Historia, memoria y paisajes culturales en la formación universitaria: Felipe Cárdenas Támara

Historia, memoria y paisajes culturales en la formación universitaria: Felipe Cárdenas Támara

Feb/25 En su primera columna de 2025, Cárdenas-Támara, director del Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, de Unisabana, muestra cómo las institucionalidades universitarias tienen como tarea urgente recuperar y leer todo lo que los paisajes culturales nos indican, en su expresión como signos vivos de la historia.  

 

El verdadero viaje de descubrimiento consiste no solo en buscar nuevos paisajes, sino en ver las cosas desde una nueva perspectiva. –Marcel Proust.

Introducción

El paisaje, el territorio, el ambiente y la geografía se constituyen en objetos sígnicos que deben ser incorporados en los procesos de formación universitaria.  El empalabramiento educativo tiene que situar todas las fuerzas constitutivas de la naturaleza y los ecosistemas como parte de la educación y de los conocimientos que la institución universitaria tiene que proyectar en sus educandos. Empalabrar en el ambiente, el territorio y el paisaje les brinda a los educadores y educandos un universo de posibilidades pedagógicas y didácticas que contribuyen al fortalecimiento del sistema lingüístico y cognitivo de la comunidad educativa en sus máximas posibilidades de florecimiento. Especialmente brinda valores y significados culturales. En pocas palabras, las lecturas ambientales y territoriales ayudan a forjar carácter, identidad cultural, sentido de pertenencia, salud social y crecimiento personal. El paisaje cultural es un “objeto” vivo, cuyo dinamismo presente se ha configurado por la acción de fuerzas geológicas, ecosistémicas y culturales. Por lo tanto, como objeto de estudio el paisaje en su expresión cultural se configura como expresión cognitiva gracias a los aportes y al diálogo entre las ciencias naturales, las ciencias sociales y el conocimiento vernacular de los agentes situados en determinados paisajes.

La tarea de leer un paisaje cultural hace parte de diversos movimientos historiográficos, cuyas diversas metodologías interdisciplinarias pueden enriquecer nuestra memoria histórica sobre los territorios. Algunos de esos movimientos o escuelas historiográficos que refieren conocimiento sobre el paisaje y la geografía son: la antropología histórica, la arqueología, la geografía cultural, la etnohistoria, la microhistoria, la historia desde abajo.

Nuestras institucionalidades universitarias tienen como tarea urgente recuperar y leer todo lo que los paisajes culturales nos indican, en su expresión como signos vivos de la historia. Hay infinitos desafíos, retos y tareas pendientes para una antropología histórica situada desde los modelos historiográficos mencionados. Nuestros territorios son objetos educativos y maestros vivos que nos pueden facilitar nuestra tarea educativa y enriquecer las misiones y visiones institucionales universitarias que conciben la realidad con base en epistemologías que no incorporan aún el componente ambiental en toda su profundidad (más allá de las didácticas de PeterPan), que toca decirlo, están situadas más allá del marketing y del rótulo de la sostenibilidad con que incluso las industrias más contaminantes acompañan hoy sus portafolios “ambientales”.

Algunas microhistorias en nuestros territorios: los ermitaños del siglo XVI-XVII.

Cuando hablamos de paisajes culturales, desde luego que los territorios físicos son fundamentales, así como la geografía cultural que se ha constituido y transformado determinados territorios físicos. Ahora, el paisaje cultural en su referente en la antropología histórica también indaga sobre tradiciones orales, escritas y otros vestigios que contribuyen a comprender y analizar las huellas históricas sobre el territorio, muchas de las cuales se han erosionado y que deben recuperarse por investigadores formados en universidades o por los propios centros de investigación universitarios.

Vamos a poner un ejemplo: la historia de los ermitaños católicos del siglo XVII que poblaron la región de Ráquira en el departamento de Boyacá. ¿Cuáles son las fuentes históricas para dar cuenta de estos actores cuyas historias fueron configuradoras del ethos cultural y del nacimiento de instituciones educativas en el siglo XVII en la Nueva Granada, por ejemplo, la Academia Javeriana (¿1590?) que marcó la vida de muchos de los personajes históricos de la élite criolla del siglo XVII. Tenemos como fuentes, las novelas de la época, registros escritos, registros notariales y el propio territorio ubicado en el municipio de Ráquira, que conserva y nos presenta objetos arqueológicos y monumentos que nos recuerdan sobre la presencia de estos ermitaños, y desde luego sobre la presencia de comunidades indígenas macro-chibcha en estos territorios.

Además de las fuentes históricas y etnohistóricas señaladas, el paisaje cultural del que hablo, tiene como una de sus fuentes más valiosas la novela  “El Desierto Prodigioso y Prodigio del Desierto” escrita por el clérigo criollo Pedro Solís y Valenzuela hacia el año 1630.  La evidencia escrita en este caso es fundamental para adentrarnos en el paisaje cultural, específicamente en la topología e imaginarios sociales e individuales que fueron constitutivos al universo trascendente del ethos cultural y religioso en la Nueva Granada en el siglo XVI-XVII. Es decir, la novela confirma como las élites de la época vivían y como entendían la realidad y su mundo. Pero, el registro histórico, literario y geográfico no es una historia muerta, ya que la historia a la que hacemos referencia tiene continuidad histórica con el presente y se plasma en los más hermosos monumentos de la geografía de Colombia: el Convento de los Agustinos Recoletos en el municipio de Ráquira, el Cerro de la Popa en Cartagena y el propio barrio de la Candelaria en la ciudad de Bogotá, agregándole a estos monumentos nada más y nada menos que los antiguos “yermos” de Monserrate, Guadalupe y el Santuario de la Peña ubicados en la ciudad de Bogotá. Así, el hermoso paisaje cultural boyacense tiene una prehistoria, historia e historia contemporánea que alimenta y debería alimentar nuestra formación ciudadana y profesional y que desborda los límites geográficos regionales, al recordarnos que nuestras veredas y territorios están situados desde hace más de 500 años en interesantes procesos de globalización, trasmisión y difusión cultural que nos recuerdan la importancia de nuestros lazos históricos con el fallido imperio español.

La novela de Pedro Solís y Valenzuela, nos recrea un paisaje literario que se alimentó del paisaje cultural de la época y de los imaginarios sociales que permeaban a la sociedad neogranadina, cuyos referentes tenían que ver con el cristianismo barroco que el proceso de evangelización conquista y colonia de América realizada por los españoles legó a nuestros pueblos. La base de la configuración actancial del Desierto Prodigioso, primera novela americana fue  “la vida religiosa de carácter eremítico” (Cárdenas, 2024). Los ermitaños representan el universo trascendente de una historia social, plasmada en literatura, cuyo referente institucional más importante fue el nacimiento en América de la primera orden religiosa masculina: los Agustinos Recoletos, que nacieron en Colombia y que posteriormente se unirían y serían acogidos en el proceso de la recolección de los agustinos recoletos de España.        Estamos ante un fenómeno histórico, cuyos territorios y paisajes dan cuenta del germen de la novela americana y del papel del territorio en la configuración del ethos religioso de nuestros pueblos, que está presente en la religiosidad popular y las advocaciones religiosas que configuran la geografía de lo sagrado en todo su sincretismo a lo largo y ancho de América (Virgen de Guadalupe-México, Nuestra Señora de la Alta Gracia-República Dominicana- La Española, Virgen de Chiquinquirá-Colombia, Virgen de la Candelaria-varios países de América…(El listado es extenso).

En el caso de los héroes históricos de la novela, cuyas vidas ficticias se encarnó en personajes históricos, el ideal eremítico fue real y se plasmó en la novela, que a nuestro juicio es el personaje central de la obra. Como idea fuerza, dicho ideal, que es recordado en la memoria oral de algunos de los actuales pobladores de Ráquira, transcurridos casi cuatrocientos años después de los sucesos, se canalizó por vocaciones personales que tuvieron eco en nacientes órdenes religiosas como la de los agustinos recoletos que, para el caso de Colombia, hacía 1597 y 1604 se organizó e inspiró en gran medida en torno al carisma de vida de los ermitaños históricos -movimiento contracultural de la época. que vivieron junto al actual monasterio de la Candelaria, que en aquella época arquitectónicamente eran sencillas chozas de paja.  Ya para cuando se inició la construcción del actual convento (1610), caciques y comunidad indígena (actores poco presentes en la novela mencionada) contribuyeron en la construcción del convento, ya sea en aportes en especie o con trabajo.

Hasta acá el corto ejemplo para destacar una relación o ventana de análisis situada desde la categoría de paisaje cultural; existen infinitas posibilidades temáticas si estamos situados desde anclajes de la antropología histórica y desde la categoría de paisaje cultural. Se hace evidente el tema de la memoria y el papel de la historia. Los interesados pueden leer en profundidad la investigación titulada: El “actante” eremítico en la novela “El Desierto Prodigioso y Prodigio del Desierto” de Pedro Solís y Valenzuela como universo trascendente del ethos cultural y religioso en la Nueva Granada en el siglo XVI-XVII (Cárdenas, 2024).

Implicaciones generales sobre el sentido de los paisajes culturales para las universidades

El signo paisaje, además de valores estéticos, contiene dimensiones ambientales y normativas fundamentales para una teoría del desarrollo situada ambientalmente que desborda los propios marcos plurisensoriales de una ecología del paisaje reducida a leer el territorio como expresión biofísica principalmente. Estamos ante una categoría analítica de orden relacional e interdisciplinario que contribuye al afinamiento de nuestros modelos educativos y en el desarrollo de los principios constitucionales plasmados en el Estado Social de Derecho que consagró la Constitución de 1991. Como categoría analítica que se nutre de los avances de la antropología, arqueología, geografía, historia, literatura, filosofía, semiótica, economía, sociología, psicología, geología, agroecología y ecología, su orden epistémico la sitúa en el campo de las ciencias de la hiper-complejidad. El trabajo disciplinar e interdisciplinar mencionado, de realizarse mediante serios programas de investigación situados en el mundo universitario nos permitiría ampliar nuestro campo perceptivo y cognitivo, superando las pedagogías beatas que se vienen imponiendo en los campus universitarios interesados principalmente en el marketing superficial adornado de las baratijas ya mencionadas de las didácticas de Peter Pan.

Estamos ante una poderosa categoría analítica que puede enriquecer la misión y visión universitaria, contribuyendo al afinamiento de los modelos educativos y de aprendizaje experienciales. Es un potente modelo cognoscitivo que tiene marcos relacionales con la teoría de sistemas; dialoga creativa y fecundamente con las teorías del desarrollo, la sostenibilidad y la conservación. Es una categoría que enriquece nuestra conciencia ambiental y le da profundidad a la formación educativa ambiental de constituirse en una dimensión transversal en los planes y programas educativos universitarios. La categoría de paisaje cultural tiene que alimentarse del diálogo disciplinar e interdisciplinar de la antropología, la biosemiótica, historia, la geografía y todas las ciencias del espacio.

Una seria argumentación científica sobre el territorio, la geografía y la cultura tiene que basarse en rigurosos y en profundos anclajes disciplinares de las ciencias mencionadas. Valoraciones y marcos normativos que no tengan en cuenta la dimensión historiográfica disciplinar mencionada,  sencillamente obran de manera irresponsable e ignorante. Todo modelo de interpretación ambiental interesado en desarrollar marcos descriptivos o prescriptivos sobre el desarrollo de una región, lo que se llama desarrollo regional/ordenamiento territorial, tiene que incorporar una sofisticada arquitectura anclada en el campo emergente de las ciencias ambientales, ciencias de la tierra y derivaciones semióticas y biosemióticas sobre el territorio. En ese sentido, toda la obra del biólogo Jakob von Uexküll nos recuerda que la vida en su sentido más amplio, e incluida la acción humana sobre el territorio es configuradora de la realidad y de lo que definimos como ambiente “natural”.

En suma, la categoría de paisaje cultural, como programa de investigación nos puede ayudar a superar la superficialidad de los clichés ambientales que se vienen imponiendo como expresión de la mala ciencia o de procedimientos seudocientíficos en el proceso de comprensión y análisis de nuestros territorios (entendidos como formas de contenido y formas de expresión ), en consecuencia el estudio serio de la realidad de los paisajes culturales, es una de las vías para superar el pensamiento colonialista-subordinado e ideológico que hace parte de nuestro propio discurso social y “científico” y que está en la base de proyectos societarios fallidos, como en los delirios populistas que marcan las erráticas decisiones políticas de nuestros estados-nación, como de las mismas institucionalidades universitarias, que se niegan a dialogar con los avances más potentes de las ciencias sociales y ciencias naturales en su referencia al paradigma ambiental.

Referencias

Cárdenas Támara, F. (2024). El actante eremítico en la novela «El desierto prodigioso y prodigio del desierto» de Pedro Solís y Valenzuela como universo trascendente del ethos cultural y religioso en la Nueva Granada en los siglos XVI-XVII. Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del siglo de Oro. Vol. 12, Num. 12.  https://doi.org/10.13035/H.2024.12.02.11

Cárdenas, Felipe. 2016a. El signo paisaje cultural desde los horizontes de la antropología semiótica. En. Aibr. Revista de Antropología Iberoamericana.  Volumen 11 Número 1, Enero – Abril, pp. 105 – 129. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=5647077

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