La universidad en un país de regiones y de desigualdades sociales: Felipe Cárdenas Támara

La universidad en un país de regiones y de desigualdades sociales: Felipe Cárdenas Támara

Sept/24 Cárdenas, Director Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente de la U. de La Sabana, y observador de este portal advierte cómo la universidad tiene que proporcionar luces para el desarrollo regional del país.

Colombia es un país complejo en lo ambiental, cultural, geográfico, económico y regional. Si bien la Constitución de 1991 fijó valiosas pautas para adelantar procesos de descentralización que el país ha venido recorriendo, la complejidad en mención desde la perspectiva de lectura de la diversidad regional que configura al país sigue siendo una tarea para los procesos de descentralización administrativa, política, económica y educativa a los que aspira la nación. Todavía no sabemos muy bien que implica el ordenamiento territorial y el desarrollo regional. Básicamente se entiende como un proceso exclusivamente administrativo sin claras referencias a modelos ambientales y territoriales. Seguimos siendo un país centralista, cuyo modelo educativo y la sociología de nuestro imaginario colectivo es de corte urbano principalmente y orientado desde consideraciones conductistas centrados en visiones unidimensionales sobre el hombre que es una máquina de producción desligada de la tradición, la familia y la región.

En el contexto de la educación universitaria, las principales y mejores universidades del país se encuentran en la ciudad de Bogotá y su zona de influencia. Desde luego que hay excelentes universidades en las regiones del país (Universidad del Cauca, Universidad de Antioquia, Universidad del Norte, Universidad de Magdalena, Eafit, Universidad del Valle, Universidad Nacional en sus sedes regionales), sin embargo, es más probable que muchos estudiantes de esas regiones opten por estudiar en Bogotá a que escojan quedarse en sus ciudades y/o regiones de origen.  Bogotá sigue siendo una ciudad cuya huella universitaria, ecológica, laboral y económica condiciona la vida de todo el país. Por muchos esfuerzos orientados hacia la descentralización, las monstruosidades del centralismo nos siguen persiguiendo.

En el complejo proceso de descentralización que viene desarrollándose desde hace más de tres décadas, las principales universidades del país como las universidades regionales tienen el desafío y la tarea de profundizar y proyectar sus servicios de investigación, docencia y proyección social en el marco de la diversidad regional del país. La universidad tiene que construir una sólida línea (modelo) teórico-práctico sobre desarrollo regional que permita comprender, actuar y sugerir acciones que se incorporen en la política pública nacional, como también en proporcionarle a la clase política regional, y organizaciones de base con visiones de desarrollo prácticas y experimentales que les permitan a las regiones del país elevar la calidad de vida de sus pobladores, ampliando la oferta de alternativas de vida y opciones laborales para sus pobladores. El modelo de titulitis doctoral (Título de una futura novela: Los doctores también lloran) que se viene imponiendo en la formación de aspirantes a élites, en pocos años se traducirá en que la gran mayoría de ellos, -tal como ya sucede en los países del primer mundo- no podrán ser asumidos por el aparato productivo del país, y por lo tanto ese esquema costoso y para muchos doctorandos autoengañados, tendrá que complementarse con procesos universitarios de educación informal y no-formal que acerquen a la universidad a las regiones y a la Colombia profunda. Lo anterior implicará hacerle un seguimiento y evaluación a todos los maestros y doctores que se formaron y están formando con recursos públicos de la nación. Evaluar si de no escribir nada en el periódico mural de sus colegios, lograron de manera efectiva publicar sus trabajos de grado, o incorporar nuevas dimensiones y sentidos educativos en sus planteles. O, por el contrario, simplemente ascendieron en el escalafón por el simple hecho de contar con un título de maestría o doctorado (lo cual es válido en términos individuales, pero costoso en términos sociales cuando se hace con recursos de la Nación) sin haber socializado de manera alguna sus resultados de investigación y sin que se pueda registrar algún impacto tangible en sus trabajos que esté directamente vinculado a sus estudios de posgrado. Mis cursos de economía me recuerdan hacer la pregunta: ¿Cuál es el costo-beneficio que hemos experimentado como sociedad en la inversión pública realizada en la formación de maestros con altas titulación en Colombia en el último decenio?  ¿Cuál ha sido el impacto real? ¿Tiene sentido que un aspirante a doctorado ingrese a un programa doctoral, cuando el candidato en toda su vida laboral no reúne ni tiene ninguna evidencia que lo acredite como investigador o interesado en la investigación científica? ¿No estamos como viviendo como sociedad una suerte de autoengaño costoso que en el fondo lo que proyecta es un simulacro falso de doctores sin peso argumentativo alguno, que finalmente convierten al doctorado en Colombia, en una maestría de larga duración y que tiene como efecto inmediato la pérdida de calidad educativa en las maestrías que pasan a ser programas sin importancia alguna en el imaginario institucional universitario?

Dado el modelo económico que siguió el país desde la década de los años sesenta del siglo XX, marcado por las ideas de Walt Rostow y que aún se siguen enseñando,  Colombia como muchos países del mundo, fijó su desarrollo con base en el modelo estructuralista de crecimiento que postuló el despegue económico condicionado a las famosas cinco etapas de crecimiento de Rostow, que en el fondo estaban orientadas a la desintegración y subordinación del sector primario de la economía hacia los sectores secundarios y principalmente hacia el sector financiero que goza desde hace décadas de toda la protección de los Estados liberales y neoliberales. La continuidad del modelo de Rostow se expresa hoy en el eco populismo ambiental europeo, que con la disculpa de “restaurar la naturaleza”, destrozan al sector primario de la economía bajo el pretexto del cambio climático y la contaminación por metano de vacas, ovejas y cabras, lo que ha implicado la movilización de millones de agricultores europeos que están subordinados y atropellados a los dictados de las élites ecopopulistas y a los delirios violentos de los silenciamientos ambientales y sus formas de intimidación (Véase Los silenciamientos ambientales).

Un país como Colombia, cuyas dinámicas geográficas, ambientales y culturales no fueron claramente reconocidas por la visión economicista de Rostow, básicamente privilegió desde la política macroeconómica, una visión relativamente despectiva sobre las sociedades tradicionales, que sin duda incidió sobre la lectura que hicieron las élites políticas y burocráticas sobre el papel de las regiones existentes en Colombia en un criterio de ellas en subordinación hacia el Estado central y la economía financiera. El despegue económico, desde el modelo de Rostow, modelo dominante que sigue vigente en la intertextualidad del discurso político dominante, ignora el componente regional y todos sus anclajes geográficos, culturales y ambientales.

El modelo sin duda también se reproduce en los códigos de formación universitaria, particularmente en las Facultades de Economía. La tarea y el desafío para la universidad del siglo XXI, marcadas por las complejidades regionales de un país como Colombia, implica ajustar y calibrar el modelo de Rostow desde lecturas más ambientales, culturales y regionales que transfieran los acumulados de la riqueza hacia las regiones y sus pobladores, cuyas vidas contribuyen en diversos aspectos al bienestar económico de la nación: seguridad alimentaria, presencia y soberanía cultural, conocimientos culturales, tradiciones y saberes, etc.

La complejidad de Colombia, como de diversos países del mundo, no ha sido leída en toda su complejidad por modelos como el aludido. La universidad, debe de corregir falencias como las anotadas, incorporando códigos de lectura que lean y traduzcan la riqueza regional de Colombia. Las complejas relaciones socioculturales, ambientales y geográficas de un país como Colombia tienen que ser leídas y comprendidas desde perspectivas más plurales, sofisticadas y complejas a las realizadas por el modelo aún vigente de Rostow. La universidad debe alentar complejas lecturas de las interrelaciones territoriales, ambientales, políticas e institucionales que han condicionado y deben marcar los rumbos del desarrollo regional y del país. Las lecturas economicistas, en toda su aparente pero falsa complejidad, no son suficientes y están en la base del conflicto armado y de las violencias que viven y han experimentado los colombianos en las últimas seis décadas. Todas las profesiones universitarias tendrían que incorporar modelos de desarrollo ambiental transversales a la formación de sus estudiantes vinculados a la teoría de la complejidad, lecturas geopolíticas y económicas. Y existe un acopio académico e intelectual que debemos rescatar y que está ubicado en capítulos de libro, libros y textos en muchos casos inéditos. Pero lo más importante, la historia regional se expresa en paisajes culturales llenos de signos que nos marcan la pauta del desarrollo, sí, logramos descifrar los mensajes de las diversas voces, conocimientos y archivos existentes tanto en la memoria oral como en diversos hitos geográficos e históricos que nos pueden enseñar mucho sobre el sentido del desarrollo. En suma, un sólido modelo antropológico orientado desde consideraciones humanistas, sistémicas y ambientales, cuyo centro sea la búsqueda de la paz y la generación de riqueza en sus múltiples manifestaciones y facetas.

Hace años, se habló de conservar y producir y fue desde el campus universitario que se habló por primera vez de ello, y se publicaron toda una serie de libros desde la Universidad Javeriana: La conservación y la producción (2000), Desarrollo sostenible en el norte de Boyacá (2000), Memorias ambientales del norte de Boyacá (1998). Es decir, experiencias significativas sobre desarrollo regional en Colombia se han dado desde el ámbito universitario y que contaron con el apoyo financiero de organismos internacionales (la Comisión de la Unión Europea). El problema es la erosión de la historia universitaria sobre el propio concepto, categoría y procesos de desarrollo regional. Nuestra memoria histórica es muy corta y débil, y se asume en ocasiones el concepto de desarrollo regional desde la misma academia de manera superficial sin entender que en América Latina hay escuelas de desarrollo regional, en muchas ocasiones más sólidas que escuelas europeas como la de la ecología del paisaje (holandesa-australiana), que se destaca por su pobreza frente a postulados como los de Sergio Boisier y sus propuestas de desarrollo territorial.

Las suposiciones del modelo de Rostow hacen parte de nuestras agendas gubernamentales. No podemos echar para atrás, somos países que siguieron el rumbo de la modernización y del crecimiento económico como pautas normativas del desarrollo. Y es cierto, el crecimiento económico es fundamental, desde el ajuste e incorporación de nuevas visiones, cuya realidad eran ajenas a las lecturas economicistas que marcaron la implementación del modelo de Rostow.  El rumbo de la modernización implicó el vaciamiento demográfico de muchas de las regiones de Colombia. Un país de regiones como Colombia, con riquísimos procesos de historia regional, hasta cierto punto está asfixiado en sus dinámicas de desarrollo regional por modelos económicos cuyo corte conceptual niegan en esencia los movimientos regionales, las diferencias culturales internas a las regiones, como la complejidad del propio desarrollo en su articulación territorial, cultural y ambiental.

Es cierto que el país viene experimentando dinámicas y procesos de descentralización muy valiosos. En la actualidad, las transferencias a departamentos y municipios son significativas y han crecido de forma sustancial.  Los municipios en Colombia cuentan hoy con importantes recursos que pueden fortalecer su capacidad para cumplir con sus funciones y responder a las demandas de sus comunidades. Los alcaldes a mi modo de ver tienen que fortalecer a su vez, sus visiones sobre modelos de desarrollo regional e incorporar esquemas de planificación que les permita superar una visión exclusivamente burocrática en la repartición del gasto público. El desarrollo local, unido a criterios de desarrollo regional, puede introducir dinámicas de desarrollo que sin duda pueden beneficiar a las comunidades y sus territorios contrarrestando de cierta manera, la tendencia a la desintegración regional que impuso un modelo económico cuya inspiración en Rostow, modificó y debilitó las estructuras e instituciones comunales (iglesia, familias, formas asociativas pre-capitalistas- miradas de manera prejuiciosa tanto por el marxismo, como por las escuelas liberales-, institución de la mano vuelta) en la vida regional de nuestro país. Sin duda, la desintegración regional, (expresada fundamentalmente en el despoblamiento de veredas y municipios dado el fenómeno de la migración) tiene como una de sus explicaciones la imposición de criterios unidimensionales de desarrollo que frenaron con el crecimiento de dinámicas de desarrollo regional que muchos lugares de Colombia experimentaban a principios del siglo XX.

El modelo de Rostow, a mi modo de ver en su visión sobre el crecimiento económico, puede considerarse como una de las fuerzas de la violencia que a nivel mundial estuvo comprometida con la desaparición de sociedades campesinas y tradicionales. En el caso de Colombia, la imposición del modelo está implicado con la exigencia de fuerzas macroeconómicas (urbanización del país) muy ligadas al fenómeno y surgimiento de la autodefensa y guerrillas campesinas, que a su vez tuvieron como efecto, la ampliación de la violencia, que impulsó a millones de campesinos a tener que salir y huir de sus parcelas.

La universidad tiene que prestar sus servicios y dialogar con las diversas visiones que existen sobre el desarrollo regional y nacional. En la actualidad la mitad de los ingresos corrientes de la nación están en manos de los municipios (DANE, 2012). Por lo tanto, la universidad tiene la responsabilidad básica de proporcionar desde sus diversos órganos de servicio, con visiones sobre el desarrollo regional que contribuyan de manera eficiente en la asignación de los recursos que la nación les entrega a los municipios. De manera conjunta, universidad, municipios y asociación de municipios deben tener como misión principal la eliminación de la pobreza, la elevación de la calidad de vida de sus pobladores, desarrollo espiritual y la implementación de alternativas de empleo y trabajo para las generaciones jóvenes, cuya mayoría, −los que logran hacerse bachilleres− abandonan sus municipios de origen para nunca volver.

Somos testigos, como muchas veredas del país, que contaban con cientos de familias viviendo en sus territorios, hoy viven la desolación y el despoblamiento. Algunos viejos criando a sus nietos y viviendo de los recuerdos de aquellos días cuando la vereda estaba más poblada.  Por diversos factores las familias, viejos, jóvenes y niños tuvieron que salir e irse a las grandes ciudades: hambre, pobreza, falta de oportunidades, violencia. También el deterioro de suelos, fuentes hídricas como la imposición de un modelo tecnológico unido a la Revolución Verde que impuso niveles de endeudamiento, erosión y deterioro ambiental que anuló la fertilidad de suelos y que explica en parte el despoblamiento campesino en muchos lugares del país y del mundo. Recuerdo hace unos años atrás, a una mujer campesina que dialogaba con otra mujer sobre su decisión de migrar del municipio de Chita en Boyacá. La flota se dirigía a Bogotá. Ella aún de ruana decía:

− ¡La mejor decisión comadre Chavela!. La ciudad nos ofrece muchas posibilidades, ya no nos vamos a joder más con los veranos, las sequias y las jodas del campo. En la ciudad se vive mejor. Allá tenemos parientes y amigos que nos van a ayudar.

Ese fue un año de duras sequias (2002). Ella hablaba con tal convicción, que todas las teorías sobre el desarrollo rural y la descampesinización del campo colombiano se quedaban cortas. Un sencillo testimonio que representa y expresa el símbolo-argumento del desplome de las sociedades campesinas, y que nos recuerda la realidad y la vida de millones de colombianos que en los últimos sesenta años por diversos motivos tuvieron que salir y en muchos casos huir de sus parcelas. La segunda y tercera generación de migrantes o hijos de migrantes, con los cuales hemos interactuado, en algunos casos son hoy maestros, comerciantes, profesores universitarios y destacados profesionales colombianos. Sus madres campesinas, todavía ordeñan vacas y cuidan gallinas, mientras algunos de ellos dan clases en las más prestigiosas universidades de Colombia y del mundo, o son orgullosos maestros que ejercen su docencia en apartados rincones de la geografía nacional. En ese sentido, la modernización ha sido sin duda una fuerza de movilidad social ascendente. Ahora, no todas las historias de migración forzosa o voluntaria son tan felices. Todos sabemos que los cinturones de miseria en las ciudades de América Latina se han constituido sobre la desintegración de las sociedades campesinas. El habitante rural que era un líder en su pueblo y vereda llega desplazado a las ciudades para ocupar un rol social desde el anonimato y la miseria. Cuando regresa, si es que regresa, a su parcela, ya las semillas que usó han perdido su fertilidad. Su predio ha sido ocupado por otros, y sus hijos han perdido todo vínculo con el campo y la naturaleza. Saben montar en moto, pero ya no saben montar a caballo ni saben cómo se amarra una oveja o se mata a una gallina. Entonces, el modelo de desarrollo que hemos seguido anuló dinámicas internas de desarrollo propias que deben de ser investigadas desde la historia y la historia económica, ya que muchas de las experiencias valiosas que vivieron nuestras regiones en términos de desarrollo tienen que ser conocidas, rescatadas y potenciadas. Dichas dinámicas fueron asfixiadas por el centralismo, la violencia política y armada que vivió el país y que aún está presente.

Esta labor de investigación en historia regional es también una misión de la universidad, desde la proyección de sólidos marcos teóricos y prácticos sobre las mejores prácticas de desarrollo, buen gobierno, mal gobierno, integración y desintegración regional. Estamos hablando de visiones referidas a la complejidad que tienen que ser leídas e incorporadas desde el servicio universitario en su referencia al eje transversal del desarrollo regional. Las regiones en Colombia hasta cierto punto en el siglo XX fueron las grandes perdedoras dada la imposición de un modelo económico como el de Rostow. El siglo XXI debe ser el siglo ganador para las regiones del mundo. Se hace insostenible en términos humanos seguir promocionando ciudades que absorban toda la población de un país. La vida serena y la paz del hombre deberá recuperar los sentidos de vida que se han vivido y se pueden recuperar en las regiones. Desde luego que se requiere fomentar diversas condiciones: desarrollo de infraestructura, carreteras, agua potable, energía eléctrica, educación, salud, trabajo, desarrollos comunales y seguridad.

La sociedad en su conjunto, y la universidad como componente de la sociedad, cuenta hoy con visiones y modelos conceptuales más robustos, como desarrollos tecnológicos (acceso a internet, Inteligencia artificial, agricultura biodinámica, energía solar, maquinaria y herramientas agrícolas que paradójicamente aún no conocen nuestros campesinos -por ejemplo los arados japones de inspiración Samurai, y que no obligan al trabajador del campo a destrozar su espalda y a estar casi que arrodillado todo el día al sacar papa o tener que desyerbar) que le pueden permitir a las regiones en toda su diversidad ser las ganadoras en el marco del juego social que marca la historia humana.

Las élites nacionales que viven en las principales ciudades tienen que comprender que el código mental con el cual hemos tratado de leer e impulsar procesos de desarrollo nacional ha sido uno de los factores que explican la violencia nacional y la desintegración de la vida comunal en las regiones de Colombia. Superar ese código, implica darle el primer puesto al “actante” desarrollo regional. Los actantes derivados (la población universitaria, la universidad, la comunidad educativa) deben ser formados en universidades regionales desde la incorporación de procesos científicos, humanistas y tecnológicos de punta.

El Estado debe facilitar el proceso, exigiendo calidad, sin anular las iniciativas educativas de las universidades o agrupaciones asociativas preuniversitarias dada la imposición de lógicas burocráticas, ideológicas y tecnocráticas propias del estatismo fallido empobrecedor de la sociedad y de la libre iniciativa de la economía liberal, lo cual es una paradoja y antinomia, que se entiende en función biológica y materialista, como la necesidad de generar riqueza ambiental y cultural en sintonía a la belleza de país que nos heredó la Providencia. Y es que en ultimas, la civilización occidental inició como un relato “sagrado” de desarrollo regional en la historia de “insignificantes” pueblos semitas de la región euroasiática que le legaron al mundo un mensaje todavía incomprendido de amor, belleza, justicia y libertad.

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