Vigencia de las Universidades de garaje

Marzo de 2007 / Jorge Yarce
Alguien utilizó ese término (Universidades de garaje) para bautizar cruelmente la caricatura de universidad que ha proliferado entre nosotros, porque físicamente se ha tratado de eso: alquilar una vieja casa, reclutar unos cuantos profesores de cátedra y obtener una licencia de funcionamiento colocada estratégicamente en un lugar visible, a veces el mismísimo garaje donde opera una de las aulas.

Así hasta llegar a casi más de tres centenares de instituciones de educación superior “debidamente” aprobadas. No todas, claro está, merecen ese apelativo y no todas nacieron así. Las hay de siglos o de varias décadas, y las hay cargadas de méritos.

En Colombia lo importante es tener la aprobación para poder poner el respectivo decreto o resolución en la fachada y en la papelería. Eso ofrece seguridad a los estudiantes y a los padres de familia y da legalidad al negocio. La mentalidad controladora del Gobierno queda satisfecha con el cumplimiento de unos requisitos mínimos.

Pero siempre hay manera de dorar la píldora cuando se trata de atender las exigencias de la “suprema” inspección y vigilancia que la Constitución reserva al Estado. No quiere decir esto que todo el mundo se pase por la faja los requisitos legales o que sea inoperante la vigilancia oficial, sino de que haya una cierta complicidad pasiva de parte y parte.

 

¿Será tan buen negocio la educación superior que se ha dado esta proliferación de universidades? Parece ser. La verdadera vocación académica se refleja en acciones de compromiso social, investigación avanzada, reconocimiento docente y labores de extensión… y eso no es lo que, precisamente, caracteriza a nuestro sistema.

 

Mientras unos, parece, le apuntan al negocio, otros se dan cuenta de que para conseguir una auténtica universidad tendrían que dejar de ganar dinero e invertir parte de los rendimientos en una mejora de la calidad y eso ya es demasiado. A pesar de que, por ley, las instituciones deben ser sin ánimo de lucro, éste parece imponerse. Eso es como el apetito de poder: una vez que se comienza, siempre se quiere tener más.

 

Nos hemos acostumbrado a la realidad de las universidades de garaje, que subsisten porque siempre hay una clientela menesterosa de un “cartón” que le introduzca en la vida profesional y social, y porque siempre hay profesores dispuestos a dar clases por unos pesos, a ser explotados.

 

Las universidades de garaje producen profesionales de garaje y cuentan con “taxi-profesores” que van dando clases de un lugar a otro para sumar honorarios, que en la práctica no tienen físico tiempo para preparar bien sus clases, dando paso a la mediocridad en la enseñanza.

 

¿Cuánto tiempo más estaremos hablando de esto?

Por: Jorge Yarce
Presidente Instituto Latinoamericano de Liderazgo


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