho a la educación superior.
Este problema no es nuevo y está documentado en estudios de diverso origen. Para el caso de Colombia, de cada 100 niños que entran a primero de primaria, solo 44 se gradúan como bachilleres, de estos, solo el 38.7% acceden a la educación superior. Las diferentes políticas y acciones afirmativas que se han aplicado durante años no han logrado superarlo, e incluso en ocasiones parece agravarse, con un muy bajo involucramiento del sistema de educación superior. Como todo desafío estructural, sus causas son diversas y vinculan a múltiples actores y espacios del Estado Nacional y regional. Uno de los errores es atribuir el problema solamente al Ministerio de Educación Nacional, MEN.
Cuando la complejidad aumenta, son necesarios análisis integrales, sistémicos e innovadores y actuar sobre el problema de una manera distinta, con nuevas institucionalidades transversales y ejerciendo las capacidades asociativas que el país y sus regiones han construido. Ya es hora de ponerlas a prueba para enfrentar grandes desafíos, con diseños institucionales rigurosos donde la educación superior juegue un papel transcendental.
Desde esta perspectiva de fortalecer la asociatividad, se presenta una gran oportunidad para el sistema de educación superior que, en el marco de su propia identidad y responsabilidad, sea capaz de manera colectiva de ejercer un liderazgo, involucrar todos los actores en un diálogo de saberes, proponer nuevos diseños para actuar, medir y poner en marcha proyectos piloto a nivel de regiones, grupos de IES o grupos poblacionales específicos, con nuevas formas de gobernanza y gestión que permitan mostrar de manera clara que tienen soluciones efectivas frente a grandes desafíos sociales.
Dentro de un proceso deliberadamente planeado, la educación superior puede avanzar con comunidades y grupos poblacionales necesitados, a través de una inteligencia colectiva que promueva el bien común en medio de economías más inclusivas, sostenibles e innovadoras. Con grandes ventajas para el sistema y sus IES, como lo es su propia transformación y mejor reconciliación y legitimidad con muchos sectores de la sociedad a la que pertenecen, ejerciendo su capacidad de autocrítica y responsabilidad ética.
Para ello se cuenta con referentes y experiencias internacionales que ayudan a perfeccionar el modelo de actuación y los resultados de impacto y en esta línea definir de una mejor manera en el sector, una “internacionalización con sentido propio” y de cara al futuro con todas sus incertidumbres.
Los diferentes institutos, observatorios, agencias y centros, creados en la arquitectura institucional de las IES, en un ejercicio asociativo, podrían documentar con rigor los problemas, con evidencias y datos para la toma de decisiones, identificar el mapa de actores, sus características e intereses, y proponer un diseño innovador para atender el problema que se decida asumir. El modelo de “misiones,” incorporado por la “Misión de sabios” facilita la concreción y el impacto de este tipo de iniciativas complejas, integrales y sistémicas, que explica muy bien Mazucato, estableciendo 5 criterios: Ser audaces e inspirar a los ciudadanos. Ser ambicioso y arriesgado. Tener un objetivo y una fecha límite claros. Ser transversal e intersectorial. Permitir la experimentación y múltiples intentos de solución.
Es esta perspectiva, por ejemplo, el papel del Ministerio de Educación Nacional sería dar a conocer a los demás ministerios y agencias del Estado, el potencial, las capacidades y fuerza asociativa que tiene el sistema y sus IES, para atender las problemáticas más agudas a cargo de ese conjunto de entidades del Estado.
La elaboración de los planes de desarrollo nacionales y regionales explicitarían esta posibilidad estableciendo un mecanismo tal, como un Fondo presupuestal orientado por el Departamento Nacional de Planeación, alimentado por lo destinado para inversiones en varios entes del Estado, en función de la problemática nodal que se quiera atender, junto con los criterios de asignación de recursos y la evaluación de los impactos sobre el problema. Esto introduciría cambios sustanciales en el modelo de financiación de la educación superior, orientado a fines estratégicos de alto impacto social.
Sin duda, esto conllevaría cambios y trasformaciones en otros ámbitos del sistema como la arquitectura para establecer políticas públicas de calidad, nuevos modelos de financiamiento y de gestión en el marco de buenos gobiernos institucionales, nuevos conceptos y acercamientos a mayores pertinencias sociales para definir el aseguramiento y la promoción de la calidad, incorporación de mayores innovaciones, formación en nuevas ciudadanías, mayor desarrollo de la autorregulación, fortalecimiento en las regiones según sus vocaciones productivas y científicas, formas contemporáneas de ejercer la autonomía universitaria y mejores respuestas en escenarios altamente cambiantes.
Son momentos para pensar en grande, uniendo vigores dispersos, estimulando la inteligencia colectiva acumulada, con innovadoras formas de pensar y actuar en función de la sociedad a la cual nos debemos y sobre la cuál expresamos deseos por un mejor futuro, ejerciendo con riesgos nuevas formas de liderazgo colectivo, potenciando y desafiando la capacidad asociativa creada al servicio estratégico de la sociedad.
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