El Observatorio de la Universidad Colombiana




El sentido de la universidad: Juan Luis Mejía Arango – julio/20

Palabras de Juan Luis Mejía Arango, rector de la Universidad EAFIT, en la instalación de la Primera Cumbre de la Misión Internacional de Sabios. Parque Explora de Medellín, 10 de junio de 2019.
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Más que respuestas, el sistema educativo debe proveer preguntas, de todo tipo y en todos los frentes, cuestionamientos constructivos que inviten a la humanidad a avanzar y a superarse día tras día. En la instalación de la primera Cumbre de la Misión Internacional de Sabios, quisiera proponer una reflexión de 10 puntos sobre los desafíos a los que nos vemos enfrentados los educadores, acordes con el espíritu de los tiempos.
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1. El aprendiz permanente

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La universidad se encuentra en una reflexión constante de sus prácticas académicas, pedagógicas e investigativas. Las nuevas pedagogías se caracterizan por flexibilizar el modelo curricular y la aplicación del enfoque por competencias a los planes de estudio, y desarrollar experiencias de aprendizaje activo. Además, involucran la innovación con nuevos medios interactivos y recursos de aprendizaje.
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Este proceso también implica una transformación en el papel de los docentes, que dejan de ser el centro del proceso, para asumir roles de guía, tutor, mentor, asesor, arquitecto de ambientes de aprendizaje y diseñador de experiencias. El docente adquiere una dimensión retadora: ser un ejemplo viviente de lo que significa ser un aprendiz en el siglo XXI, de forma permanente, así como un referente de flexibilidad, de apertura, de renovación de actitudes, saberes y prácticas, sin prescindir de la rigurosidad inherente a la actividad científica y académica.
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Todas estas transformaciones llevan a la promoción de una mayor flexibilidad en las estructuras académicas al superar las organizaciones puramente facultativas, o por escuelas y departamentos, y pasando a estructuras más complejas: áreas interdisciplinares, divisiones, proyectos y problemas, entre otros.
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2. Integridad: un imperativo de los tiempos

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La integridad es un pilar fundamental en la educación. Integridad hace referencia a completitud, a honestidad, a excelencia humana. Es un horizonte moral que se convierte en un faro para profesores, estudiantes y todos los que integramos el ámbito de la educación. Sin integridad es imposible avanzar en la tarea de formar a niños y jóvenes en el ser, en el saber y en el hacer. Con integridad podemos darle sentido ético a cada uno de los valores de nuestras instituciones educativas. Poco aporta a la sociedad una educación de excelencia, pero con grandes grietas en la cimentación moral del ser.
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Pensando en Aristóteles y en lo que le enseña a su hijo en el bello texto Ética a Nicómaco, la integridad sería lo que para el filósofo griego era la prudencia, virtud excelsa sobre todas las demás, aquella que le da la justa medida y el sentido a esas declaraciones morales con las que nos comprometemos como educadores y como aprendices. La integridad será un faro para que la ruta sea la indicada, el paso adecuado, la intención recta, y la meta razonable y esperanzadora.
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3. Sostenibilidad: un desafío de la humanidad

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Fue un año de esperanza, de creer que la humanidad vislumbra un futuro en el que impere la sostenibilidad, en el que haya equilibrio y la mira esté puesta en las nuevas generaciones con el fin de dejarles un planeta mejor que el que recibimos las generaciones actuales. Fue en 2015 cuando se promulgaron tres documentos que marcaron un nuevo camino para los habitantes de este planeta: la encíclica papal Laudato si’, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y COP21. No obstante, estos son retos universales que no pueden analizarse de manera aislada, sin un contexto común y con la convicción de que la responsabilidad de llegar a un puerto exitoso nos incluye a todos por igual.
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Así, y con este preámbulo, las instituciones de educación superior tenemos la obligación innegociable de tomar decisiones y actuar en reciprocidad con la sociedad, los ecosistemas, los mercados y las generaciones futuras. No tenemos otra alternativa para la supervivencia de nuestras instituciones. Debemos ser actores relevantes para impactar positivamente al desarrollo sostenible de la humanidad. Debemos buscar alinear y conectar nuestras posiciones institucionales, y todas las actividades misionales (docencia, investigación y proyección social) a los principios y las metas de la agenda universal de desarrollo sostenible.
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Recordemos aquel sabio proverbio africano: “El mundo no es una herencia que nos legaron nuestros padres, sino un préstamo que nos hacen nuestros hijos”.
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4. Sintonía entre Universidad–Empresa–Estado–Sociedad

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Si la universidad no está al servicio de la sociedad su existencia carece de sentido. Todo el conocimiento que se genera en sus campus, aulas y laboratorios debe tener como fin mejorar el único mundo, nuestra única casa, el minúsculo planeta que nos correspondió en suerte habitar. En este caso, las instituciones de educación superior deben retribuirle a su entorno todo lo que este les ha entregado a través de una transferencia de conocimiento en el que esté incluida, además de la universidad y el Estado, la empresa, es decir, el dinámico sector privado que encuentra resultados que le son útiles para su productividad y, de paso, permiten que la academia experimente nuevos saberes. Es, sin duda, un trabajo articulado entre estos actores en beneficio del desarrollo social y económico.
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5. Dimensión cultural de la universidad

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Universidad es universalidad, diversidad, inclusión. Y así como es descubrimiento es también creación, lo cual le brinda una verdadera dimensión cultural, que enriquece su acervo y permite el encuentro, no solo de conocimientos, sino de artes, de manifestaciones, de rupturas. Preocupa, entonces, que de los procesos de acreditación y de la medición que se da por ránquines se excluya la cultura y muchos de los tópicos que de esta se derivan, razón que puede llevar a que se empobrezca la idea de universidad y se pongan en conflicto ambos conceptos, pues cultura y universidad deben ir de la mano, porque una y otra requieren pensarse y elaborarse en forma conjunta. Sí, la verdadera educación afinca sus raíces en las culturas que la inspiran. Educar en las aulas y formar en los campus es, en ese sentido, una labor propia de dicha dimensión cultural, que reclama espacios para crear y, a su vez, para transformar.
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No podemos perder la capacidad de admiración. El sentimiento que produce la contemplación de una obra de arte, la exaltación y el júbilo por una pieza musical, el asombro por la belleza de un verso y la remembranza de un poema grabado en el corazón. Es allí donde encontramos nuestra humanidad. La universidad debe propiciar estos espacios, y enriquecer y tocar para siempre la vida de sus estudiantes.
Hace ya más de treinta años que asistíamos al reconocimiento de la diversidad cultural como una gran riqueza de la humanidad desde sus miradas múltiples, multiculturales. Pero parece que el péndulo de la historia regresa a posiciones que creíamos superadas como el pensamiento único, los nacionalismos excluyentes, las xenofobias marginadoras. Es papel de la universidad preservar lo plural, lo diverso, lo multi y pluricultural.
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6. Universidad para todas las generaciones

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Los resultados preliminares del Censo 2018 en Colombia muestran cambios drásticos en la estructura de la población. Las transformaciones demográficas, por ejemplo, generan nuevos retos para la proyección y la sostenibilidad de la educación superior, que no es ajena a las dinámicas que en ese ámbito se originan en las ciudades, donde familias compuestas por hijos únicos y un crecimiento significativo de la clase media plantean escenarios novedosos. Por eso, la apuesta de las universidades debe dirigirse a albergar a todas las generaciones, de modo que converjan con naturalidad niños, jóvenes, adultos y adultos mayores, y así dar respuesta tanto a sus necesidades particulares de formación, como también a sus apetencias culturales, de ocio y hasta espirituales. Las universidades tienen, ante los retos demográficos, el propósito de cautivar a las personas, indistintamente de su edad, para trabajar en ellas la potencialidad que conlleva como seres humanos.
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Así, el sistema educativo debe crear métodos de aprendizaje para personas que aprendan a aprender, con un pensamiento crítico, en ambientes de constante transformación, en un proceso que no termina, que es para toda la vida, y donde las habilidades del ser y las competencias serán determinantes para sobrevivir a los desafíos del futuro. A su vez, como señala la llamada Curva de Stanford, la humanidad duplica su acervo de conocimientos en una tasa que en la actualidad no supera los dos años y que con la llegada del “Internet de todo” el mundo duplicará toda la información que posee cada 11 horas. Estamos pues, y por fortuna, condenados a desaprender y aprender a lo largo de toda la existencia. Y la universidad tiene que tener la suficiente plasticidad para acompañar cada uno de los nuevos momentos de aprendizaje.
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7. Nuevas tecnologías e industrias 4.0

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Las nuevas tecnologías, o más precisamente la revolución de la industria 4.0, están fomentando un cambio exponencial en el enfoque y en la forma como las organizaciones y las personas se desempeñan. Hoy hablamos de automatización de roles o funciones, incluso, de un reemplazo completo de profesiones tal como las conocemos. Sin embargo, lo que no será reemplazada es la sensibilidad humana, la misma que nos permite seguir identificando los problemas y las necesidades desde lo profundo del ser, de cada individuo y de cada sociedad. En este sentido, la conexión humana seguirá siendo lo más relevante para acompañar estas transformaciones. Y el papel de la universidad como institución en esa transición será la de seguir siendo inspiradora de emociones, ser ese lugar en el que la capacidad de asombro se viva de forma constante, de día y de noche; donde sorprenderse sea un imperativo; donde un amanecer o un atardecer generen la afortunada conciencia de estar vivos para disfrutar las maravillas que nos dispensa el universo. La frialdad de la tecnología solo puede contrastarse con la cercanía de lo humano.
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8. Nuevos empleos y nuevas formas de relacionarnos

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Como menciona Yuval Noah Harari, en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, “no tenemos idea alguna de cómo será el mercado laboral en 2050”. De hecho, uno de los grandes desafíos de la educación superior es que formamos profesionales que estarán desempeñándose en empleos que aún no existen. Los jóvenes que apenas ingresan a la universidad trabajarán en empresas que todavía no han sido creadas, resolviendo preguntas que ni siquiera nos hemos formulado. Por eso, la formación de pensamiento computacional, la capacidad de autoaprendizaje y el espíritu de indagación ante los arcanos secretos que aún guarda la naturaleza son competencias indispensables en los procesos de la inicial formación universitaria.
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9. Descubrimiento y creación

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El desarrollo y el avance de la humanidad se sustentan en el conocimiento y, para ello, se requiere del talento que lo genere. Es la alta formación doctoral la llamada a crear ese nuevo conocimiento. Colombia posee cerca de 14.000 doctores, de los cuales el 91 por ciento se encuentra en las universidades. Creo que el significado de esta cifra habla por sí solo. Son las universidades las llamadas a impulsar el desarrollo de la ciencia, a proponer las preguntas que la sociedad requiere y a trabajar en las respuestas que la humanidad demanda. Por tanto, es un imperativo el apoyo a ese gran capital humano que con tanto esfuerzo ha formado el país en los últimos años, pues de lo contrario encontrarán en otras latitudes su desarrollo como científicos. Estaríamos ante la gran ironía de crear un gran capital humano y luego desperdiciarlo.
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10. Un Estado ágil

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La estructura del Estado debe sufrir unas profundas transformaciones para estar acorde con los veloces cambios de los tiempos. De lo contrario, no estará en sintonía con la vertiginosa evolución del conocimiento, y podrá convertirse, entonces, en un obstáculo y no en un detonante de las transformaciones a las que nos enfrentamos.
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No puedo dejar de referirme en este decálogo a la importancia de esta nueva Misión de Sabios. ¡Enhorabuena! Ya era hora de ocuparse nuevamente y en serio de la ciencia y la tecnología, de remitirse a estudiar las causas y no los síntomas, y actualizar esa visión de a dónde queremos llegar como Nación. A Colombia le hace falta más ciencia básica. Más relacionamiento Universidad, Empresa y Estado. Más financiación con participación de formas diferentes de fondos y banca privada. Es necesario, además, que la regulación se actualice y avance más rápido, en concordancia con los veloces cambios que presenta la ciencia y el conocimiento. Qué bueno que expertos nacionales, internacionales y premios Nobel nos ayuden dando luces para ese nuevo recorrido por emprender. Qué bueno que nos ayuden a hacer de la ciencia, la tecnología, la innovación y la educación los grandes motores del desarrollo para Colombia.
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La anterior comisión de sabios estaba transitando por el último año de gobierno del presidente César Gaviria. Y, por desgracia, no fue adoptada como agenda colectiva por posteriores administraciones. Esta nueva convocatoria ha llegado en un momento oportuno. El gobierno tendrá tres años para implementar las recomendaciones entregadas por la Comisión de Sabios. Pero creo que estas recomendaciones no son solo para el gobierno de turno. Por eso quiero invitarlos a todos, al mundo académico, empresarial, a las organizaciones sociales, y en general a todos los ciudadanos a que, una vez entregado el informe final, nos apropiamos de este, lo arropemos, lo divulguemos, lo amemos. La invitación es a generar una gran movilización social que promueva la implementación de sus recomendaciones. No podemos perder esta oportunidad histórica para poner a la ciencia en el centro de la agenda nacional.
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