La Universidad sin condición, de Jacques Derrida: Rafael Martínez – junio/21

Rafael Martínez Rivas analiza en universidadsi.es el pensamiento del filósofo francés Jacques Derrida sobre la libertad, condicionalidad y soberanía de la Universidad y las nuevas tareas de las humanidades.

La universidad moderna debería ser sin condición; es decir, exige y se le debería reconocer “una libertad incondicional de cuestionamiento y de proposición, e incluso, más aún si cabe, el derecho de decir públicamente todo lo que exigen una investigación, un saber y un pensamiento de la verdad”. Esta es la tesis, aún más, la “profesión de fe” que el filósofo Jacques Derrida (1930-2004) enunció en 1998 en la Universidad de Stanford (California), en una conferencia publicada posteriormente en español, en forma de libro, bajo el título Universidad sin condición (Trotta, 2002).

Universidad, verdad y poder

Para Derrida, la universidad “hace profesión” de la verdad, es decir, “declara un compromiso sin límite para con la verdad”, pero la discusión sobre el estatus y el alcance de este concepto tiene lugar en la universidad, y en concreto en los departamentos de Humanidades, cuya actualidad es inseparable de la mundialización de los Derechos del Hombre. Así, para Derrida la discusión sobre el concepto de hombre y sobre el concepto de verdad no puede realizarse de manera incondicional sino en el espacio de unas nuevas Humanidades. En ellas, la incondicionalidad de la universidad se expresará como una resistencia frente a todos los poderes que intenten limitarla, pero también como una crítica deconstructiva de los presupuestos de esas Humanidades. Es decir, como el derecho de ponerlo en cuestión todo, también los conceptos de verdad y de hombre.

No obstante, Derrida es consciente de que ese derecho a ponerlo todo en cuestión puede enfrentar la universidad con los poderes políticos y económicos. Así, la incondicionalidad muestra también la fragilidad de una universidad que, porque es incondicional, es también una “ciudadela expuesta” que se ve con frecuencia abocada a la rendición sin condiciones. Frente a los intereses comerciales, financieros, políticos, ¿puede la universidad afirmar una independencia incondicional que permita evitar el riesgo de ser tomada y vendida? ¿Puede afirmar alguna forma peculiar y excepcional de soberanía?

Derrida, por el momento, deja la respuesta en el aire, limitándose a señalar que la tarea de las  nuevas Humanidades (en las que incluye no solo los cánones tradicionales, sino también el derecho, las teorías de la traducción o la famosa theoryes la de deconstruir todas las figuras que la idea de una incondicionalidad soberana haya podido determinar. Pero, además, Derrida vincula esas Humanidades con la cuestión de la profesión, en concreto de la profesión de fe. Porque en la universidad el saber se articula con la fe, en la medida en que no solo se producen discursos constatativos, descriptivos, sino también unos movimientos performativos, que producen el acontecimiento del que hablan, como una promesa o un compromiso. Y ese compromiso con la incondicionalidad de la universidad, esa profesión de fe que se realiza en la profesión de profesor, tiene su lugar de presentación en las Humanidades.

No obstante, a lo largo de los cuatro siguientes puntos del libro, Derrida deconstruye algunas de las figuras que en la universidad se han articulado junto a la idea de incondicionalidad soberana. Pero, para ello, Derrida deconstruye también el par constatativo-performativo, introduciendo la “virtualidad” del como si, esto es, de la (im)posibilidad de que algo ocurra, de que quizá un acontecimiento tenga lugar en la universidad. Porque, como concluirá al final del libro, allí donde hay performativo no acontece nada, no hay sorpresa alguna. El acto del habla denominado “performativo” produce aquello de lo que habla, pero esto quiere decir que todo lo que ocurre lo hace dentro del horizonte marcado por ese performativo y, por tanto, no ocurre nada digno del nombre de “acontecimiento”. Para Derrida, “lo imposible es lo único que puede ocurrir”.

Universidad y soberanía

Por tanto, si no se encuentra dentro de un horizonte de posibilidad, el acontecimiento está en relación con el quizá, con el si o el como si: “¿Y si eso ocurriese?”, “quizá eso ocurra”. Así, el acontecimiento se declina en condicional y se disocia radicalmente de la seguridad que ofrece la idea teológico-política de soberanía. De esta forma, la tesis que Derrida deja enunciada, que pretende dejar que ocurra, es que la incondicionalidad de la universidad debe quedar separada de la idea de soberanía indivisible que, hasta ahora, había servido a la universidad para mantener el dominio sobre su adentro. Si la universidad, al ser sin condición, queda como una ciudadela expuesta al ataque de poderes externos, la idea de soberanía permite a esta institución mantener la tranquilidad respecto al dominio soberano de lo que le es propio. Pensar el acontecimiento, pensar el límite del acto performativo, significa, también, pensar el límite entre el afuera y el adentro de la universidad. Es más, es ese límite el que se ve afectado por el acontecimiento que irrumpe. Y es ahí, también, en ese límite entre el afuera y el adentro de la universidad que queda difuminado por un acontecimiento, donde la universidad puede resistir a todos los condicionantes, tanto de los poderes externos como de la idea de soberanía indivisible, que constituyen el adentro de la universidad.

Así, Derrida “apela” a una “topología” de la universidad que no se limita únicamente a las figuras y a los límites de lo que hoy se denomina universidad: ni el campus, ni tampoco el profesor. Por este motivo, a lo largo de las tres primeras secciones del libro, Derrida había introducido algunos de los puntos que las nuevas Humanidades deberán tratar en esa universidad sin condición, deteniéndose en el trabajo, la profesión y en el ya citado como si, que altera la distinción de Austin entre constatativo y performativo.

Seis profesiones de fe para las «nuevas» humanidades 

Ahora bien, esa distinción que el acontecimiento altera no es traída por las nuevas Humanidades propuestas por Derrida, sino en ellas. Porque si el acontecimiento fuera traído por ellas, se mantendría dentro del performativo. Por este motivo, la conclusión que ofrece Derrida tiene la forma de seis propuestas de trabajo, seis profesiones de fe, y una séptima, que ya hemos expuesto, que va más allá de las anteriores y que se dirige hacia la dimensión del acontecimiento.

  1. El primero de los campos programáticos de las nuevas Humanidades trataría “de la historia del hombre, de la idea del hombre, de la figura y de lo «propio del hombre»». Para esto, el hilo conductor sería la “problematización” de los performativos jurídicos que miden la historia moderna de la humanidad. En concreto, Derrida piensa en las Declaraciones de los derechos del hombre (y de la mujer) y en el concepto de crimen contra la humanidad.
  2. Esas nuevas Humanidades tratarían, en segundo lugar, de la historia de la democracia y de la idea de soberanía y, por tanto, de la incondicionalidad en la que se supone que vive la universidad. Para Derrida, esta deconstrucción no solo afectaría al derecho internacional, sino también a los discursos jurídico-políticos que conciernen al sujeto (en concreto, a las relaciones entre hombre y mujer).
  3. En tercer lugar, las nuevas Humanidades tratarían de la “historia del «profesar», de la «profesión» y del profesorado”. Estas se articulan, para Derrida, con las premisas “del trabajo y de la confesión mundializada”.
  4. Las nuevas Humanidades tratarían, en cuarto lugar, de la historia de la literatura, del concepto de la literatura, de su relación con el “como si”, con el “quizá”, con el derecho a decirlo todo que “funda tanto la democracia como la idea de soberanía incondicional que invoca la universidad”.
  5. En quinto lugar, tratarían de una historia de la profesión de fe, de la profesionalización y del profesorado, siguiendo como hilo conductor lo que ocurre cuando la profesión de fe del profesor da lugar no al “ejercicio competente de un saber”, sino a “unas obras singulares, a otras estrategias del «como si» que son acontecimientos y que afectan a los límites mismos del campo académico o de las Humanidades”. Para Derrida, estamos asistiendo al fin de una figura del profesor, lo que no implica el fin de cualquier figura del profesor.
  6. Finalmente, las nuevas Humanidades tratarían de la historia del “como si” y de la distinción entre actos constatativos y performativos.

Incondicionalidad de la universidad

En definitiva, para Derrida una de las tareas de esas Humanidades por venir sería “conocer y pensar su propia historia y, por lo menos, en las direcciones que acabamos de ver abrirse: el acto de profesar, la teología y la historia del trabajo, la historia del saber y de la fe en el saber, la cuestión del hombre, del mundo, de la ficción, del performativo y del “como si”, de la literatura y de la obra etc. y, seguidamente, todos los conceptos que acabamos de articular en ellos” (62).

Así, la incondicionalidad de la universidad se realiza hacia dentro, conociendo y repensando su propia historia y sus propios presupuestos, y también hacia afuera, hacia los poderes que rodean esta ciudadela expuesta. Por este motivo, como ya se ha señalado, la incondicionalidad de la universidad refiere a su constitución como lugar en que “nada está a resguardo de ser cuestionado” y de ser dicho de forma pública. Pero esta incondicionalidad no existe de hecho, sino que es una profesión de fe. Ahora bien, Derrida muestra cómo un acontecimiento no puede dejarse regir por el acto performativo, de manera que solo sucede fuera de un horizonte de posibilidad. Solo cuando es imposible. Entonces, allí donde la distinción entre constatativo y performativo se difumina, se difuminan, también, los límites entre el afuera y el adentro de la universidad y, por tanto, es ahí donde se sitúa la independencia incondicional del pensamiento.

El texto de Derrida resulta especialmente estimulante en un momento en que la pandemia ha contribuido a desdibujar muchas de las fronteras de la universidad, sustituyendo, por ejemplo, en muchas ocasiones, las plataformas virtuales a los campus. Esto ha implicado una cierta privatización de la labor universitaria, impulsando, a la vez, la mundialización de los congresos, workshops y docencia. Por otro lado, los problemas laborales de la universidad (precariedad salarial y empleos temporales), junto a la necesidad y obsesión por publicar, por convertir el trabajo en obra, convierten la reflexión sobre las categorías de labor, profesión y trabajo en una necesidad acuciante. La labor del universitario “hacia fuera”, la posibilidad de cuestionarlo y decirlo todo, sigue siendo objeto de debate, sobre todo cuando la institución universitaria se rodea, cada vez más, de otras instituciones de investigación, formación y expedición de títulos que parecen competir con ella.

Información de referencia: La idea de universidad en John Henry Newman: Rafael Martínez Rivas – nov/19

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