Felipe Cárdenas- Támara, Director del Observatorio-Red Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente, cuestiona la forma como el modelo educativo de competencias responde a una lógica más economicista que formativa.
Si se acepta que el modelo educativo de competencias asumido en Colombia en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez desde el año 2002 y promocionado con fuerza bajo la tutela de su ministra de Educación María Cecilia Vélez White es finalmente economicista; si somos coherentes y pragmáticos, como también honestos y transparentes, entonces en coherencia con dicho modelo cuyo trasfondo, repetimos, es básicamente economicista, debería plantearse la formación en todos los niveles educativos de Colombia de la educación financiera y económica del ciudadano-súbdito. Revisando los documentos del MEN de los últimos 20 años, sorprende el lugar precario que tiene la educación financiera, cuando en el fondo el modelo tiene básicamente, una orientación hacia los valores de la producción. Así, el economicismo es el ácido nucleico o ADN del motor de los tiempos que vivimos. El humanismo es simplemente una caratula o supervivencia con la cual se quiere disimular la ideología dominante del aparato repotenciado del modo de producción del capitalismo salvaje en sus mutaciones contemporáneas.
Es curioso que un modelo cuya racionalidad en lo más profundo de su esencia y naturaleza es de corte neoliberal, carezca de manera explicita de una referencia concreta a la necesaria formación financiera por parte del estudiantado y el alumnado colombiano en todos los niveles. Esta carencia se torna más problemática si se aceptan los postulados de la globalización mundial y de su agenda globalista. La razón del mundo, en la expresión de los discursos dominantes, más allá de los decorados y del mimetismo que expresa la ley 115 de Educación Nacional, con su bellas referencias a la hoy lejana autonomía educativa y nuestra propia Constitución Política en sus precisas reorientaciones que se suponían que marcaban el paso de un Estado de derecho hacia un Estado social de derecho. Esos postulados ya no existen y no nos digamos más mentiras, lo que hoy se expresa, son unos mandatos educativos que se diseñan en función de las agendas educativas e ideológicas que se diseñan y ejecutan en los Estados Unidos y en Europa. Es decir, vivimos una gran contradicción de sentidos educativos, dada la imposición política que generalmente han impulsado desde el manejo del Estado, los gobiernos de turno, que en el fondo demuestran su incapacidad para reconocer las fuerzas y las tradiciones educativas que están expresadas en la herencia intelectual que por ejemplo se puede detectar en el sin número de valiosas opiniones y estudios que todos los meses y desde hace años recoge el Observatorio de la Universidad Colombiana.
La gran contradicción y paradoja, es la constatación que, tanto en Europa, como en América Latina, y en mundo, cuando se trata de la gestión pública, y de esta en el campo educativo, lo que prima es la racionalidad del neoliberalismo en su aproximación a la gestión de lo público. Pareciera que, de esta racionalidad, no se pueden escapar ni los gobiernos de derecha ni de izquierda. Todos terminan, cuando se refieren al manejo del subsistema de la educación, asumiendo un globalismo que es incapaz de reconocer de manera concreta el campo de las diferencias sociales y culturales en el plano de la realidad social. Hay una suerte de miedo y de incapacidad por parte de nosotros, para no culpar a nadie, en la construcción, diseño e implementación de agendas educativas que de manera creativa reflejen la idiosincrasia de nuestros pueblos y del alma de la nación de nuestra sociedad.
La producción de seres humanos en la industria académica contemporánea parece que es incapaz de trascender modelos burocráticos de carácter estatista que resuelven la gestión de lo público por la vía de un «Estado fuerte», que no es tan imparcial, y que desconoce (o se funde con ellos) la riqueza de los intereses privados, gremiales y sectoriales a la hora de interactuar con la llamada sociedad civil en el marco del respeto a la autonomía, y a la propia autonomía de reglas del juego de la competencia liberal.
Para todos los países que han asumido el enfoque educativo basado en competencias, lo que la dirigencia política y educativa no puede olvidar, ya sea de izquierda, centro o derecha, es que dicha concepción de la educación es básicamente la expresión de la lógica neoliberal en su visión de la educación. Así es que, si somos coherentes, lo que el sistema en el fondo nos está pidiendo es que se asuma como realidad de la instrucción y de la pedagogía un modelo fundamentalmente capitalista. Y en ese modelo, más allá de todas las verdades y bendiciones de la economía de mercado, tiene poca cabida una educación humanista, basada en el despliegue del arte, el despliegue noético y espiritual del ser humano.
Entonces no más mentiras y engaños: borremos de una vez por todas, toda referencia al humanismo y dejemos de engañar tanto estudiante de filosofía, artes, humanismo y ciencias sociales. Lo que tenemos como tarea es la de asumir un criterio formativo más que educativo en la producción de seres humanos en la industria académica. Nos vendrían mejor: -cursos de economía financiera, cooperativismo, economía solidaria, manejo de contabilidad-, a quimeras humanas que funcionan como máscaras, maquillando la producción de individuos que se producen en serie, que marchan al unísono de las consignas dominantes de la tropa. Individuos unívocos. Afines a todos los alineamientos que fija el dios-Estado en su omnipotencia aparentemente eficaz. Más allá del andamiaje de palabras, en la voz de los burócratas de turno, la lógica de la producción de seres humanos en la industria académica pareciera que responde a la inserción de cuerpos como masa, simples sujetos de la servidumbre estatal. Ese es en el fondo, la lógica del orden neoliberal, cuya sustancia es el solvente con el cual se viene formando a la ciudadanía del siglo XXI.
El axioma es maximizar la utilidad de la población, debilitando todas las fuerzas y poderes que, por ejemplo, desde la tradición cultural de nuestros pueblos se opongan a los mandatos de la servidumbre estatal y globalista en sus diversos modelos políticos: toda defensa de la familia, la vida, la tradición cultural de lo sagrado se convierte en un obstáculo para el adoctrinamiento de las novedosas doctrinas que se copian; los valores y principios que movieron la identidad cultural de nuestros pueblos deben ser censurados o aniquilados desde el progresismo dominante. La mundialización nos exige adaptación, y -como dicen ciertos relatos míticos-, vender nuestra primogenitura por un plato de lentejas, olvidando los sentidos fundacionales de todo trazo de orden logomitico en el juego de la lógica dominante, y desde sus re-calentamientos mundiales orientados a lavarle el cerebro a los organismos masas.
Llama la atención la poca fuerza receptiva que tiene el Estado en su capacidad de leer la dinámicas creativas de miles de maestros y maestras que todos los días intentan generar pedagogías creativas en sus planteles educativos, pero que tienen que luchar a diario con criterios de servidumbre bajo los mandatos que impone el Ministerio de Educación mediante llamados estándares de calidad, es decir, parámetros de rendimiento y eficacia, cuyo efecto es consumir el poco tiempo creativo y reflexivo que pueden llegar a tener los maestros en Colombia.
Las “valientes” reformas educativas, que se experimentan, desde la genialidad del Estado, tienen como efecto final, no una mejora en la práctica educativa, sino sujeción de la sociedad y sus instituciones educativas a la lógica del estatismo y a la deconstrucción sistemática de la posibilidad de la libertad humana en referencia a su capacidad de generar instituciones y organizaciones que escapen a la lógica de un estatismo que asfixia el relacionamiento humano, y que en el fondo se expresa como uno de los principales motores del conflicto colombiano, la violencia, corrupción y la miseria del país. Cuando la educación, cuyo sustrato de fondo tiene como fin la experiencia humana en su sentido más profundo, se arrodilla ante la realidad del «mercado mundial». Y todo termina supeditado a los dictados que fijan las coaliciones que vienen del juego entre entidades privadas y públicas, lo que estamos viviendo en el fondo es la claudicación de los ideales educativos que constituyeron el motor de la era axial (Jaspers), donde los anhelos del hombre ganaron en su dimensión de cotrasdendencia.
Para un país como Colombia, que sigue siendo centralista, el estatismo globalizado del que hablamos y partimos, agravará el conflicto, desde la institucionalización de las más feroces violencias híbridas en la experiencia cotidiana del súbdito y sus relaciones con el dios-Estado. Más Estado no es equivalente de mayor libertad, paz y autonomía. En este juego, lo que se puede percibir es que los Estados nación, tal como los conocíamos, han trasmutado y han relativizado su papel, en el marco de una paradoja: cada vez el individuo siente que pierde su libertad y capacidad creativa y de supervivencia comunitaria, en sus relaciones con una entidad integradora que pareciera que absorbe todas las dimensiones de la vida colectiva y personal, donde la experiencia de orden del ciudadano de hoy tiene poca iniciativa y variación sino es en referencia a los poderes del Estado: organización del poder político, tributación, elaboración y difusión de la cultura nacional, relaciones entre clases sociales, organización de la vida económica, nivel del empleo, etcétera.
La mundialización, proceso irreversible, pero que se puede pensar y reorientar sin caer en fanatismos, otra vez estatales y de élite, lo dejó ver claramente la pandemia, se expresa en la posibilidad cada vez mayor de que sean los Estados y los organismos internacionales multilaterales, como las empresas, las que terminen dictaminando que se puede pensar, y que se puede hacer en materia de todo orden. La persona humana como el humanismo, pareciera que están muertos. Y todo esto viene sucediendo, en una civilización que dejó de ser cristiana, pero cuyas raíces lo fueron y que reemplazó lo mejor del evangelio con las proclamas mesiánicas de tanto profetas invertidos que pontifican y quieren imponer sus “verdades” mediante el ejercicio de violencias miméticas y cuyo indicador para pensar, es si de todo este juego estamos saliendo fortalecidos como comunidades, empresas, instituciones y personas.
Para terminar: Una pregunta para la universidad contemporánea que pareciera que ha sucumbido al juego de los poderes mundiales y que paradójicamente tendría que ser respondida desde serios anclajes noéticos de orden humanistas sería: ¿Cómo mantenernos a salvo de tanto juego maquiavélico y de sus dispositivos de control, rendimiento y construcción unilateral de subjetividades “mundanas” -las que los poderes elitistas mundiales quieren e imponen-, y que terminan desfigurando la diferencia y potencial de lo humano en sus múltiples y plenas capacidades simbólicas como homo sapiens demens?
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