Julio/2025 Tapiador, Catedrático de Física de la Tierra en la Universidad de Castilla-La Mancha, resalta el vital papel que la universidad debe cumplir en la formación humana con criterio. Tomado de Universídad.es
La universidad, como cualquier institución, no está exenta de imperfecciones. Se enfrenta continuamente a retos que requieren atención. Estos desafíos no deben verse como una debilidad, sino como una oportunidad para el crecimiento. Para identificarlos y responder a ellos es imprescindible una actitud crítica.
El hecho de que la universidad sea un espacio donde convergen diversos enfoques, políticas y debates permite algo fundamental en democracia: la presencia de una discusión viva y saludable sobre cuestiones cruciales en la educación superior.
El dinamismo, la existencia misma de conflictos, es un indicador de vitalidad, ya que demuestra que la comunidad académica está comprometida con la mejora constante y con la búsqueda de soluciones creativas a problemas complejos.
La universidad no es un ente estático, sino un organismo que evoluciona a través del diálogo, la reflexión crítica y la voluntad de adaptarse a las demandas de un mundo cambiante.
Libertad académica, un pilar para la mejora universitaria
El ejercicio liberal, profundo y activo de las libertades de expresión, de investigación y de cátedra es un pilar fundamental para el perfeccionamiento de la universidad. Estas libertades no solo garantizan un entorno donde las ideas pueden florecer sin restricciones indebidas, sino que también fomentan una cultura de responsabilidad intelectual que forme a universitarios capaces de construir el mundo del futuro.
Una sociedad acrítica es una sociedad que no quiere vivir, porque si hay algo constante, es el cambio y la necesidad de afrontar los retos con una mirada nueva. Sin la libertad de cuestionar y debatir, la universidad perdería su capacidad de ser un faro de pensamiento crítico y un motor de progreso.
La crítica, en el contexto universitario, no es un lujo ni un privilegio, sino una parte esencial de la actividad académica. Los análisis constructivos permiten identificar áreas de mejora, cuestionar prácticas obsoletas o defectuosas y proponer alternativas que enriquecen la misión educativa y social de la universidad. Es a través de este proceso de crítica que la academia puede mantenerse relevante, respondiendo a los desafíos del presente mientras anticipa las necesidades del futuro.
La importancia de la crítica para transformar el debate
La importancia de la crítica radica en su capacidad para transformar el debate en un instrumento de progreso intelectual y social. La crítica, cuando se ejerce con rigor, no consiste en expresar meros gustos, aversiones o rencillas personales, ni en dejarse llevar por modas o presiones externas. Su propósito es más mucho más elevado: penetrar en la complejidad de los problemas para iluminar puntos ciegos, desafiar supuestos arraigados y ofrecer perspectivas que enriquezcan el entendimiento colectivo.
Sucede a menudo que las inercias de una institución venerable como es la universidad, los cantos de sirena de la opinión pública, o las soluciones aparentemente fáciles pueden desviar a la institución de su propósito.
Un debate crítico puede revelar deficiencias en la gestión de recursos, en la equidad de acceso a la promoción profesional o en la pertinencia de los planes de estudio, abriendo la puerta a reformas que fortalezcan la calidad académica y la relevancia social de la universidad.
La crítica serena y fundamentada actúa como un contrapeso a lo consolidado, permitiendo pulir ideas, detectar errores y proponer soluciones que estén a la altura de los retos.
¿Qué hace que el progreso sea efectivo?
Para que este proceso sea efectivo, es crucial que la crítica se desarrolle en un entorno de respeto mutuo y apertura al diálogo. La universidad debe promover espacios donde estudiantes, docentes, investigadores y administradores puedan intercambiar ideas sin temor a represalias, pero también con el compromiso de sustentar sus argumentos en evidencia y razón. El recurso a la aplicación del rodillo de las mayorías a todos los niveles debería ser proscrito de la vida académica y sustituido por la construcción de consensos.
El debate, por otro lado, no debe limitarse al ámbito interno de la universidad. Debe proyectarse hacia la sociedad, abordando cuestiones como la sostenibilidad, la formación de excelencia o la innovación tecnológica, que afectan tanto a la comunidad académica como al entorno en el que se inserta. En este sentido, la crítica no solo mejora la universidad, sino que la posiciona como un agente de cambio social, capaz de liderar conversaciones más allá de sus muros.
Cuando el debate crítico se abraza como un valor central, la universidad no solo se fortalece a sí misma, sino que cumple con su misión de contribuir al avance del conocimiento y al bienestar colectivo.
La libertad de expresión, un derecho fundamental
En EE.UU. se ha visto que la cancelación sólo genera una reacción casi newtoniana, igual en magnitud y de sentido opuesto, que no contribuye a la mejora de la institución ni de la sociedad. Más bien al contrario: limitarse a ciertos temas pone en peligro al debate mismo, el mecanismo del avance.
La universidad está diseñada para cuestionarlo todo, para buscar los límites de las cosas. Es un ámbito privilegiado para la crítica sana y constructiva.
La crítica científica, motor del avance del conocimiento
La universidad es tanto docencia como investigación. En el segundo ámbito, la crítica es la esencia misma del método científico. Hay campos enteros que han desaparecido porque alguien apuntó un hecho que le había pasado desapercibido a la mayoría. La historia abunda en ejemplos: la transmisión de la herencia biológica, el origen de las enfermedades o los epiciclos anteriores al heliocentrismo. La alquimia dio paso a la química, y se descubrió que el éter era una fantasía, lo mismo que el flogisto.
Hay campos enteros de la ciencia que desaparecieron porque alguien hizo una crítica clave. Un análisis certero y a menudo mal recibido hizo progresar a la humanidad.
En todos estos casos, había un consenso anterior al experimento crucial, un entendimiento entre los interesados de que las cosas eran de una manera, por lo que hubo que superar inercias, intereses y resistencias. Se podría decir que muchos casos se dieron enfrentamientos graves, pero eso sería un eufemismo: a Miguel Servet le quemaron por defender la circulación pulmonar de la sangre y mantener una actitud crítica respecto a la indagación en la naturaleza.
Ejemplos de la crítica en la ciencia: el caso de Galileo y Wegener
El caso de Galileo es también paradigmático, pero también está el menos conocido de Alfred Wegener, que propuso la teoría de la deriva de los continentes solo para ser ridiculizado por la comunidad geológica, que favorecía teorías estáticas como la contracción terrestre.
Wegener carecía de un mecanismo claro (la tectónica de placas no se desarrolló hasta décadas después), y su formación como meteorólogo lo hizo menos creíble para los geólogos. Le marginaron en conferencias y publicaciones y murió sin ver su teoría aceptada.
Los casos anteriores demuestran no sólo la importancia de la crítica, sino la necesidad de protegerla. En la cultura occidental ya no lapidamos a gente por ir en contra del consenso. Pero se la puede orillar, condenar al ostracismo o penalizar en las promociones, como ocurrió con Donna Strickland, premio Nobel de Física en 2018, junto con Gérard Mourou y Arthur Ashkin, por su trabajo en la amplificación de pulsos láser ultracortos. Esta manera de afrontar la diversidad nos ha llevado a perder miles de descubrimientos porque grupos de intereses expulsaron del debate a gente crítica con el statu quo, ya sea directamente, silenciando sus contribuciones, o creándoles el miedo a criticar.
Los ejemplos de científicos marginados por sus pares, por la mayoría de los científicos que trabajaban en lo mismo que ellos, o que sufrieron un parón en su desarrollo profesional mandan un pésimo ejemplo a las nuevas generaciones.
Fomentar la crítica en la Universidad, de generación en generación
Arriesgar en ciencia y enfrentarse a los consensos y a los círculos de citas y amistades puede resultar demasiado gravoso para alguien que está empezando su carrera científica y cercenar su creatividad, condenándole a una trayectoria epigonal. No podemos pedir heroicidades, por lo que es muy importante que los profesores con una carrera ya establecida fomentemos la faceta crítica de nuestros estudiantes y compañeros más jóvenes, y que les protejamos cuando la ejercitan.
Es importante fomentar y proteger la faceta crítica de los estudiantes y del profesorado joven.
Tenemos herramientas. La libertad de cátedra, que es otro derecho fundamental, permite que los profesores transmitan ideas que se desvían de la norma. Como en el caso de la libertad expresión, es otro derecho a la crítica tradicionalmente muy protegido en los tribunales españoles y sobre el que existe abundante jurisprudencia, aunque mal entendido a veces, curiosamente en dos direcciones opuestas: los que creen que es ilimitado, y los que piensan que no permite que se pueda enseñar, por poner un ejemplo extremo, el geocentrismo.
La extensión de la crítica a la sociedad
La crítica hacia dentro, hacia las mejoras posibles en la universidad, no puede separarse de otra actividad tradicional de la academia: manifestarse sobre la sociedad en la que se encuentra. En este sentido, la universidad también es un ámbito privilegiado, una esfera protegida de los embates de intereses espurios.
Esta capacidad de la universidad para actuar como un faro crítico y reflexivo se deriva de su rol histórico como espacio de generación y difusión del conocimiento, donde las ideas pueden ser debatidas sin las presiones inmediatas del mercado o de agendas políticas coyunturales. Es precisamente esta autonomía la que permite a la academia cuestionar paradigmas, proponer soluciones innovadoras y fomentar un diálogo que trascienda las limitaciones del corto plazo, contribuyendo así al progreso social y cultural.
Gracias a eso, la universidad puede influir en los grandes debates sociales y entrar en temas críticos para la supervivencia de las democracias, tales como la separación de poderes, las derivas autoritarias, la presunción de inocencia, la alternancia política, la corrupción, o la ejemplaridad de los gobernantes.
¿Qué hace que la influencia de la universidad sea eficaz?
Pero para que esta influencia sea eficaz se tienen que dar varios requisitos. Uno, muy importante, es la independencia. La universidad debe mantenerse como un espacio libre de influencias externas que puedan comprometer su objetividad, ya sean estas de naturaleza política, económica o ideológica.
La independencia universitaria no solo implica la ausencia de presiones externas, sino también que exista una cultura interna que valore la diversidad de pensamiento y fomente el debate riguroso y fundamentado.
Solo a través de esta autonomía intelectual la universidad puede desempeñar su función de crítica social sin caer en el riesgo de convertirse en un mero reflejo de intereses. No es fácil, sin embargo, asegurar que las contribuciones sean genuinas y orientadas al bien común, y aquí hay mucho que debatir, pero esa noción debería ser una estrella polar de nuestras aportaciones.
La crítica desde la universidad es un elemento clave de las sociedades sanas, pero su capacidad de influencia viene mediada por su independencia.
Calidad académica y comunicación efectiva: claves para el impacto social
Otro requisito fundamental es la calidad académica. La influencia de la universidad en los grandes debates sociales depende en gran medida de la solidez de su producción intelectual. Esto implica no solo la formación de profesionales competentes, sino también la generación de investigaciones rigurosas y relevantes que aborden problemas reales de la sociedad. La búsqueda enloquecida de publicaciones y de visibilidad sólo genera colosos con pies de barro.
La universidad debe ser un espacio donde se cultive el pensamiento puro y preciso, respaldado por evidencia y metodologías robustas, y en donde no de miedo criticar las investigaciones ajenas si se considera que no cumplen con los estándares académicos. Esto es especialmente importante en las investigaciones científicas que la prensa referencia, porque esas son las que pueden tener mayor impacto social.
La crítica debe ir acompañada de una comunicación efectiva, capaz de traducir el conocimiento académico en propuestas accesibles que puedan incidir en las políticas públicas y en la opinión general.
Como profesores, debemos fomentar la participación de nuestra comunidad más cercana en los debates académicos y sociales. La participación en espacios de diálogo, como foros, blogs, seminarios y publicaciones, permite a la universidad conectar con la sociedad y amplificar su voz.
La colaboración con otros actores puede potenciar el impacto de las ideas generadas en la academia siempre que se mantenga la independencia como principio rector. De esta manera, la universidad no solo reflexiona sobre la sociedad y cumple una de sus funciones fundacionales, sino que se convierte en un agente activo de transformación, contribuyendo a la construcción de un futuro más justo y equitativo.
La crítica como motor de progreso en las sociedades modernas
La crítica es una de las claves del progreso de las sociedades modernas. No entender esto es vivir anclado en un mundo previo a la revolución científica, en el Antiguo Régimen de facto, donde el cuestionamiento de las ideas establecidas era visto como una amenaza en lugar de una oportunidad. La crítica, cuando es rigurosa y constructiva, permite identificar fallos, proponer soluciones y avanzar hacia modelos y sistemas más precisos y eficientes.
La crítica, es bien sabido, es lo que nos ha traído adonde estamos, a la sociedad más rica y libre que ha tenido la humanidad.
En el contexto universitario, la práctica de la crítica es esencial no solo para mejorar la institución misma, sino también para consolidar su rol como motor de transformación social.
Sin una crítica activa, las universidades corren el riesgo de estancarse, perdiendo su capacidad de liderar el cambio y de responder a los desafíos de un mundo en evolución donde surgen problemas nuevos todos los días. Es el caso de la inteligencia artificial.
El gran inconveniente: la poca crítica que hay en la universidad
El mayor problema con el que se encuentra la universidad en relación con la crítica es que hay poca. El silencio, ya sea por apatía, conformismo o temor a represalias, genera un vacío que permite la implementación de tendencias autoritarias y de dinámicas de poder en centros y departamentos.
Este silencio no solo frena la innovación, sino que también perpetúa prácticas ineficientes o desfasadas que podrían haberse corregido con un debate oportuno. La falta de crítica interna en las universidades a menudo deriva en una autocomplacencia que limita el potencial de una institución que tiene que ser no sólo ejemplo, sino motor.
Por ello, es crucial fomentar una cultura de diálogo crítico en la que docentes e investigadores se sientan libres y motivados para señalar áreas de mejora sin temor que se les penalice y promover así una mejora continua que beneficie tanto a la institución como a la sociedad en su conjunto. La sociedad española se lo merece, y contamos con las bases necesarias para llevarlo a cabo.
Fomento de la transparencia y protección de la crítica en la Universidad
¿Cómo se puede avanzar? El aumento de la calidad pasa por establecer mecanismos que promuevan la transparencia y la rendición de cuentas dentro de las universidades, garantizando que las decisiones se tomen con criterios de incrementar el bien común y no en base a inercias burocráticas o intereses particulares.
Es fundamental además fomentar la participación de toda la comunidad universitaria en la identificación de problemas y la propuesta de soluciones, desde la mejora de los planes de estudio hasta la modernización de las infraestructuras.
Pero lo más importante es crear universitarios críticos y proteger a los que lo son con todas las herramientas instituciones y legales a nuestra disposición, porque nos jugamos mucho en ello. La crítica es nuestra mejor arma como universitarios, pero es una herramienta que se mella con facilidad. De nosotros depende mantenerla afilada.
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