Dic/24 Como un ejercicio del intelecto, la creatividad y la curiosidad, Forero pidió al Chat GPT re-escribir su columna “Poner a tono el sistema de acreditación, oportunidad de autorregulación (Parte II): Carlos Hernando Forero”, y he aquí su curioso resultados:
ACCIONES PARA LA PUESTA A TONO DE NUESTRO SISTEMA DE ACREDITACIÓN
Carlos Hernando Forero Robayo y Chat GPT
Solicité ayuda para que una de mis columnas publicadas, incorporara el estilo del nobel Gabriel Garcia Marqués. Comparto el resultado.
En los días tumultuosos donde el sol parecía más brillante pero el peso de las instituciones aún más denso, las universidades y el Consejo Nacional de Acreditación comenzaron a gestar una transformación. Era una empresa titánica, una melodía que resonaba en los pasillos del conocimiento y que, con sus notas polifónicas, aspiraba a desafiar las fronteras de la evaluación tradicional.
El viento de las ideas, siempre inquieto, traía consigo ecos de investigaciones, como aquella de Acevedo y otros, una joya de la Revista Educación Superior y Sociedad del Iesalc/Unesco. Allí se desplegaba una complejidad indescifrable, una noción polisémica y multifuncional de la calidad educativa que latía en el corazón de un debate global. Desde esta América Latina, desbordante de vida pero escasa en investigaciones científicas sobre el tema, se abría un sendero cargado de incertidumbres y potencialidades.
Había que mirar atrás, a los momentos de génesis donde las grandes ideas se habían pronunciado como oráculos. La I Conferencia Mundial de Educación Superior de la UNESCO, allá en 1998, nos legó las palabras de Gibbons, un sabio que hablaba de ciencias con modos y números. El Modo 1, con su solemne tradición académica; el Modo 2, surgido como un hijo rebelde que exigía evaluación por pares y “stakeholders”; y más recientemente, el Modo 3, un himno a la complejidad y al medio ambiente, donde actores diversos componían una sinfonía de saberes.
Etzkowitz, mucho antes, en un rincón de 1966, había susurrado el concepto de la triple hélice, que resonaba como un juego entre Estado, empresas y academia. Sin embargo, como toda buena idea en un mundo en movimiento, creció hasta convertirse en una quíntuple hélice, con la sociedad y el medio ambiente como nuevos ejes que giraban en torno a una economía circular y una ciencia posnormal.
El sistema educativo superior enfrentaba desafíos monumentales, con estructuras que parecían baluartes de otro tiempo. Las instituciones de educación superior, pequeñas islas que navegaban mares de incertidumbre, debían unirse en grandes archipiélagos, capaces de abordar las realidades sociales con vigor y unidad. La pregunta flotaba en el aire: ¿hasta qué punto la acreditación debía fomentar esta asociatividad, ese abrazo colectivo?
En las oficinas del CNA, un lugar impregnado de esperanzas y papeles que parecían respirar historia, se comprendía la necesidad de nuevos vientos. Comisiones de pares evaluadores con una visión más amplia emergían, como un coro que incluía académicos, expertos financieros, y exrectores que traían consigo el peso de la experiencia. Pero las ideas no se detenían allí. Tal vez el futuro pertenezca a figuras como los “auditores académicos” o expertos en gobernanza universitaria, quienes podrían dar nueva vida al modelo.
Y luego estaban los datos, ese nuevo oro del siglo XXI, brillando en montañas de información archivada. Alguna vez, en los albores del CNA, un grupo de investigación liderado por la inolvidable Nohora Pabón había destilado conocimiento de esos registros con la paciencia de un alquimista. Era una práctica sencilla y poderosa, como un río que fertiliza la tierra a su paso, pero que con el tiempo dejó de fluir.
La posibilidad de redescubrir esos métodos estaba latente. Quizás algoritmos podrían ahora encontrar patrones ocultos, y grupos interinstitucionales, bajo reglas claras como el cristal, iluminarían nuevas sendas para un sistema más afinado. ¿Por qué no explorar los planes de mejora, con su promesa de transformación, o las decisiones institucionales que dan forma a la vida universitaria? Era necesario mirar más allá, conocer el ánimo de las comunidades, los sueños de los estudiantes y la pasión dormida de los docentes.
El CNA y las IES, juntos, podrían abrir una conversación más profunda, como un susurro que se convierte en clamor. La puesta a tono del sistema no era solo un desafío, sino una posibilidad, una promesa. Y quizás, en este renacer, un “Estado promotor” miraría con ojos benevolentes y extendería su mano para guiar el camino. Adelante, decían las voces. Adelante.
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