En su editorial de ACIET, denominado “Recuperar la confianza para avanzar”, su presidente, Hugo Alberto Valencia Porras, cuestiona cómo el sistema de educación superior colombiano parece perder su norte al caer en el formalismo y en olvidar sus principios.
En conversaciones con rectores de muy diversas instituciones de educación superior, desde técnicas profesionales hasta universidades, hemos coincidido que en Colombia hay muy importantes desarrollos en políticas de educación superior, apuestas por la calidad y esfuerzos por mejorar la cobertura, pero también que los controles, procedimientos, actualización documental, rendición de cuentas y ajustes en la cambiante y voluminosa legislación: leyes, decretos, resoluciones, circulares; no sólo demandan importantes inversiones, tiempos y recurso humano a las IES, sino que, más inquietante aún, parecen estar nublando el panorama con respecto a los fines últimos de la educación superior.
Mientras que la opinión pública, los medios de comunicación, las redes sociales, las nuevas generaciones y los competidores internacionales y en web tiene plena libertad para expresarse, cuestionar las universidades y en general el sistema de educación superior o diseñar ofertas educativas flexibles, pertinentes, modernas y de respuesta inmediata a las expectativas del mercado (a propósito, poco o nada controladas por el Estado), las IES deben responder a rígidos esquemas, procedimientos, tiempos y costos cada vez mayores para poder mantenerse operando con relativa normalidad.
Y eso que estas instituciones educativas, incluidas las privadas, prestan un servicio público de educación y actúan en calidad de “delegadas” del Estado (el presidente de la República y la ministra de Educación) en el cumplimiento de los objetivos de la educación superior para garantizar la formación de la ciudadanía dentro de los más altos ideales de la República de acuerdo a sus Planes de Desarrollo.
Ese empoderamiento no ha sido gratis ni regalado. Para poder brindar el servicio público de la educación, las IES en todas sus tipologías (Técnicas profesionales, Tecnológicas, Instituciones Universitarias y Universidades) y niveles, han debido surtir lentos, costosos, difíciles y voluminosos procesos documentales, auditados por organismos colegiados adscritos al Ministerio de Educación y confirmados con visitas de expertos para las diversas etapas (pares académicos y funcionarios para creación de IES; de programas académicos, de renovación del registro de los mismos, de condiciones institucionales, de programa y reacreditación, de inspección y vigilancia, de acreditación institucional y reacreditación…), en una dinámica en la que cada vez aumentan más las solicitudes, el volumen de actividades, compromisos, el papeleo, los pagos por trámites, la rendición de cuentas y, en fin, múltiples sobrecostos, inversión de recursos y aumento de nómina para poder estar al día con todos estos procesos, que son a su vez necesarios pero de pronto es la forma y la frecuencia la que desgasta tiempo y recursos importantes, necesarios y escasos para las instituciones.
Todo esto en medio de un complejo entramado de tensiones. A las IES (particularmente a las privadas) se les critica por sus costos de matrícula, sin considerar que el número de estudiantes promedio baja y la atención de todos estos trámites y el aumento de la nómina necesaria para atender los nuevos campos que hay que atender (profesionales en calidad, evaluación, estadística, radicación de procesos, abogados, gestores de investigación, recopiladores de información para rankings, programadores de software, pedagogos para replantear el modelo curricular…) aumentan significativamente los costos de operación; la acreditación nace como voluntaria, pero aparecen presiones para que todas las IES la logren a como dé lugar para poder estar y mantenerse; se defiende en el discurso la autonomía universitaria, pero las recomendaciones de pares sutilmente obligan a las IES a caminar en la dirección por ellos deseada; y el Ministerio, que confió en las IES cuando decidió, tras un detallado estudio y análisis, otorgarles la personería jurídica y aprobarles los programas, pasa a desconfiar de estas cuando las diferencias surgen. Y entonces las universidades (en su sentido genérico), creadoras, reproductoras, analistas y propagadoras del conocimiento y lo que éste implica para el saber, la verdad, la humanidad y la convivencia, pasan a ser instituciones sobre las que hay que desconfiar, sin considerar que, sin éstas, la responsabilidad Estatal de llevar educación a todos los niveles y territorios patrios, no sería posible.
Todo esto ha hecho cambiar las prioridades de gran parte de la dirección universitaria: En vez de estar concentrados como un verdadero núcleo y base del conocimiento, como centro de pensamiento, como el recinto sagrado de la razón, en la búsqueda de respuestas y soluciones a las necesidades y expectativas de la sociedad, y orientar a la ciudadanía a una reflexión racional y solidaria en torno de sus valores como comunidad, la atención, los recursos y los tiempos de las IES se están yendo para responder a papeleos, visitas, trámites e indicadores, registros, acreditaciones, SACES, registros Saber, información a la DIAN, atención a las demandas estudiantiles, sentencias judiciales, actualización documental, y, en fin, muchísimos otros hechos, no esenciales ni determinantes para la razón de ser de la vida universitaria. “La Universidad ya no sabe lo que significa ser universidad”, Ronald Barnett
Parece como si la gestión universitaria hubiera pasado de ser un escenario de prospectiva reflexiva, gerencial e innovadora, a convertirse en una la labor de coordinación y del lleno constante de listas de chequeo, crecientes en todo momento, y solicitadas por agentes externos, entrando en una incomprensible carreta técnica por diseñar y en ajustar normas y procedimientos y no fomentar la deida articulación como un real sistema de educación superior (que debe ser solidario para evitar que algunas IES desaparezcan, como está comenzando a suceder), el sistema de educación superior parece estar perdiendo su enfoque.
La conclusión: Estamos diluyendo la esencia misma de la Universidad, perdiendo los escenarios de reflexión y crecimiento de ésta como institución social, y olvidando que somos nosotros (rectores e IES), quienes debemos generar los propios pensamientos en torno de la razón de ser de la educación superior, sin permitir que las condiciones del mercado, la ficticia carrera por renovar la legalidad ya adquirida, o el condicionamiento de lo que significa la autonomía universitaria, se impongan.
Aunque se diga que los formatos, encuestas, papeleo e indicadores deben ser el reflejo de la acción formativa universitaria, bien sabemos que esto no es así. No podemos permitir que la vida universitaria en su génesis se convierta en un formalismo. Si eso pasa, corre el riesgo de eliminarse, y se caería en la paradoja de que un sistema diseñado para el aseguramiento ¿o reaseguramiento? de la calidad y la vida universitaria, termine destruyéndolas.
Es en las propias comunidades académicas, reflexivas sobre su presente y futuro, desde donde deben brillar las luces que iluminen el camino a seguir. Intentar recuperar la confianza entre todos los actores del sistema, para avanzar siempre hacia el norte de la universidad y no distraerse en el camino, debería ser la tarea.
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