Estrategias perversas en la clasificación de grupos de Minciencias: Moisés Wasserman

Estrategias perversas en la clasificación de grupos de Minciencias: Moisés Wasserman

Abril/25 En su columna de El Tiempo, el exrector de la U. Nacional cuestiona las polémicas prácticas que se derivan del afán de tener un buen reconocimiento en la clasificación de grupos de Minciencias.

Entre los escándalos recientes, tres o cuatro por día, se escondió discretamente la avalancha de reclamaciones sobre los resultados de la última “Convocatoria nacional para el reconocimiento y medición de grupos de investigación… y para el reconocimiento de investigadores…”. Leyendo algunas de estas reclamaciones, unas individuales, otras institucionales e incluso una de Ascún (asociación de universidades públicas y privadas), la conclusión inevitable es que fue una medición llena de chambonadas.

Para ser sinceros, yo tengo viejas objeciones a esa medición. Desde el principio discutí, con muchos muy buenos amigos, directores y subdirectores de Colciencias, sobre su conveniencia y corrección. Por supuesto, era la época feliz, cuando discutir era argumentar sin insultos ni resquemores.
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Mi argumento central es que una medición como esta es conveniente con la condición de que interfiera y cambie la realidad mínimamente. Los colegas físicos dirán que toda observación modifica la realidad observada; pero lo que yo reclamaba era que tuviera dos condiciones: que los investigadores no intervinieran en ella, es decir que la información se recogiera de bases de datos e informes, y que los resultados no condicionaran su actividad: que las becas de investigación y la orientación de sus proyectos no dependieran de esa medición.
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Siempre fracasé en mi argumentación. En un principio se dijo que no se exigiría el resultado para aprobar financiaciones, pero eso cambió y las convocatorias introdujeron como condición una buena clasificación del grupo proponente. Los sistemas de acreditación universitaria introdujeron en sus requerimientos buenas calificaciones; los investigadores fuimos clasificados y se nos pusieron apellidos: sénior, asociado o júnior.
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Esa clasificación recibió un choque cuando la profesora Ángela Restrepo, maestra y figura máxima de nuestra ciencia, fue degradada a júnior después de los 80, porque ya no tenía tantos productos. Ella se divirtió cantidades con su rejuvenecimiento forzado, y Colciencias debió crear, para los más viejitos, la categoría de ‘eméritos’ que nos vacunó contra rejuvenecimientos súbitos.
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El problema central es que somos humanos, y cuando se crea una calificación que depende de informes propios se generan estrategias para ganar, algunas perversas. Con estas convocatorias se generaron estrategias individuales, para la supervivencia en el sistema de financiamiento. Hubo también estrategias institucionales porque el prestigio, la acreditación y los registros calificados del MEN empezaron a exigir esos resultados; y se dieron también estrategias políticas, puesto que quienes estaban a la cabeza del sistema tenían un gran interés en mostrar avances.
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Así, los investigadores exageraban resultados, intercambiaban autorías, traían a sus directores de tesis, con su productividad, como ‘coinvestigadores’ suyos y más. Surgieron las publicaciones pagas de casi cualquier cosa y, lo peor de todo, se vieron obligados a cambiar derroteros y a proponer investigaciones sin riesgo (las de riesgo son las buenas) por repeticiones sin posibilidad de falla.
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Las instituciones unían grupos para que fueran más grandes, cuando eso era bien visto en la medición, o los dividían cuando lo conveniente era tener muchos, y empezaron a hacer exigencias que distorsionaban la actividad de sus investigadores y aplastaban la creatividad.
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Los políticos hacían maromas para que el sistema creciera, aun aparentemente. Alguna vez le propuse a un muy buen amigo que suspendieran del todo el financiamiento, porque los resultados indicaban que cuanto menor presupuesto, mayor número de grupos, y la productividad crecía.
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Es una de las batallas que siempre perdí. Ya hace tiempo me di por vencido.

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