Sept/26 En su red de Linkedin, la rectora de la Universidad de Los Andes, Raquel Bernal, advierte que Colombia desprecia la formación técnica, pese a necesitarla; urge dignificarla, ampliarla y reconocerla como camino legítimo y valioso.
Hay una palabra que en Colombia decimos como consuelo
Técnico.
“Se fue a estudiar algo técnico.”
“Por ahora está haciendo un técnico.”
“No le alcanzó para la universidad, entonces hizo un técnico.”
Casi siempre viene acompañada de un por ahora. Casi siempre suena a plan B, a paso intermedio, a algo que se hace mientras llega lo verdadero.
En esa frase pequeña, que decimos sin pensarla, está uno de los problemas estructurales más serios que tiene este país.
Porque Colombia forma su talento al revés de como lo necesita.
Hoy, la oferta de educación superior del país es 70% profesional y 30% técnica y tecnológica.
Pero la estructura ocupacional colombiana es exactamente la inversa: cerca del 30% corresponde a ocupaciones gerenciales y de decisión compleja, y el 70% restante a ocupaciones operativas.
Formamos setenta para treinta puestos. Y treinta para setenta.
Fedesarrollo lo documentó con una imagen difícil de olvidar: la pirámide ocupacional de Colombia está invertida frente a la pirámide educativa. El país necesita más técnicos y tecnólogos de los que forma. Y menos universitarios de los que produce.
No es que sobren profesionales. Es que faltan caminos.
Mientras tanto, cerca de dos tercios de los empresarios colombianos dicen que no encuentran el talento con las competencias que necesitan. Tenemos, al mismo tiempo, jóvenes sin oportunidades y empresas sin talento. Y entre esos dos hechos que deberían resolverse mutuamente, hay un abismo que llevamos décadas sin cruzar.
Ese abismo no es principalmente económico. Ni siquiera es principalmente educativo.
Es cultural.
Decidimos, como sociedad, que la formación técnica y tecnológica era para quien no llegó. Que el título profesional era la única señal legítima de valor. Y esa decisión — que nadie tomó formalmente, que no está escrita en ninguna ley — condena a millones de jóvenes a elegir entre una carrera que no les corresponde y ningún camino en absoluto.
Aquí tengo que decir algo incómodo desde donde estoy.
Yo dirijo una universidad que ocupa la cima exacta de esa pirámide de prestigio. Los Andes es, para muchas familias colombianas, el destino final de una aspiración que empezó generaciones atrás. Sé lo que significa ese logro y no lo minimizo: para muchos de nuestros estudiantes, llegar aquí cambió la historia de su familia.
Pero precisamente por eso creo que nos corresponde decirlo.
Una universidad que solo defiende el valor del camino que ella misma ofrece no está defendiendo la educación. Está defendiendo su lugar.
Y el país no necesita que defendamos nuestro lugar. Necesita que ampliemos el mapa.
Porque un joven que hoy se forma como técnico o tecnólogo en desarrollo de software, en redes, en administración de servidores, no está haciendo un plan B. Está entrando a un mercado que lo está buscando activamente, con salarios competitivos, con demanda real, con posibilidad de seguir aprendiendo toda la vida.
El problema no es que ese camino no exista.
El problema es que lo tratamos como si fuera menos.
Hace poco más de un año, en Los Andes decidimos hacer algo al respecto junto con Colsubsidio. Se llama TecAlianza, y es una institución de educación posmedia con personería propia, construida sobre una idea simple: que la formación técnica y tecnológica de altísima calidad no debería ser una excepción en Colombia, sino una posibilidad real y respetada.
El modelo empezó con seis programas en tecnologías de la información, diseñados directamente con empresas que necesitan ese talento — Teleperformance, BBVA, GlobalHitss, Heinsohn, entre otras. La lógica es que la formación se construya con quien va a contratar, no de espaldas a él.
Pero lo que más me importa del modelo no es eso.
Es que sea apilable.
Que una persona pueda hacer un curso de cuatro meses, empezar a trabajar, ganar experiencia, volver, sumar otra competencia, y que todo eso se acumule — hasta poder llegar, si quiere, a un técnico laboral, a un tecnólogo, a una especialización tecnológica. Como piezas que encajan.
Porque la vida real de la mayoría de los colombianos no permite dedicar cinco años continuos a estudiar. Y un sistema educativo que solo funciona para quien puede hacer eso no es un sistema educativo nacional. Es un sistema para algunos.
También me importa que TecAlianza tenga formación sociohumanística. Que no sea solo entrenamiento para una tarea.
Porque quien se forma como técnico o tecnólogo también tiene derecho a que le enseñen a pensar, a ubicarse en el mundo, a entender el sentido de lo que hace. Eso no es un lujo reservado a quien puede pagar una carrera profesional de cinco años. Es lo que distingue formar personas de producir mano de obra calificada.
Sé que este proyecto va a tomar años en demostrar lo que puede hacer. Las cosas que valen la pena en educación siempre toman años. Los Andes lleva dos décadas acompañando iniciativas parecidas, y hemos aprendido que el impacto real no se mide en el anuncio sino en la generación que sale del otro lado.
Pero mientras tanto, hay algo que sí podemos cambiar más rápido que un sistema.
La forma en que hablamos.
La próxima vez que alguien diga que su hijo, su sobrina, su empleado “por ahora está haciendo un técnico”, podemos escuchar ese por ahora y notar todo lo que carga: la disculpa, la jerarquía, la idea de que ese camino es una espera y no un destino.
Un país no decide su futuro solamente con lo que enseña.
Lo decide con lo que respeta.
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