Mayo de 2007 / Jorge Yarce
Desde la Revolución en Marcha, de Alfonso López, en 1934, se habla de cambios y de hacer una revolución educativa y sus resultados no se ven por ninguna parte. Los planes de desarrollo que los gobiernos presentan al Congreso de turno hablan de las metas educativas y del presupuesto que van a dedicar a la educación y, gobierno tras gobierno, esos planes de desarrollo se quedan a mitad de camino o en letra muerta de la cual nadie da cuenta.
Siempre estamos comenzando. Cada cuatro años el nuevo gobierno se siente inspirado y con la convicción profunda de que le ha llegado, por fin, la hora a la educación. Desde las campañas presidenciales se nota cómo se juega con la pieza de la educación en el ajedrez electoral para manejarla como si se tratara de una torre decisiva para ganar el juego. No hay tal. De las palabras a los hechos posteriores hay un abismo.
Lo que un gobierno hace 30 ó 40 años descentralizó llega otro que vuelve a centralizarlo para controlarlo mejor. Como ocurrió con el ICFES, reducido ahora a la mínima expresión para devolver sus funciones a la burocracia ministerial de corte napoleónico que rige la administración pública. Y al otro lado de la barrera están los educadores, con buena voluntad pero siempre dependiendo de las políticas oficiales y de un diálogo que nunca se da de verdad. Arrutinados, cansados y haciendo el quite a las reformas cuando van en sentido contrario a sus intereses laborales o económicos.
La expresión “revolución educativa” está desprestigiada de tanto usarse, por quedarse en transformaciones legales y de forma, no de fondo. Lo cual vale tanto para el gobierno como para las universidades mismas que entre sí no se ponen de acuerdo para una acción conjunta que en cierto modo les permita empezar la “revolución” desde dentro. Las actitud de los gobiernos es la de no rajar ni prestar el hacha. Todos llegan a hacer la revolución educativa y cuando se van lo único que han hecho es revolver la educación, cambiar la estructura del respectivo ministerio, modificar las normas legales, exigir nuevos requisitos, hablar una vez más de la calidad…y al fin de cuentas siguen “los mismos con las mismas”.
Por: Jorge Yarce
Presidente Instituto Latinoamericano de Liderazgo
![]()