¿Habitar u ocupar?: Hábitat universitario y ecología del conocimiento

Ensayo de Juan Carlos Orozco Cruz, profesor de Historia y Filosofía de las Ciencias del Departamento de Física de la Universidad Pedagógica Nacional, sobre las dimensiones sociales y culturales del entorno universitario, a propósito de la manera como el espacio físico de esa institución debe generar un debate sobre el ejercicio intelectual y la responsabilidad social.

Ser hombre quiere decir: ser como mortal sobre la Tierra, quiere decir: habitar.

M. Heidegger

A finales del año 2007 se lanzó el proceso de reflexión institucional con miras a redefinir el proyecto universitario y evaluar el Plan de Desarrollo Institucional de la Universidad Pedagógica Nacional. Esta tarea, que implica repensar la Universidad y prospectar sus horizontes de sentido en consonancia con los retos que imponen los nuevos tiempos y las respuestas que demanda la sociedad colombiana, nos confronta con una mirada crítica frente a lo que somos y hacemos. Más allá de un ejercicio formal en el que se disponen metas y fines, se actualizan propósitos y se determinan medios, es un llamado a interrogar la Universidad en su devenir y a preguntar-se-nos por las subjetividades que la habitan.

Sopesar el pasado, analizar con detenimiento el presente y mirar en perspectiva el porvenir se presentan como acciones necesarias que deberían asumirse con juicio y sin apasionamientos. Más aún cuando un sucedáneo de conmociones ha venido desencadenándose en los últimos años y con todos sus estertores y convulsiones ha venido entretejiendo un panorama plagado de pesimismo, cargado de oscuros presagios, portador de odios no confesados que gritan por todos los confines frustraciones y resentimientos.

Además de reconocer que las tensiones, la crisis y el conflicto son consustanciales a una organización compleja, dinámica e inteligente como la Universidad, es preciso hablar sin ambages sobre una cultura institucional que se muestra aletargada y pareciera debatirse en una especie de ensimismamiento que solo atina a expresarse a propósito de las coyunturas y no siempre de la manera más pertinente.

Mucho se ha escrito y debatido con respecto a la crisis de la universidad moderna. Reconocidos intelectuales se han ocupado del tema en los más variados contextos y desde las más diversas perspectivas. Gobiernos, organismos internacionales y las instituciones universitarias han dedicado ingentes recursos para caracterizar dicha crisis y plantear alternativas de reforma que logren poner en sintonía a la Universidad con los cambiantes escenarios de la cultura contemporánea.

La Universidad Pedagógica no es ajena a esta demanda de actualización. Ella, sin embargo, reviste especificidades que vale la pena explicitar so pena de caer en un ejercicio burocrático y de rutina. En efecto, una mirada autoevaluativa y un ejercicio de prospección derivado de la inercia bien podría terminar por comprometer la viabilidad de la institución como una opción política y cultural pertinente y movilizadora de nuestra sociedad.

Seis ejes de reflexión se propusieron como desencadenantes y articuladores de esta tarea. A través de ellos se buscaba avanzar en una mirada de la institución en sus dimensiones universitaria, pública, nacional y pedagógica. Ellos, en su enunciación, expresan ya una perspectiva y encarnan una concepción respecto a la naturaleza institucional, a sus posibilidades, a las transformaciones que precisa y a las responsabilidades que le competen. Pero, aún reconocidos en su integralidad, no resultan suficientes para situar con rigor y desde una multiplicidad de perspectivas a la educadora de educadores.

Las reflexiones que siguen pretenden aportar otros matices al trabajo propuesto y llamar la atención sobre algunos de los elementos constitutivos de la cultura organizacional que deberían ser objeto de consideración por parte de todos los actores institucionales. Procuraré abordarlas desde una idea generatriz que tiene hondo arraigo en pensadores preocupados, en sus tiempos y bajo sus circunstancias, por las implicaciones complejas que el paradigma científico-técnico impuso a las sociedades modernas. Esta es la idea del habitar.

Al hacerlo no se pretende establecer principios fundantes ni tesis definitivas. Tampoco descalificar concepciones divergentes o invisibilizar realizaciones meritorias. Aportar sí al debate y formular, si es posible, algunas hipótesis que contribuyan a situar-nos con criterio y sin pasiones desmedidas frente a los riesgos que nos rodean. Aportar también a asumir con rigor y sindéresis las responsabilidades que nos son inexcusables y a la definición de los compromisos que no podemos, ni debemos eludir, frente a la educación de los colombianos y colombianas y, en particular, con respecto a la formación de sus educadores.

¿Cómo habitamos?

…el habitar es el rasgo fundamental del ser, conforme al cual son los mortales.

M. Heidegger

En un texto visionario, Martin Heidegger se ocupa en detalle de explorar el significado existencial que comporta para el ser humano su estar en el mundo, su habitar la tierra. ¿Cómo nos conectamos con el hogar donde vivimos? ¿Qué uso hacemos del hogar que nos fue dado? ¿Cómo disponemos del espacio en donde somos y transcurre nuestro tiempo? ¿Cómo construimos y procuramos el cuidado de la casa que nos brinda abrigo? ¿Qué responsabilidad nos implica la empresa que comporta edificar y construir?

Estas son algunas de las cuestiones que se entretejen en el texto referido y que no resultan ajenas a la hora de sopesar las formas mediante las cuales nos hemos venido relacionando con ese espacio que solemos llamar nuestra casa de estudios.

Habitar, para Heidegger, presupone una comunión con la casa que desborda su valor de uso. El hogar no solo nos guarece de la inclemencia de los elementos sino que nos acoge en la intimidad de nuestras vidas y se funde con los sentidos de los cuales impregnamos nuestra existencia. No solo estamos en la casa sino que somos en ella. Con sus estrecheces y sus comodidades, en sus espacios abiertos y en sus escondrijos. En los lugares de encuentro con los otros y en las recónditas buhardillas en donde acogemos nuestras soledades. Somos en el bullicio del patio y en la intimidad de la alcoba.

Con lo hasta aquí dicho ya podemos enunciar algunas de las peculiaridades que se pueden leer en nuestro estar en la Universidad Pedagógica y que reflejan las formas en las que hemos traducido profesores, estudiantes y funcionarios la manera de construir lo público y lo privado. Los sentidos de apropiación de los que hemos impregnado nuestras relaciones con el espacio universitario. Las prácticas de uso que, desde ellos, hemos desplegado sobre sus bienes.

Una primera apreciación se me antoja en relación con este asunto, puesta de manifiesta ya en el título que acompaña estas líneas. Más que habitar nos hemos limitado a ocupar nuestra casa. Más que apropiarnos de sus espacios hemos optado por depredar sus estancias. De una tierra de todos hemos terminado por hacer una parcelación de lugares anodinos. ¿Quién se ocupa, en efecto, de procurar cuidado al lugar que nos resguarda? ¿Cómo velamos por la integridad de los muebles que nos acogen para paliar la fatiga? ¿Cómo aceptar esa extraña idea de lo público que proclama el usufructo individual con el argumento que lo público es de cada quién y que termina por hacer tierra de nadie lo que debería ser bien de todos?

Entrar en detalles puede resultar engorroso. Pero no acudir a algunos de ellos dejaría la sensación de una retórica insulsa. ¿Quién no se ha sorprendido por el estado en que queda la Universidad después de uno de los endémicos tropeles? ¿Quién no expresa en voz baja la incomodidad que siente frente a la suciedad que nos hereda un viernes de rumba? ¿Quién no se preocupa en solitario por la contaminación visual que se apodera de muros y carteleras? ¿Cuántas contradicciones afloran en la empresa privatizadora de espacios y tiempos a los que hemos sometido esta universidad, que llamamos pública, y de la que se ha hecho un mercado persa, una casa de beneficencia, un lugar de paso, un garito de barrio, un barril sin fondo?

Cada pupitre entonces es un expendio, cada pared luego un panfleto, cada resquicio una trinchera, cada currículo un dogma, cada título un argumento para la soberbia. Y, por si fuera poco, la tolerancia un dispositivo que descalifica la crítica y conduce a la negación del otro.

Pero, mal haríamos en limitar nuestras preguntas a referentes materiales. Estas expresan en parte un sesgo de esa ocupación a la que me he referido. Sin embargo, ésta se manifiesta también en las prácticas que acompañan nuestras relaciones con aquella dimensión en la que se funda lo más caro a una institución universitaria. Esto es con respecto al saber.

En sus orígenes, la Universidad se erigía como un lugar que acogía la sabiduría y que, a diferencia de los templos, tomaba distancia del dogma. En ella se procuraba un ambiente propicio al florecimiento de las ideas, al libre juego del pensamiento creador y al contraste de las diferencias. No en vano, las inteligencias hacían de la universidad su casa y desde ella proyectaban sus riesgos, desplegaban su espíritu libertario y apostaban a realidades inéditas.

Innumerables pensadores y acontecimientos dan testimonio de este carácter sustantivo de la institución universitaria en su devenir moderno. Un carácter que, además, desde sus orígenes ha estado siempre en vilo. Pero que, quizá, nunca como antes como ahora está comprometido en sus posibilidades de pervivencia.

Desde el último siglo, ilustres autores han llamado la atención sobre esta amenaza. La burocratización del saber, la instrumentalización del conocimiento, la «profesionalización» de los intelectuales, el funcionalismo del pensamiento, la hiperespecialización a ultranza y la ignorancia ilustrada son algunas de las expresiones con las que se ha descrito dicha amenaza. Confluencia de riesgos que resultan todavía más comprometedores en aquellos contextos en donde, como en el caso colombiano, la institucionalidad universitaria se muestra incipiente y su arraigo social está aún lejos de consolidarse.

Desde su afuera, la Universidad es sometida a constantes presiones y a permanentes cuestionamientos. En el caso de la universidad pública es un hecho el desinterés del Estado por fomentar su desarrollo pleno, así como la exigencia por encuadrarla dentro de un esquema eficientista que desvirtúa sus funciones ancestrales. Desde allí se le exige una gestión emprendedora pero, a la vez, se le limita en su autonomía, se le asfixia con todo tipo de controles burocráticos y, en definitiva, atada de pies y manos se le lanza a competir en la inclemente arena del mercado. Al hacerlo, el ideal moderno de la empresa universitaria se desvirtúa al reducir la Universidad a una mera empresa, al concebirla y valorarla como un simple negocio cuyos réditos se tasan en términos de pérdidas y ganancias.

Por otra parte, desde su adentro es agobiada por intereses y prácticas de grupos e individuos que buscan disponerla en función de sus propósitos particulares y hacen de ella un territorio a ser colonizado y explotado. Asumida como objeto que brinda beneficios, se desencadena una confrontación por su control en la que se pierde la perspectiva de su naturaleza más íntima, de su intrínseco compromiso con el conocimiento, de su sentido de servicio a la sociedad.

Sometida, así, a múltiples tensiones que la disponen como un medio y la intervienen desde un hacer meramente instrumental, la Universidad ha venido extraviando su esencia y perdiendo su horizonte de sentido.

No solamente nuestros recuerdos, sino también nuestros olvidos están “alojados”

G. Bachelard

Un vistazo somero a lo que hacemos nos devela una segunda expresión del tema que me ocupa. Una especie de pretensión de saber ha terminado por desvirtuar el sentido profundo que debería orientar nuestro estar universitario. Como bien puntualiza Edgar Morin en uno de sus textos, nuestras ganancias de conocimiento se han realizado a costa de significativos incrementos de ignorancia.

¿Qué tan pertinente resulta el conocimiento que producimos para la sociedad que nos agencia? ¿Qué tanto hablan nuestros títulos del compromiso social que nos asiste? ¿Qué tanto más sabemos de nosotros mismos a través de las teorías que proclamamos? ¿Qué tanta libertad posibilitamos en ejercicio de nuestra libertad de cátedra? ¿Cuánta claridad acompaña nuestro propósito por descorrer los velos de la ignorancia?

Al respecto son innumerables los ejemplos que ponen de presente un extravío en el que, bueno es decirlo, hemos incurrido los educadores de educadores. Y, bueno es decirlo también, de manera inconciente las más de las veces. Algo así como una ilusión de claridad ha venido nublando nuestra inteligencia.

Seguimos insistiendo en un saber fragmentado. Permanecemos instalados en una condición de autoridad que no da lugar a los disentimientos. Hemos optado por una comodidad complaciente que se resuelve en pequeños feudos de saber y poder que nos proyectan como intocables y, por supuesto, incuestionables. Así, en suma, instalados en la pretensión de saber empezamos a experimentar un anquilosamiento que nos distancia de las demandas que la inteligencia en formación nos reclama.

Una exigencia de obediencia suele enmascararse detrás de la sagrada libertad de cátedra. Una soberbia desmedida suele adosarse a nuestros más elevados títulos académicos. En apariencia, situados en la cima del conocimiento, hemos terminado por renunciar a las búsquedas de la sabiduría. Detrás de los títulos se ha instalado una especie de sociedad académica de castas. Impulsados por los fugaces reconocimientos de farándula se ha caído en un extraño magisterio de estrellatos. Cada vez se hace más evidente que el profesor espectáculo desplaza al maestro sensato. Todo ello comporta su costo: una subjetividad escindida en su autosuficiencia se ocupa ahora de formar a la nueva subjetividad educadora. Paradójicamente la postula integrada y la pretende modélica.

Esa arrogancia ilustrada se expresa de múltiples maneras. Pero quizás dos formas se muestran en particular perversas: la ingratitud y el resentimiento.

En efecto, una incomprensible falta de gratitud, frente a los bienes que nos brinda, se hace manifiesta en muchas de nuestras formas de referirnos a lo que la institución nos ha posibilitado. Convencidos de que todo los que se nos da nos asiste por derecho propio, todo demandamos de la Universidad, poco entregamos a cambio. Reducida a su condición de medio solo exigimos de ella mayores beneficios y dejamos de lado que ella nos precisa también protección y cuidado. ¡Qué más da su deterioro! Que se ocupe el Estado. ¡Qué importa el despilfarro! Al fin y al cabo poco o nada nos cuesta.

De otro lado, si ella, en el generoso despliegue de sus posibilidades, no satisface las muchas demandas que le hacemos, bien pronto increpamos sus limitaciones y la erigimos objeto de reclamos frente a las frustraciones que nos agobian. Un enfermizo resentimiento, entonces, aflora cuando nos referimos a ella y le endilgamos la responsabilidad de nuestras limitaciones y fracasos, de la falta de coraje que inmoviliza nuestras acciones, del temor que nos impide emanciparnos del miedo que nos paraliza frente a la incertidumbre.

Incapaces de hacernos en la Universidad, aún a pesar de ella, la censuramos sin medida y denostamos de ella sin siquiera apercibirnos. Ingratitud y resentimiento se instalan, luego, en el lenguaje a través del que hablamos la Universidad: ella nos limita, impide que nos proyectemos, coarta nuestro expresar-nos, condiciona nuestras acciones. Ya no solo somos a pesar de ella, no somos por su culpa, no seremos porque ella nos lo obstaculiza. Instalados, ingratitud y resentimiento, en muchos de los líderes y dirigentes, la política institucional se lee y se «piensa» con espíritu mezquino y carácter débil. Se prefiere la universidad provinciana, confinada a sus muros, en sus dimensiones de escuela, aislada del mundo, inocente de riesgos, temerosa de búsquedas, aferrada a las seguridades de un pasado que no fue.

Así como existe una ecología de las malas hierbas existe una ecología de las malas ideas.

G. Bateson.

Tercera expresión en este periplo. Nos hemos solazado en un ensimismamiento producto de una falsa autosuficiencia. Nuestro hacer rutinario se reduce muchas veces a entronizar verdades no comprendidas. Un narcisismo intelectual nos impide reconocer al otro en su riqueza, en sus debilidades, en sus búsquedas inciertas.

No deja de constituir un sinsentido que, a sabiendas de que nuestros aprendizajes se produjeron de una manera caótica y en los más inusitados contextos, los maestros insistamos en someter a los nuevos aprendices a un tortuoso y árido camino prescrito, atiborrado a lado y lado de respuestas caducas, programado según el más tedioso recorrido. Investidos como nuevos sacerdotes mesiánicos, nos contentamos con ofrecer a los nuevos iniciados dogma y doctrina. El nuevo saber que duda de las verdades ahistóricas y de los principios absolutos es enseñado como una lección más que habrá de repetirse, hecha currículo o examen.

¿Qué tanto de la experiencia de los otros nos enseña? ¿Cuánto de nuestra vida se recrea en las ansias de saber del recién llegado? ¿Qué deseos estamos dispuestos a explorar en la aventura del conocimiento? ¿Hacia dónde se proyectan nuestros miedos y nuestras certezas? En muchas ocasiones pareciera olvidársenos que no somos solos en el mundo.

Y este estar con los otros no solo nos habla de encontrarnos en los mismos lugares y trasegar por los mismos senderos. Nos remite también a los actos del habla, a compartir un universo simbólico que se construye en colectivo y en el que se entretejen discursos y estéticas, consensos y desavenencias.

Un alto precio hemos venido pagando en este devenir. Connivencia y conformismo campean entre nosotros y resentimientos, muchas veces infundados, permean el discurso y las prácticas universitarias. No se puede eludir hablar de ellos en momentos en los cuales emprendemos la tarea de repensar(nos) la Universidad.

En su conjunto, llaman también la atención sobre una actitud cómplice que ha venido mediando las relaciones entre los distintos actores de la vida institucional. Una actitud que ha terminado sacrificando la autoridad académica y el rigor en el conocimiento, amparada en la fuerza de un confuso racionalismo que se impone de facto: hecho tropel, panfleto difamatorio, bloqueo, calumnia, discurso procaz, oportunismo mesiánico, responsabilidad eludida, negligencia campante, ausencia de rigor, mediocridad compartida.

Tres racionalidades se han instalado en la Universidad, desplazando a su paso la racionalidad académica:

• La racionalidad burocrática ha construido un nicho en la administración institucional imposibilitando las respuestas oportunas que demanda una universidad en crecimiento y sobre la que se ejercen todas las presiones de un contexto dinámico y altamente competitivo. Esto sin dejar de lado las exigencias cada vez más perentorias para aportar respuestas pertinentes a los problemas cruciales de la educación colombiana.

• La racionalidad funcional, por su parte, campea entre un profesorado que se limita a cumplir tareas y a dedicar sus esfuerzos a una producción que se lee en términos de puntos salariales, de intereses individuales y de afanes de protagonismo a la vez que descuida la docencia y se desentiende de sus responsabilidades para con la formación de los nuevos maestros.

• La racionalidad hedonista se ha instalado en muchas de las subjetividades promoviendo experiencias efímeras, desentendidas del conocimiento, prestas a trasegar sin esfuerzo alguno por las aulas y a aceptarlo todo sin criterio, sin postura crítica, sin conectar compromisos, acciones y responsabilidades.

Ubicado cada quien en su razón dominante, se ha perdido de perspectiva el sentido histórico de la institucionalidad, la construcción de propósitos compartidos, la realización de proyectos que los concreten, la obligación de propiciar condiciones para el despliegue de las inteligencias.

Obnubilados por la pretensión de saber se niegan mutuamente y se solazan con los yerros del contrario. Cada quien se sostiene sobre el error del otro, cada uno prefiere oponerse a los intentos de construcción de quien no comparte su punto de vista y, en un absurdo juego de suicidas, prefiere derruir lo poco construido a pensar la posibilidad de una empresa compartida.

Se expresa así una disimetría en nuestra relación con los otros sobre la que llamaba la atención hace casi tres décadas el maestro Estanislao Zuleta en su conferencia magistral, a propósito del Doctorado Honoris Causa en Psicología que le otorgó la Universidad del Valle: En el caso del otro aplicamos el esencialismo, en lo relativo a lo nuestro la circunstancialidad. Frente a las ejecutorias demandamos que la causa propia se juzgue por los propósitos en tanto que exigimos que la adversaria lo sea por sus resultados. Los yerros del otro son la garantía de su incompetencia, los fracasos nuestros son la manifestación de la fatalidad.

En las manifestaciones de esta forma sui generis de proceder, se magnifican crisis y problemas. Como paradoja se desvirtúan las causas y se acrecientan las consecuencias de lo que, en otros contextos, podría resolverse sin mayores contratiempos. Al menor indicio de infección se corta de raíz la mano. Ante la sospecha de una plaga, bienvenida la hoguera, mejor prenderle fuego a la casa. Así las cosas, toda crisis se torna apocalíptica, cada dificultad anuncia una catástrofe, todo obstáculo se erige en una barrera insalvable.

Perverso se muestra, así, este encuentro de racionalidades. No se está dispuesto a ceder un ápice, a conceder al otro un poco de razón o a comprender siquiera la sinrazón que de soslayo leemos en sus acciones, más aún en los propósitos que las animan. Por el contrario, si podemos contribuir a su fracaso que más da que dejemos de lado nuestros mismos proyectos, se trata de hacerle la vida imposible al otro, aún a expensas de nuestra incompetencia.

Que pierdan todos, qué más da. Preferible una victoria pírrica que una derrota digna. No en vano la desazón se generaliza y la mezquindad campea.

Los sentidos del habitar.

Construir y pensar, según sus clases respectivas, son indispensables para el habitar.

M. Heidegger

Habitar es mucho más complejo que ocupar. Creemos estar en el ocupar, somos en el habitar. Nuestra casa es porque la habitamos, no solo porque trasegamos por sus corredores o abrimos sus puertas y ventanas.

Allí está el pestillo, en esa cama reposo, frente a la mesa tomo el alimento y en la sala departo mis dudas, mis certezas, comparto las afugias de cada jornada. Soy en el conversar con los míos, mientras recorro el pasillo no solo me desplazo, también doy vuelo a mis pensamientos.

En uno de sus libros magistrales Gastón Bachelard explora los significados de la cotidianidad habitada. Cada uno de los lugares del hogar se despliega en la convivencia que posibilita. La luz construye el claroscuro venciendo el obstáculo que le representa la hendija. La ventana se abre al mundo y potencia los sueños. El altillo se atiborra de recuerdos y en el sótano se atesoran historias prohibidas.

Cuidamos de los muebles viejos. Desempolvamos las cortinas raídas y disponemos lo mejor de nuestra precariedad para acoger la visita que esperamos. Aquélla que sabemos nutrirá nuestra vida. Aquélla que recibimos con generosidad y despedimos con nostalgia.

Habitar es también convivir. El empeño por construir proyectos compartidos no es, así, ajeno a una política de la convivencia, a una ética del compartir. Una y otra revisten de particulares connotaciones el ámbito universitario en la medida en que, como expresión de su naturaleza emancipadora, la actividad académica nos reclama el ejercicio incesante de la razón dialéctica. En la universidad se debate en tanto se argumenta, pero el argumentar precisa de un esfuerzo de comprensión de las razones del otro, de escuchar con mesura y controvertir con rigor apasionado aunque sin apasionamientos.

No es suficiente para la Universidad, en esta perspectiva, tolerar la diferencia, le es indispensable construirla, traducirla en una serie de acciones afirmativas en las que se pone de presente, además, esa capacidad que se espera tenga la vida universitaria para anticipar en sus prácticas muchas de las transformaciones sociales. No obstante, en nuestro caso, parece verificarse una inversión de los principios que debieran regular las relaciones entre los diferentes.

Aunque admitimos como indispensables la alteridad y el respeto, no siempre nos guiamos por ellos para dirimir los conflictos y resolver inevitables desacuerdos. Por el contrario, y en particular en los últimos tiempos, hemos tenido que apreciar cómo la insidia, la injuria, el rencor y la animadversión son los recursos que median el tratamiento de muchos de nuestros conflictos. La descalificación per se y la negación del otro se anteponen con frecuencia a la interpelación del oponente, a la deconstrucción de sus realizaciones y a la valoración de sus responsabilidades.

¿Cómo enmudecer frente a ese dogmatismo ilustrado que niega al otro y descalifica al diferente, exponiéndolo a la barbarie de manadas sedientas de ideología? ¿Cómo aceptar a los inquisidores que, desde la cumbre del conocimiento, descalifican al distinto, ridiculizan al otro y lo exponen al escarnio público, por el solo hecho de asumirse en su diferencia?.

Amamos también nuestra casa porque ella nos procura abrigo. Porque está en el habitar el proteger. Nuestros temores se desvanecen cuando cruzamos el umbral de la puerta. Al calor del hogar nos restablecemos del frío. Bajo la sombra acogedora del alar soportamos el verano inclemente. Y, como nos acoge y protege, también estamos llamados a cuidar nuestra casa. Usufructuamos todos sus recursos pero olvidamos que ella no puede dispensarlos incesantemente.

El lenguaje es la morada del ser; en su mansión habita el hombre y los pensadores y los poetas son guardianes de la mansión.

M. Heidegger

Y habitar es conversar, dialogar las palabras en un departir con los otros. Habitamos nuestra casa también por el lenguaje. Palabras y silencios llenan sus resquicios de sentidos. El silencio antecede el decir. Pronunciarse precisa del silencio, éste precede la construcción de la palabra, acuna el florecer del pensamiento. El bullicio, por el contrario, acalla la voz, enmudece la palabra. Convocados a la mesa para la cena, no solo esperamos el alimento sino las pausas que acompañan su ingestión, la conversación que acentúa los sabores y acompaña los aromas que circundan los platos.

En el caso de la Universidad se hace más evidente que ella es también habitada por el lenguaje. En la Universidad se lee y se escribe, se conversa y controvierte. Se aprende a interrogar en el preguntar incesante. Los distintos pensamientos se encuentran y se reconocen en el intercambio de ideas.

Cuando habitamos, impregnamos nuestro estar de un sentido positivo. A diferencia del ocupar, en el que somos como objetos situados en un espacio ajeno, el habitar nos emplaza frente a la necesidad de un bien-estar, nos reclama un estar con los otros en el usufructo de un bien común. Por ello nos vemos obligados a repensar concepciones y prácticas en las que usualmente nos involucramos en el uso del hogar que habitamos. Una, en particular se hace merecedora de nuestra atención, en este ejercicio.

Como resultado de una forma de representarnos lo público solemos acudir a la Universidad para que ella nos asista, para que ella nos procure sus limitados recursos y compense en cada uno los vacíos que juzgamos importantes. La Universidad se nos torna así en recurso que apropiamos por derecho y en fuente in-agotable presta a satisfacer un hambre insaciable. Como ocupantes entonces pretendemos extraer de ella lo que de ella nos demanda un ansia de consumo. Ansiosos de saciedad solicitamos de ella asistencia. Pero esta demanda legítima suele tornarse, en la dimensión de lo público, en una exigencia a ultranza que la institucionalidad pretende mitigar con prácticas asistenciales.

No obstante, este asistencialismo no posibilita la constitución de una subjetividad crítica, emprendedora y con voluntad de transformación, dueña de su destino. Muy al contrario, promueve una subjetividad parasitaria, conforme de su condición, renuente a pensar otras realidades, a construir mundos posibles. Una subjetividad que, satisfecha de sí misma, se solaza en sus circunstancias y se encierra en sus precariedades, de hecho se niega a reconocerlas. Cuando lo hace, se limita a justificarlas.

Se olvida que lo que se adquiere sin esfuerzo pronto se desvaloriza, que lo que se otorga sin contraprestaciones termina desvirtuando los valores que animan la entrega, la reciprocidad, la correspondencia, el retorno. Así las cosas, una política de bienestar no puede construirse en el horizonte de la dádiva y del subsidio incondicionado.

Acceder a un servicio es ya disponerse en actitud valorativa, es instalarse en la procura de un bien que se amerita, esto es que no nos corresponde desde siempre. Es, en cierta forma, hacerse consciente de que las necesidades se construyen y no simplemente se sacian. No están allí como vacíos que se deben llenar sino como espacios que se configuran en tanto se habitan y se transforman en el habitarlos.

En este sentido, el bienestar no solo remite a condiciones materiales, a necesidades desprovistas de sentidos o a relaciones ausentes de conflictos. El bienestar no es un estar sin problemas, no es un estado paradisiaco en el que no se sabe de limitaciones, no es una condición ideal en la que toda demanda es saciada.

Implica reconocer en la carencia una condición de movilización, en la necesidad una posibilidad de nuevas búsquedas. Búsquedas que precisan un esfuerzo compartido de realización de alternativas, de construcción de horizontes de sentido consensuados, de negociación de intereses, de mutuas entregas, de un generoso compartir con criterio.

Aquí, de nuevo, se precisa una mirada diferente sobre lo público, un resignificar la idea del bien común. En otras palabras, un desplazamiento de las prácticas canónicas a propósito de lo que es de todos.

El bien-estar no es pues ajeno a la consideración de los valores de uso, al reclamo de una ética del compartir que pasa por un ethos del entregar. Quien recibe, generosamente da. Quien reclama previamente ha experimentado la generosidad del otorgar.

Y otorgar no es posible sin un reconocimiento del otro-más-necesitado, del otro-más-vulnerable, del otro-más-merecedor. Por ello, bien-estar es también emergencia de la otredad, despliegue de la alteridad en virtud de la cual no podemos ser sino en el nos-otros. Se bien-está en el encuentro, en el vivirse ya diferente. Bien-estar es, luego, confrontar en el diálogo y en el silencio ese otro que no soy aún y sin el cual no puedo ser en el tiempo que se despliega, que se bifurca a cada instante, que se reconoce en su historia inacabada.

Sólo si tenemos el poder de habitar, podemos construir.

M. Heidegger

No habitamos por nosotros mismos, no tampoco por nuestro estar aquí. La alcoba estaba desde antes, esperando nuestro cuerpo cansado y presta a proteger la desnudez que nos reclama el lecho. La casa estaba antes ya de edificarla, La construimos porque la ansiábamos y porque ella nos esperaba. No la edificamos simplemente, ella se erigía ya con nuestra necesidad de abrigo.

Oportuna, entonces, la pregunta ¿qué deseos nos asisten este estar aquí en la casa que habitamos?

Allí tendemos la estera pero antes se ha tendido nuestro cuerpo precisado de descanso. Aquí acomodamos la almohada pero hemos reposado antes la cabeza que reclama su sueño. Y la manta nos cobija de antemano porque sabe del frío que nos depara la noche. Este desplegarse más allá del objeto que es propio del habitar nos impulsa a construir nuestra casa. Hoy, cuando todo pareciera comprarse por catálogo, hemos perdido esta dimensión del construir. Por eso, quizás, nos resistimos a entender lo que significa edificar una escuela, erigir un templo, levantar una cerca, allanar un camino.

Construimos allí donde precisamos habitar. Porque habitamos desplegamos nuestra ansia constructora. No de otro modo fabricamos armarios y alacenas. Levantamos paredes y disponemos ventanas. Porque queremos entrar dispensamos el vacío de la puerta. Porque queremos partir aseguramos pestillos o descorremos aldabas. Porque el regreso está siempre en nosotros emplazamos umbrales. Porque deseamos crecer proyectamos ampliar la casa y porque de hecho crecemos construimos nuevas estancias, proyectamos nuevas habitaciones, distribuimos mejor los enseres.

Por ello, el construir deviene problemático, no reduce la arquitectura al diseño, ni el equilibrio a la estructura. Tampoco la posibilidad de edificar se condiciona a lo económico. No levantamos edificios porque nos sobra el dinero. Por el contrario, es por cuanto requerimos nuevas edificaciones que demandamos de otros recursos. En nuestra cotidianidad, de hecho, no atesoramos para comprar una casa más grande, porque demandamos de una morada más amplia forzamos el ahorro, ajustamos los gastos y posponemos inversiones de menor trascendencia.

Puede justificarse el temor que asiste a quienes nunca han emprendido una gran empresa. Lo que no puede admitirse es la mezquindad que se oculta en quienes de antemano presagian un fracaso. Ante los retos que depara el nuevo edificar resulta comprensible la incertidumbre que asiste a quien echó raíces y ha desechado la idea del viaje y la aventura de hacerse caminos como actos insoslayables a la hora de habitar.

No bastan cimientos profundos y muros robustos para asegurar la solidez de la casa. Se requieren también voluntades dispuestas a traspasar sus portales, espíritus deseosos de impregnar con su presencia los vanos y aristas, cuerpos deseosos de acoger las concavidades de la casa.

En este punto es bueno precisar que en el caso de nuestra Universidad su traslado a Valmaría no se sigue de que allí se construya un nuevo complejo de edificaciones. El mero erigir constructor no hace habitable el edificio. Por el contrario, es porque en su devenir la Universidad requiere desplegar su habitar y precisa de nuevos espacios para alojar a los habitantes que en ella se convocan, justamente porque el bien-estar de sus moradores lo demanda, que la construcción de Valmaría se hace necesaria.

¿Quién habita entonces? ¿Un cuerpo pasajero? ¿Una materialidad andante? ¿Un objeto colocado en el estante? No solo eso… Ante todo una mano que realiza la obra. La mano que edifica, el pensamiento que la guía, el deseo que la asiste, la voluntad que se hace merecedora.

La casa que merecemos

…todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa.

G. Bachelard

Transitamos por estos espacios pero no moramos sus estancias. Marcamos lugares, pretendemos apropiarlos pero solo ocupamos su apariencia, depredamos su paisaje, contaminamos sus horizontes. Nuestros cuerpos deambulan pero no caminan. Sin rumbo aparente van de tumbo en tumbo hollando los espacios ocupados sin poder reconocer la morada que quisiéramos. En su atropellado afán ocupante se topan unos con otros pero no se perciben, se agreden a gritos y se susurran insultos.

¿A quién nos debemos como habitantes? ¿A nosotros mismos en nuestra necesidad de habitar? ¿O nos debemos acaso, y también, a quienes nos preceden, a quienes vendrán sobre nuestros pasos, a quienes dejaron su huella?

En un texto iluminador, Félix Guatari despliega una comprensión del habitar que cuestiona los modos usuales de abordar nuestra relación con el hábitat. La construcción utilitaria en la que hemos dispuesto la noción de ecología, las prácticas mediante las cuales asumimos nuestro estar en el mundo y el lugar en el que hemos situado nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza, con esa construcción del mundo material, en tanto recurso que nos hemos apropiado, no solo en su dimensión objetual, sobre todo en su connotación de saber, en sus aristas que nos significan.

En este discurrir de hace ya dos décadas, el filósofo francés nos pone de presente cómo una comprensión de la ecología en este mundo sitiado por los valores, las prácticas, los deseos y las subjetividades de un Capitalismo Mundial Integrado nos precisa acudir a su sentido originario de habitar la casa, nos fuerza de paso a reconocer que no solo habitamos el mundo en su materialidad. Tres ejes al menos se despliegan en este comprender eco-lógico: el medioambiental, el social y el mental. En efecto, el ocupar predador no solo produce la desaparición de especies, sino también de palabras, de frases, de gestos de la solidaridad humana, de modos de ser ancestrales.

Un triple habitar, así pues se nos demanda. Y este triple habitar nos avoca a otras preguntas, a nuevos sentidos, a reinventar lenguajes en nuestra relación con la universidad y en relación con nuestro estar en el espacio universitario. Desde esta perspectiva, resulta claro que el traslado a un nuevo espacio arquitectónico no resuelve por sí solo las demandas del triple habitar en el caso de la Universidad Pedagógica.

¿Qué significa habitar la Universidad? ¿Cómo habitamos la universidad por y para la pedagogía?

La loable decisión de hacer accesible la experiencia formativa en un número cada vez más grande de estudiantes impone retos imprevistos. Más aún cuando se reconocen las crecientes desigualdades culturales y la inequidad que, históricamente, ha caracterizado a nuestra sociedad. Inequidad que no se resuelve proveyendo meros medios materiales.

En el campo de la educación, formar no es solo dar forma es, además, impregnar de sentido la forma que se construye. En el caso de la Universidad Pedagógica esto remite a una constante interrogar la pedagogía: ¿Qué tanto hemos avanzado en el desocultamiento de la esencia de la misma? ¿Qué implicamos cuando declaramos que ella es el saber fundante del magisterio? ¿Qué tanto se resignifican sus sentidos en nuestras prácticas formativas? ¿Cómo se nutre su corpus teórico de las investigaciones que llevamos a cabo?

La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de Cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo

Estanislao Zuleta

Llegados a este punto, en relación con el proyecto educativo o con el plan de desarrollo, no se trata tanto de ultimar los detalles de un documento protocolario cuanto de disponer toda la inteligencia que nos asiste en el compromiso de hacer merecedor de ser habitado el lugar que nos merecemos como casa. Los derroteros del viaje no son por sí mismos el lugar de destino o el punto de llegada. A la manera del deseo nos orientan en la construcción de un camino y nos impulsan a transformar nuestro hábitat.

Retornando a Zuleta bien vale la pena recordar que “nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear”. Una forma que suele evitar las dificultades y procurar el conformismo, la comodidad a ultranza, la ausencia del conflicto en sus diversas manifestaciones. Una forma que nos hace proclives a idealizar los fines y a caer fácilmente en la justificación del terror de los medios que procurarán su conquista. No sobra reiterarlo: no cualquier medio para asegurar tal fin. Los fines nobles no admiten todo medio. Por eso, un proyecto como Valmaría nos exige a la par del despliegue constructor la entereza del hacer edificante.

Sin duda enfrentamos tiempos difíciles. Pero si los afrontamos con pesimismo, bien pronto se tornarán aciagos y sobrevendrá la penuria. Ahora bien, los nuevos tiempos no son nuevos porque hayan dejado tras de sí otros de suyo ya viejos. Lo son porque quienes los encaran se asumen en un devenir renovado. Lo son también porque comportan nuevas dificultades y en su asumirlas se despliega el esfuerzo creativo de quienes tienen un motivo para exponer su entereza.

Lo son para quienes han tenido el coraje de, reconocido el agotamiento de un proyecto, empeñar su esfuerzo y su inteligencia en el emprendimiento de nuevas realizaciones y enfrentan con optimismo y sin vacilaciones la concreción de sus propósitos. Este despliegue de lo inédito se acompaña entonces de una amplitud en la mirada y de un instalarse en un espacio abierto, dispuesto para ser explorado y a cuyos descubrimientos resulta placentero invitar a los recién llegados.

En lo que nos concierne, como parte de su renovado emprender, la Universidad precisa, y debe procurarse, un nuevo espacio habitable. En su empeño renovador, los que son como mortales en la Pedagógica comprenden que el hacer edificante es constitutivo de ese despliegue de lo inédito porque ellos precisan de nuevos alojamientos para sus cuerpos y para sus ideas. Porque han reconocido que el hogar al que estaban acostumbrados les resulta insuficiente: se ha saturado en virtud de los muchos nuevos habitantes y del incesante producir que es consustancial a la actividad que reverbera en la casa habitada.

La casa que nos merecemos estará en correspondencia con la apertura de nuestras mentes. Se hará con la dimensión de nuestros sueños. Puesto en blanco y negro, Valmaría solo será posible en la medida en que nuestro empeño la concrete. En tanto y en cuanto nuestro sueño de un mejor-estar nos lo demande. Siempre y cuando seamos capaces de movilizar nuestras mentes. Lo será en la medida en que nuestro querer generoso nos conmine a ofrecer las mejores condiciones a quienes desde ahora, y a los que viniendo luego, habrán de asumir el compromiso de educar.

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