Carta abierta de la Academia Colombiana de Pedagogía y Educación a los candidatos presidenciales
“Una visión teleológica de la educación nos obliga a superar las existentes instituciones educativas estancadas, inermes y pasivas con organizaciones sinérgicas verdaderamente formativas pertinentes”
Si pensamos la educación como un interés colectivo se exige la coparticipación de todos los actores sociales y la necesidad de ser el Estado el real proveedor de todo lo necesario para que se convierta en un bien público y sea un óptimo servicio público.
Como proyecto político la educación debe ante todo preguntarse ¿Qué hombres y mujeres deseamos y necesitamos formar y para qué tipo de pretendida sociedad?
La educación, partera de la cultura, puede lograr a través de sus procesos de formación que el ideal humano escogido libremente por un pueblo se plasme en cada individuo que conforma la sociedad, haciendo posible el derecho que tiene cada persona a un despliegue óptimo y excelente de sus potencialidades, todo dirigido hacia un bien común.
La educación es el único instrumento capaz de hacer humano al hombre y de colocarlo racionalmente en su momento histórico, permitiéndole el uso pleno del conocimiento y liderando el proceso de convertirlo en un ciudadano ético, libre, autónomo, innovador y creativo, dueño de su destino, digno de su grupo societario y capaz de soñar, desear, amar y trabajar.
Colombia exige humanos pensantes, sensibles y proclives a la verdad, al bien y a la alta estética; ciudadanos respetuosos de la vida y la dignidad de la persona; capaces de conformar familia y de convivir en paz; tolerantes y solidarios, capaces de practicar la justicia y la equidad; buscadores del bienestar para sí y los otros, y amantes de la preservación del medio ambiente. Mujeres y hombres que participen activamente en la construcción de sus proyectos de vida y de la sociedad, y aptos para producir bienes espirituales, culturales y materiales que gratifiquen su existencia y den sentido de identidad nacional y de pertenencia.
Hombres y mujeres que aspiren a vivir en una sociedad en la que el individuo es la principal preocupación del Estado; en la que no sólo se logren satisfacer las necesidades básicas de sus habitantes, sino que sea cada vez más incluyente y equitativa en la prestación de sus servicios y en el goce de sus bienes. Una sociedad democrática y tolerante que promueva la convivencia y la seguridad ciudadana y que re-cree una cultura permanente del bien-ser, bien-hacer y bien-estar. Abierta al mundo y manteniendo relaciones recíprocas con los demás pueblos, basadas éstas en el respeto a la soberanía y la autonomía. Un grupo humano consciente de su ubicación en un mundo globalizado y competitivo y, por ende, claro en la importancia de la formación del talento y capaz de promover el desarrollo de la ciencia, la tecnología y la innovación, en la perspectiva de incrementar el desarrollo económico, social y cultural, con liderazgo y emprendimiento.
¿Y qué sistema educativo y qué clase de educador requiere este tipo de sociedad que pretendemos construir?
Un sistema que haga de la formación integral del ser humano su principal objetivo y esencia de las misiones institucionales, desde la educación de la primera infancia hasta la educación superior de pregrado y postgrado, abarcando tanto la educación formal como la no formal y la informal. Formación integral que no se quede en la consideración y beneficio de la persona sino que involucre permanentemente la responsabilidad y el compromiso del individuo con la sociedad, con su presente y su futuro; formación que no sólo atienda el desarrollo cognitivo, sino que contemple las demás dimensiones y expresiones humanas de afectos, motivaciones, intereses, habilidades y actitudes, incluyendo su sentido de trascendencia; y que además de promover la dimensión científica y transmisión de conocimientos se preocupe por fomentar el humanismo, en especial la formación ética y ciudadana. En últimas, que forme para la vida, lo que incluye la capacidad de superar la adversidad y de aceptar la frustración. Que permita un aprendizaje continuo del nacimiento a la muerte, en un proceso siempre de beneficio para el otro. En fin, un sistema que convierta los niveles educativos en eslabones de una cadena de formación en movimiento que permita salidas con opciones diferentes de calificación y de intervención laboral, de forma, progresiva, por ciclos.
Proponemos una educación que motive y asegure el desarrollo humano, el ocupacional y el profesional. Que promueva de manera coherente competencias antropológicas, ético-morales, axiológicas, espirituales, ciudadanas, académicas, científicas, tecnológicas, laborales, cognitivas, investigativas, de liderazgo y de emprendimiento.
Sólo así podremos educar mentes plenas y ambientes abiertos y sensibles hacia una convivencia productiva y pacífica que nos permita aprender a vivir juntos; todo esto a través de un educador-mediador en espacios dinámicos de formación.
Por lo tanto requerimos un educador que sepa recibir y no expulsar, que conozca a su educando como persona y como ente teórico y así pueda individualizarlo para llevar a cabo su función de humanista-pedagogo, siendo sujeto activo y participativo en la construcción de un proyecto de vida. Un maestro conocedor de la ciencia, disciplina, arte o técnica que enseñe, con dominio en la didáctica particular de los saberes, capaz de escuchar, de empatizar, de dialogar e interactuar con el educando frente al objeto del conocimiento y de acompañarlo en la exploración del mundo, la indagación de la verdad y en la transformación de comprensiones, sentidos y representaciones. Un conductor con un accionar ético que enseñe con el ejemplo y que oriente con la razón y el afecto, que valore los logros y estimule el aprendizaje autónomo y la autorregulación, como estrategias básicas en la formación.
Un maestro con un accionar pedagógico propio en cada población escolar: en la primera infancia, preescolar y la básica con carácter de humanista–pedagogo. En la media y superior, esencial su formación profesional previa en una ciencia, arte, tecnología o disciplina. Capaz, además, de enfrentar diferentes tipos de educación: formal, no formal e informal. Por último, con agilidad para moverse en diferentes contextos: urbano y rural.
Requerimos además de maestros con un adecuado aprovechamiento de las nuevas tecnologías y conocedor de las culturas juveniles y sabedor de las necesidades particulares de las regiones, las localidades y los grupos étnicos. Maestros capaces de competir con el currículo oculto de la perversa cultura consumista y sabios orientadores en el nuevo mundo de la llamada posmodernidad y de la globalización.
Por esto creemos básico emprender una reforma integral y profunda de las Escuelas Normales Superiores y de las Facultades de Educación, encargadas de la formación de maestros, buscando que involucren otros procesos de selección, diferentes estructuras curriculares, de integración, gestión y organización académica, así como exigencias más estrictas para la titulación y el ejercicio profesional. La puesta en marcha de la educación como un proyecto político tendría aquí su punto de partida: la formación de formadores.
Colombia demanda una educación asumida como política de Estado que garantice la calidad de los procesos educativos y su cobertura, partiendo de una legislación pertinente y científica, la asignación adecuada de recursos y la supervisión activa de las instituciones públicas y privadas que cumplen funciones educativas.
La educación debe ejercer un papel crucial en el reconocimiento y el aporte a la solución de problemas, tan críticos, para el desarrollo del país como la inequidad, la que se profundiza cada vez más desde la escuela al perpetuarse una sociedad escindida según la oportunidad de acceso a la educación oficial o privada; el de la pobreza, la violencia generalizada, la falla en la protección de los derechos humanos y especialmente los de la niñez; en el cáncer de la corrupción, en particular de los entes gubernamentales; y por último, en la formación ciudadana y el ingreso a la globalización.
Para asumir este papel es de vital importancia, la construcción y el desarrollo de una visión homogénea de la educación entendida como “paideia”, en la que deben participar activamente todos los agentes educativos. Sólo así podríamos convertirla en una prioritaria Política de Estado y no en una política del Gobierno de turno, como hasta la fecha ha ocurrido. La educación debe ser apoyada en su administración gubernamental, por entidades académicas especializadas que contribuyan científica y humanísticamente a su implementación como Política de Estado, dirigida por una entidad con poder real para ello.
“Sociedad que no sueña con la educación y la escuela que quiere, termina remendando y perpetuando la educación y la escuela que tiene”
Académicos Graciela Amaya de Ochoa, Néstor Bravo, Francisco Cajiao, Rafael Campo, Guillermo Carvajal, Miguel De Zubiría, Andrés Gaitán, Giovanni Iafrancesco, Nelson Ernesto López, Germán Pilonieta, Carlos Eduardo Vasco.
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