Sept/26 Restrepo, rectora de EAFIT; presenta, en su blog, Diez ideas sobre aprender, imaginar y formar criterio en un tiempo de nuevas posibilidades.
La inteligencia artificial está poniendo a prueba muchas de nuestras prácticas educativas. Quizás su efecto más profundo sea obligarnos a volver a una pregunta anterior a la tecnología. ¿Para qué educamos?
En agosto de 2026, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) publicó el informe final de su Comité Ad Hoc sobre el uso de la IA en la enseñanza, el aprendizaje y la formación en investigación , creado para estudiar cómo la inteligencia artificial está transformando la enseñanza, el aprendizaje y la formación en investigación.
Lo interesante es que el ejercicio terminó desbordando la pregunta por la inteligencia artificial. El propio comité reconoce que, al avanzar en su trabajo, se encontró frente a interrogantes mucho más profundos sobre la estructura, el sentido y el valor de la educación superior. El informe señala cambios en las maneras de aprender, relacionarnos, evaluar y construir dominio sobre lo aprendido, y pone especial atención en el rigor, la colaboración, la integridad y esa fricción necesaria que implica aprender.
Por eso me interesó especialmente. Muchas de las preguntas que atraviesan el reporte son también las que hoy nos estamos haciendo las universidades. ¿Qué vale la pena aprender cuando una máquina puede producir respuestas cada vez más sofisticadas? ¿Qué capacidades necesitamos cultivar? ¿Qué experiencias siguen siendo esenciales para aprender? ¿Qué lugar ocupan la presencia, los otros, la dificultad, el criterio? ¿Y qué tendremos que transformar para que la universidad siga siendo una experiencia profundamente formativa?
Son preguntas que se encuentran también con mis propias búsquedas alrededor de lo que he llamado una educación imaginativa y con una convicción fundamental para una universidad de ciencia e innovación. La ciencia y la innovación son profundamente humanistas. La ciencia nace de nuestra curiosidad, de la capacidad de hacernos preguntas y del deseo de comprender. La innovación necesita imaginación para crear lo que todavía no existe y criterio para preguntarnos para qué, para quién y con qué consecuencias. La tecnología es también expresión de nuestra capacidad de transformar el mundo.
La inteligencia artificial hace más visible esa relación y nos enfrenta a una nueva fricción entre lo que ahora podemos hacer y lo que vale la pena hacer; entre las respuestas que una máquina puede ofrecernos y las preguntas que necesitamos aprender a formular; entre la facilidad de delegar y la experiencia, a veces difícil, de aprender por nosotros mismos.
Desde ahí les comparto diez ideas que me deja el reporte:
1. Desarrollar el máximo potencial de aprendizaje
Educar es desarrollar el máximo potencial de aprendizaje de cada persona y su capacidad de seguir aprendiendo a lo largo de la vida.
El reporte invita a precisar qué queremos que una persona sepa, sea capaz de hacer y aprender a valorar, y desde allí pensar en el lugar de la tecnología.
2. Formar a la persona
El informe hace una afirmación que me parece fundamental. El resultado más importante de la educación es la persona que se forma, su crecimiento, su madurez intelectual, su imaginación y su juicio.
En un mundo de respuestas cada vez más disponibles, crece el valor de formar a quien pregunta, interpreta, imagina y decide. No el resultado sino el proceso.
3. Cuidar la fricción que produce aprendizaje.
Aprender implica intentar, equivocarse, sostener una pregunta, volver a empezar y finalmente comprender. El MIT habla de lucha productiva , esa lucha productiva necesaria para alcanzar comprensión y dominio.
La inteligencia artificial nos permite distinguir mejor entre las dificultades que podemos resolver y aquellas que cumplen una función formativa. Hay una fricción que necesitamos cuidar porque allí ocurre el aprendizaje.
4. Expandir lo que somos capaces de hacer
El informe propone el aumento sobre la automatización . La inteligencia artificial abre posibilidades para abordar problemas antes inaccesibles y llevar nuestras ideas más lejos, manteniendo la agencia de quien aprende.
La IA adquiere valor educativo cuando amplía el campo de lo posible para quien aprende.
5. Dar un nuevo valor a la presencia
El reporte registra menor participación en espacios de consulta y grupos de estudio a medida que los estudiantes encuentran respuestas y acompañamiento en herramientas de inteligencia artificial.
Esto vuelve más exigente la experiencia presencial. ¿Qué tiene que ocurrir cuando estamos juntos para que estar juntos valga la pena?
Conversar, experimentar, debatir, crear, escuchar. La presencia tiene que convertirse cada vez más en experiencia.
6. Hacer de la universidad una comunidad de aprendizaje
La formación universitaria ocurre también en las relaciones, los hábitos compartidos y la experiencia de pertenecer a una comunidad intelectual. El reporte destaca esta dimensión social de la educación y su papel en la formación.
Aprender en la universidad es también aprender a pensar, construir y actuar con otros. Madurar juntos
7. Elevar el desafío
La inteligencia artificial permite abordar problemas más complejos, emprender proyectos más ambiciosos y experimentar de maneras que antes resultaban difíciles dentro de un curso.
Aquí aparece una enorme oportunidad para la educación. Que una herramienta nos permita hacer algo más fácilmente debería permitirnos llevar el desafío más lejos.
8. Hacer visible el aprendizaje
Las nuevas capacidades de la IA se vuelven insuficientes. Mire únicamente el producto final para comprender qué aprendió una persona. El reporte explora evaluaciones orales, portafolios, conversaciones sobre los trabajos y experiencias basadas en proyectos.
Evaluar será hacer visible el recorrido, cómo alguien comprende, argumenta, toma decisiones, corrige y da cuenta de lo aprendido.
9. Formato criterio
La inteligencia artificial amplía de manera extraordinaria nuestra capacidad de actuar. Precisamente por eso cobra mayor importancia aprender a decidir cuándo utilizarla, qué confiarle, qué verificar y qué consecuencias considerar.
El reporte pone en el centro la agencia, el juicio y la integridad.
La tecnología amplía lo posible. El criterio orienta lo que hacemos con esa posibilidad.
10. Transformar la universidad
El informe plantea la necesidad de experimentar, revisar las experiencias de aprendizaje, las formas de evaluación y los currículos, y desarrollar capacidad institucional para aprender mientras la tecnología evoluciona.
Aquí convergen las nueve reflexiones anteriores. La inteligencia artificial nos reta a preguntarnos sobre qué universidad queremos crear ahora.
Preservar aquello que hace valioso la experiencia universitaria requerida, como señala el informe, transformarla deliberadamente.
Y volví entonces a una pregunta que me acompañó durante toda la lectura.
Si la inteligencia artificial puede hacer cada vez más de aquello que durante décadas les hemos pedido hacer a nuestros estudiantes, ¿qué experiencias deben vivir en la universidad que queremos que sean profundamente suyas?
Pienso en descubrir una pregunta propia. Experimentar el asombro. Crear algo que antes no existía. Sosten la incertidumbre. Conversar con alguien que piensa distinto. Equivocarse y volver a intentar. Aprender a juzgar. Hacerse responsable de una decisión. Reconocer al otro. Encontrar un propósito.
Quizás allí esté una parte importante de la educación que viene.
Y allí encuentro también el desafío para las universidades de ciencia e innovación. ¿Cómo abrazamos esta nueva fricción?
La ciencia nace de una pregunta humana. La innovación, de nuestra capacidad de imaginar posibilidades y convertirlas en realidad. La tecnología amplía las fronteras de lo posible. Ciencia, innovación y humanismo pertenecen a una misma búsqueda humana para comprender y transformar el mundo.
Nuestra tarea como universidades será formar personas capaces de habitar esas nuevas posibilidades con imaginación y criterio, y de preguntarse qué vale la pena hacer, para qué y con otros .
Tal vez eso sea, precisamente, abrazar este tiempo.
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