Junio/23 Sánchez Torres, exrector de la U. Nacional, cuenta, en El Tiempo la historia de cómo hechos luctuosos marcaron la discusión sobre la presencia de la policía en los campus y cómo el tan preciado principio de autonomía universitaria ha venido siendo desvirtuado con fines políticos, afectando la imagen de la universidad.
El 16 de mayo de 1984, para conmemorar el Día del Estudiante Caído, en predios de la Universidad Nacional hubo un feroz enfrentamiento entre la Policía y sujetos embozados, con un saldo de 22 heridos, a bala unos, con ácidos y granadas otros. Hubo 123 detenidos, la mayoría encapuchados. Las autoridades secretas del Estado divulgaron posteriormente que 37 no eran estudiantes, sino guerrilleros del M-19 amnistiados.
A pesar de que han trascurrido 39 años recuerdo bien ese acontecimiento, pues para la época era yo el rector de la universidad y porque ese fue uno de los episodios más lamentables que tuve que afrontar. Lo traigo a colación para poner de presente que lo que ha venido sucediendo ahora en las universidades públicas no es algo novedoso, sino que es un fenómeno crónico, reiterativo, de casi medio siglo de ocurrencia.
La vigencia de la llamada “autonomía universitaria” se ha prestado para que, proclivemente, algunos le den al campus universitario la condición de “inviolable” para las autoridades encargadas de mantener el orden público. Esto lo ha convertido en el escenario ideal para la protesta violenta de quienes aborrecen “el establecimiento”. Sabiendo que están en terreno protegido, actúan seguros de que la impunidad es su aliada.
Se ha afirmado en estos días que lo ocurrido en el campus de la Nacional el 8 de junio de 1954 tuvo como origen una marcha estudiantil para conmemorar la muerte del joven Gonzalo Bravo en 1929, y que a la postre la Policía persiguió a los marchistas hasta el campus, dentro del cual uno de ellos hizo uso de su arma, con tan mala fortuna que impactó en la humanidad del pacífico estudiante de medicina y filosofía Uriel Gutiérrez Restrepo. En honor a la verdad, los hechos no ocurrieron así. En mi condición de supérstite de aquel infortunado acontecimiento, daré mi versión.
En aquellos días, junio de 1954, el Ministerio de Educación había autorizado el ejercicio profesional de la odontología a quienes durante muchos años habían actuado como “teguas” o autodidactas. El decano de la Facultad de Odontología de la Nacional estaba de acuerdo con aquella disposición, lo cual le había granjeado la malquerencia del estudiantado. El jueves 8 se amotinaron frente a su despacho para protestar ruidosamente. Temeroso de que el asunto pasara a mayores, comunicó a la secretaría general lo que estaba sucediendo. El respectivo funcionario consideró prudente pedir el concurso de la fuerza pública, como en efecto sucedió. Un destacamento de agentes de la Policía ingresó al campus. Cuando cruzó frente a un grupo de muchachos que jugaban fútbol, fueron chiflados e insultados con gruesos epítetos. Un agente exasperado disparó su fusil, con el resultado que anoté atrás.
Para entonces la autonomía universitaria no estaba consagrada en la Constitución Política, pero se respetaba la tradición de que la fuerza pública no debía ingresar al campus sin autorización de las autoridades universitarias. Como era lógico, tan luctuoso precedente dio pábulo para que en el futuro ningún agente uniformado fuera bien visto dentro de la institución.
Otro episodio ilustrativo ocurrió en 1971. Agentes armados de la Policía, sin autorización de las autoridades universitarias, irrumpieron en el campus en persecución de quienes, encapuchados, los habían atacado con armas de fuego. La invasión se hizo sin contemplación alguna. En su afán por apresar a los agresores fueron arrasando con lo que encontraban a su paso. El Consejo Superior, del cual yo formaba parte, denunció y rechazó semejante atropello.
Como puede verse, el tan preciado principio de autonomía universitaria ha venido siendo desvirtuado con fines políticos, afectando la imagen de la universidad. Por la experiencia vivida, no es fácil controlar ese morbo. Se dirá que el diálogo es la fórmula adecuada. ¿Pero es que, acaso, se puede dialogar con interlocutores sin rostro?
![]()
