Junio/24 Cardozo, Doctor en Filosofía y Lingüística (Universidad Autónoma de Madrid), advierte cómo la falacia ad antiquitatem, no ha ayudado a potenciar debidamente lo que significa la virtualidad.
Para nadie es un secreto que durante y después de la pandemia de coronavirus se han popularizado los programas no presenciales y, en general, ha habido un acercamiento progresivo a diferentes modalidades de estudio. Ha quedado claro que la presencialidad no es la única vía para el estudio y se han abierto diversas posibilidades tanto para la educación superior como para los otros niveles de formación.
Aunque no hay un consenso con respecto a la distinción entre conceptos como virtual, e-learning, en línea (online), a distancia e híbrido, vale la pena presentar una concepción de dichos términos antes de centrarnos en la esencia de la controversia que se planteará.
El concepto de “educación virtual” es el más amplio y se utiliza de forma coloquial para abarcar otras modalidades. De hecho, en épocas de la pandemia ya mencionada, los alumnos tanto de colegio como de universidad siempre usaban expresiones como: “tengo clase virtual” o “mi carrera es virtual”. No era frecuente escuchar algo como: “tengo clase sincrónica”, “voy a realizar una actividad en línea”, “voy a aprender esto vía e-learning”… En fin, la palabra “virtual” se convirtió en el comodín para designar cualquier modalidad de estudio diferente de la presencialidad.
Vamos por partes: es común escuchar y leer que se maneja e-learning (aprendizaje electrónico -poco o nada común su expresión en español-) como sinónimo de online (en línea). Esto es parcialmente verdadero, pues de alguna manera el e-learning aprovecha los beneficios de la modalidad en línea. La diferencia radica en que e-learning no se limita a lo que se encuentran en internet, sino que también permite el acudimiento a recursos que cualquier dispositivo pueda ofrecer sin necesidad de estar conectados a la web. Basta con un ejemplo para entenderlo mejor: si se alude a la famosísima Enciclopedia Encarta (les hablo especialmente a quienes ya lucimos cabellos blancos), recordaremos que ahí encontrábamos bastante información para aprender por nuestra cuenta o para desarrollar las actividades que nos asignaran nuestros profesores. Lo más común era que tuviéramos los CD y dependíamos del computador, sin necesidad de estar conectados al ciberespacio; en este caso, hablamos de e-learning. Para terminar esta distinción, acudiremos a la perogrullada de que “en línea (online)” se refiere directamente a los recursos disponibles en internet.
El aprendizaje en línea, por tanto, conlleva el conjunto de medios y recursos de internet que facilitan la sincronía y la asincronía. En consecuencia, las famosas “clases virtuales” realmente son clases sincrónicas en línea en las que la interacción entre el docente y los estudiantes se da en tiempo real y se desarrollan como si se encontraran en el salón y con los beneficios de todos los recursos de la web (videos, imágenes, textos, plataformas para diseño y comunicación de todo tipo de diagramas, páginas web que facilitan la gamificación, organización de grupos de trabajo para actividades durante la sesión, orden en la participación…). Las plataformas más conocidas para el desarrollo de las clases sincrónicas en línea son Zoom, Google Meet y Microsoft Teams, y las tres ofrecen ventajas significativas que detallaremos más adelante.
Por otra parte, la educación a distancia se ha caracterizado, desde mucho antes de la pandemia, por el protagonismo del aprendizaje autónomo. En esta modalidad es importante confrontar, literalmente, los conceptos de “profesor” y “tutor”. Del profesor, con brevedad, podemos afirmar que enseña; el tutor orienta. El concepto de profesor suele conllevar la presencia no optativa (física o en línea) de sus discentes, mientras que el de tutor implica la voluntariedad en la asistencia por parte de los alumnos, ya sea para despejar dudas, profundizar en el tema u otro fin. En la modalidad a distancia suele hablarse de tutores precisamente porque la asistencia de los aprendientes es discrecional, no hay fallas ni nada parecido para quienes no asistan y los encuentros con el docente no tienen un tiempo definido; un estudiante que acuda voluntariamente a una tutoría podrá demorarse uno o treinta minutos dependiendo de la orientación que necesite.
La educación virtual como tal puede entenderse como aquella en la que la autonomía también aparece, pero en esta ocasión acompañada de los recursos que ofrece internet y, muy particularmente, los creados en las instituciones y por los docentes para fines específicos. Es muy común que las universidades cuenten con plataformas o espacios virtuales en los que los tutores organizan las actividades con las que desarrollan sus asesorías sincrónicas -de asistencia voluntaria para los estudiantes- o que se asignan, con tiempos y plazos fijos, para el aprendizaje asincrónico.
Ahora, luego de dilucidar los elementos protagónicos de cada modalidad, retomamos el título con el comodín: se ha satanizado la virtualidad. En pandemia era muy frecuente escuchar enunciados del talante de: “así no se aprende nada” y “no es lo mismo”. En efecto, no es lo mismo, pues es mejor[1].
En la educación suele seguirse mucho la falacia ad antiquitatem; pensar que algo es lo mejor porque siempre se ha hecho así realmente no es un argumento. Cuando ha sido necesario cambiar, innovar y solucionar, la sociedad (incluyendo, por supuesto y con prioridad, a docentes y estudiantes) ha visto lo nuevo como lo malo. El refrán “Más vale malo conocido que bueno por conocer” se ha materializado y lo bueno por conocer pasa a ser antagónico.
¿Es malo porque ha sido diferente? Esta erotema conlleva aspectos idiosincrásicos que también pueden repensarse para la evolución educativa y este cambio no depende de la tecnología ni de las oportunidades que brindan las instituciones educativas en cuanto a modalidades de estudio, sino que estriba en lo cultural.
Una de las inmensas ventajas de las clases en línea con respecto a la presencialidad física (aparente redundancia -ya justificada-) es la posibilidad de ver la sesión cuantas veces el estudiante lo desee; eso no sucede con los encuentros en el aula. Si el alumno no asiste a la clase presencial, debe buscar otras alternativas para el fortalecimiento de las competencias, mientras que la grabación ofrece esa posibilidad incluso al que, por algún motivo de fuerza mayor, “cacha”. El hecho de poder revisar la clase una y otra vez, sin hesitación alguna, conlleva el fortalecimiento de competencias en los discentes.
Otra ventaja, quizá la más evidente, tiene relación con la ubicación del alumno. Es tiempo de que la oportunidad de estudiar no se limite por distancias y ya existe la solución; ¿por qué no aprovecharla y fomentar o fortalecer los programas virtuales? La posibilidad de transformación hacia algo mejor parece ser derrotada por la costumbre y por el miedo al cambio. En todas las instituciones se presentan conferencias y se leen textos hermosos sobre evolución educativa, pero “del dicho al hecho hay mucho trecho” y el anquilosamiento siempre encuentra defensores.
Y ahora, desde la perspectiva del docente, la modalidad en línea permite que dicte[2] su clase desde su vivienda (mansión, casa, apartamento, finca, autocaravana, casa flotante, bohío, cueva -con que tenga internet-) o donde se encuentre. En el mundo de la falacia ad antiquitatem podría creerse que cuando el profesor ingresa físicamente a la institución se inviste de conocimiento y experiencia, y al salir pierde sus poderes. Sobra reafirmar que el maestro es igual de competente esté donde esté y una costumbre proveniente de la época en la que la presencialidad era la única opción no puede asumirse en un contexto de evolución educativa facilitado por la tecnología. Muchas veces la presencialidad del docente solo implica perder tiempo en desplazamientos, generar gastos innecesarios a las instituciones y a él, ocupar espacios que podrían aprovecharse mejor en las instituciones y, final e indiscutiblemente, perder o reducir notablemente la motivación que generaría el dictar sus clases desde el espacio físico que lo inspire o que le permita desplegar sus habilidades, competencias y destrezas con mayor gusto y pasión.
La calidad del profesor no se mide por el tiempo que permanezca en la institución, pues perfectamente puede dedicar la jornada laboral -y hasta más- a echar chisme, visitar sus redes sociales o jugar en los dispositivos que tenga a su alcance, sin mencionar la cantidad de tintos que acompañan esas actividades. No cabe duda de que si se aplicara una encuesta acerca de la escritura de artículos, proyectos de investigación o ideas innovadoras para clases, las respuestas serían contundentes al revelar que todo eso ocurre en las viviendas de los profesores y no en las instituciones, dado que la comodidad y la motivación del propio espacio de trabajo es inigualable.
En definitiva, bienvenida la evolución en la educación; no hay que buscarla, sino solamente aceptarla con placer y saber aprovechar sus bondades y ventajas.
[1] Esta disertación se piensa, especialmente, para las asignaturas de carácter teórico. Las prácticas (como las de los últimos semestres de las licenciaturas) o espacios académicos de laboratorio y afines sí suponen la presencialidad, aunque, sin duda, eso también es susceptible de evolución.
[2] En una próxima oportunidad escritural u oral, hablaremos del bien utilizado y necesario verbo “dictar” en el ámbito educativo.
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