Julio/24 En su columna mensual, Cárdenas- Támara, observador de www.universidad.edu.co y director del Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente U. de La Sabana, resalta el aporte ideológico de San Agustín al pensamiento universitario.
<<Obedeced más a los que enseñan que a los que mandan>>
Para las naciones del mundo, cuyos gobiernos y Estados, casi todos, son hoy promotores de las agendas ideológicas más violentas, la universidad en su tarea de preservar elementos sapienciales de la tradición más profunda del conocimiento humano tiene que ejercer una suerte de arqueología del saber activa que le permita robustecer su horizonte institucional y misional, contribuyendo a la desintoxicación colectiva, que vive la sociedad en muchos de sus órganos en la actualidad.
Esta labor es necesariamente una tarea de memoria histórica y de reconocimiento de los núcleos más sanos del pensamiento humano, lo que implica mirar hacia el pasado, indagando sobre saberes y figuras históricas que le permitan al claustro universitario, encontrar claves de lectura para proyectar su misión en medio de escenarios geopolíticos mundiales marcados por la guerra, la violencia, la ruptura de lazos comunitarios, el individualismo egocéntrico, la destrucción del planeta y los agenciamientos ambientales más deshumanizantes (el populismo ecológico promotor de genocidios y violencia contra los más débiles), como también la imposición de agendas ideológicas promovidas por organismos institucionales que están centradas en la cultura de la muerte y la negación de cualquier principio moral, ético o trascendente anclado en las tradiciones de nuestros pueblos.
Necesitamos maestros de vida que nos permitan proyectar una filosofía del servicio, una poderosa fundamentación teórico-práctica centrada en el progreso humano desde el realismo que nos recuerda como las acciones humanas están marcadas por la maldad y la virtud. Y maestros de vida que nos enseñen a vivir en comunidad (Amor ordenado), empezando por nuestras familias y vecindarios. En suma, desarrollo de la conciencia (concienciación), vida comunitaria y claros referentes de servicio que rompan con el egocentrismo individualista o colectivista que está en la base de las agendas de la cultura de la muerte diseñadas por un selecto grupo de burócratas de la élite mundialista. El campo perceptivo dominante, marcado por la toma de la universidad por enfoques economicistas, niega todo lo anterior en el marco de un falso progresismo, cuya nota fundamental es el retroceso e involución de los valores y principios que la sociedad humana ha desarrollado y cultivado a lo largo del paso de los siglos.
Son tres atributos cuya fuente y máximos desarrollos son agustinianos, y que en mi opinión deben hacer parte de todo core curriculum universitario de carácter transversal interesado en tocar el corazón y el intelecto de los jóvenes: proyección de vida teórica y práctica (sentido de la trascendencia), proyección de vida comunitaria y proyección de vida de servicio desde el campo profesional que a cada uno le competa vivir. Estos son valores que pueden considerarse como a-temporales, que desde luego tendrán que enriquecerse con los avances y diálogos que se nos exigen los desarrollos de las ciencias, el arte y la tecnología.
Ahora estos valores, se desprenden de un modelo antropológico, cuyo origen lo marcó un hombre que vivió en un tiempo donde el modelo institucional universitario no existía, tal como lo conocemos hoy. Me refiero a la figura de san Agustín de Hipona, pensador africano que marcó para bien la experiencia de vida del mundo latino en prácticamente todos sus modelos institucionales. En la actualidad no existe institución u orden religiosa, ni discurso político, ya sea de izquierda o derecha, que no tenga en su esencia algunos elementos del pensamiento de san Agustín.
En materia de estos temas, ¿cuál es la síntesis que deviene del pensamiento de san Agustín? San Agustín es un maestro del pensamiento humano. Él logro la síntesis más perfecta en el campo de la vida comunitaria, la vida de servicio (apostolado) y la vida teórica (contemplativa- diálogo y respeto por el misterio y lo sagrado). Existen moldes institucionales que acentúan uno u otro aspecto del modelo agustiniano, pero la síntesis perfecta la brinda el propio pensamiento de san Agustín que supo en la historia del pensamiento humano equilibrar como ningún otro maestro de vida, el equilibrio institucional y las tensiones psicológicas que implica un camino de servicio, vida comunitaria e intelectual.
San Agustín, como ningún otro maestro en el campo del conocimiento humano, les brinda a las instituciones universitarias valiosos indicios que articulan inestimables reflexiones y enseñanzas que se pueden plasmar en obras educativas y proyecciones institucionales que sin duda pueden contribuir a sacar a la humanidad de la confusión reinante que se expresa ante el auge de ideologías violentas y distorsionadoras del sentido trascendente de la vida. Las corrientes espirituales e institucionales que se han dejado inspirar plenamente y con toda su profundidad por el modelo que éste gigante le trazó a la humanidad, empezando por la comunidad de amigos con las que inició, han sido ejemplares en su labor de vida y frutos producidos.
El proyecto institucional agustiniano es un paradigma constructor de sociedad y articula de manera realista un orden institucional que le hace mucha falta a nuestras naciones. El sentido de vida agustiniano en su radicalidad de vida está en referencia a Dios, pero no significa una vida exclusivamente religiosa. Sencillamente reconoce las verdades soteriológicas que hoy la mentalidad moderna considera equívocamente como superadas. Como educadores, uno de los fines que tiene que perseguir la universidad, como cualquier institución educativa, tiene que ver con cultivar las facultades intelectuales de todos los miembros de la comunidad. Ese proceso nos lleva a reconocer que la razón humana está en relación con la razón divina. Es decir, a reconocer que hay principios que desbordan los principios que la razón humana puede construir o pensar. En ese sentido, el mundo teórico desde una concepción agustiniana tiene un molde más filosófico, incluso científico, que un molde de carácter místico. El ritmo existencial que el santo pensó proyecta y afirma valores y facultades que toda institución universitaria tiene que proyectar: promover el entendimiento, la razón, la búsqueda de la verdad, es decir, universales sin los cuales no podemos existir en nuestras relaciones humanas o profesionales.
El discurso agustiniano nos da unas claves profundas cuya capacidad de indexación icónica (teoría educativa de punta) está en paralelo con la interiorización y la noción de trascendencia, cuyos vértices hoy se han erosionado en el lenguaje público y educativo. Así, la formación práctica en el discurso de los lenguajes educativos contemporáneos tiene que proyectar como criterios de formación ciudadana un marco de interiorización y trascendencia, cuyo sentido existencial son los que pueden formar a un ciudadano que respete la otredad trascendente de la persona humana y de la vida comunal.
Otro eje, fundamental en la proyección de vida que la institución universitaria tiene que proyectar se refiere a cultivar la voluntad. La voluntad humana tiene que sintonizarse con los valores de la vida y del respeto entre los hombres. La voluntad es la fuerza que ordena el conjunto de deseos y pasiones humanas, algunas de las cuales en el plano vegetativo son tendencias naturales de carácter sensitivo e instintivo, por ejemplo, la pulsión agresiva. En ese sentido, la voluntad humana, tiene que situarse por encima de ciertas tendencias instintivas que hacen parte de nuestra constitución, como la pulsión del poder, del sexo desordenado, pulsiones que, si no se controlan, lo que resulta de ello, es el desorden moral que termina dominando las relaciones humanas y que en el fondo están en la base de la violencia y de los conflictos más irracionales que marcan a escala del macro sistema la historia humana y en el microsistema, la falta de concordia en las familias, condición que está en la base de todos los conflictos individuales y sociales, tal como lo comprendió el gigante de san Agustín en su referencia obligatoria a la concordia entre las familias, como condición sine qua non de la paz en la nación.
La voluntad humana, tiene que orientarse por fuerzas que vayan más allá de la voluntad de dominar el mundo, la naturaleza y a los otros hombres. La voluntad humana tiene que moldearse más allá de los valores maquiavélicos que están en la base de los Estados modernos, de las modas ideológicas o de la imposición de agendas estatales o de las agendas promovidas por organismos internacionales que tienen fines que desconocen la proyección existencial del hombre, hacia lo que san Agustín llamó el Sumo bien; o cómo podríamos definir hoy, la constatación de realidades cuya estructura puede ser definida por un principio que no tiene principio o el principio del principio. Estas realidades, cuya experiencia captó san Agustín desde su genialidad, nos ayudan, como le ayudaron a él a superar la sensación de vacío, soledad, desconsuelo y experiencia de la nada, cuya fuerza sigue siendo hoy motor de los nihilismos más lúgubres de la experiencia ideológica que vivimos los ciudadanos del siglo XXI.
San Agustín, un pensador antiguo, nutrió y fue inspirador de filósofos de la talla de Heidegger, Sartre y Unamuno. Para Heidegger, si bien trató de desligarse de san Agustín, el abordaje del pensamiento del santo le generó fuertes interrogantes que le ayudaron a concebir su concepción fenomenológica frente a posturas historiográficas (véase Santiesteban, Luis César, 2007, La confrontación de Heidegger con san Agustín y la mística medieval: Nota crítica en torno a Estudios sobre mística medieval de Martin Heidegger. Diánoia). Unamuno por su parte diría: «llevo dentro de mis entrañas espirituales la agonía, la lucha, la lucha religiosa y la lucha civil, para poder vivir de monólogos. Job fue un hombre de contradicciones, y lo fue Pablo y lo fue San Agustín, y lo fue Pascal y creo serlo yo» (Unamuno, 1958: 942 citado por Posada, 2013, Una fe desesperada. La antropología religiosa de Miguel de Unamuno, Veritas). Y paradójicamente la antropología atea de Sartre bebió de las aguas de la antropología teísta de Agustín (Dolby, 1993, Antropología teísta: Agustín: Antropología atea: Jean-Paul Sartre).
El core curriculum universitario, si quiere proyectar una fuerza de vida transformadora, educativa y formativa en su estudiantado, tiene que ponernos a leer en profundidad las Confesiones, La ciudad de Dios, y La vida feliz. La nada, el vacío existencial y la violencia que experimentamos a diario en nuestros países, vecindarios y familias tiene en la figura de san Agustín, un modelo de vida y experiencia, cuya obra y vida es purificadora y sanadora, condición que plantea una serie de preguntas para estos tiempos marcados por la aceleración de la historia y la perversión moral, puesta de manifiesto por Agustín bajo la noción de cupiditas: ¿Hasta cierto punto la corrupción no habría devenido en otra cosa si la sociedad hubiera apropiado algunas enseñanzas y prácticas del conocimiento desarrollado por este santo? ¿No se habría trasmutado el mal que carcome a nuestras naciones, si los servidores del Estado, los políticos, los jueces, el estamento militar, el conjunto de la sociedad y principalmente los educadores, no se hubieran apropiado, por ejemplo, durante su tránsito por la universidad, o incluso la escuela, de alguno de los argumentos y enseñanzas de san Agustín, ya sea en sus moldes de lectura personal e institucional?
El modelo intelectual agustiniano, en el caso de Colombia, ha dado grandes figuras, por mencionar de manera rápida una sola de ellas, pienso en fray Andrés Vargas de San Nicolás. Criollo bogotano, que ingresó al monasterio de Nuestra Señora de la Candelaria en el municipio de Ráquira hacia el año de 1635 y después de viajar a España se convirtió en “la pluma más aventajada” de la España de su época. La figura de Andrés Vargas de San Nicolás, uno de los personajes de la primera novela americana El Desierto Prodigioso y Prodigio del Desierto” de Pedro Solís y Valenzuela, nos recuerda como la educación que él recibió en la Academia Javeriana, a principios del siglo XVII, y que con los años pasaría a ser la Universidad Javeriana, le brindaron a un joven talentoso las herramientas, que posteriormente como novicio y fraile agustino recoleto le permitirían ser uno de los genios que Colombia (la Nueva Granada de la época) le brindaría a la naciente recolección agustiniana tanto en España, como Colombia, convirtiéndose en autor de diversos libros y el primer historiador y cronista de la recolección agustiniana en tierra de España. Recordemos que los agustinos recoletos, si no estoy mal, en mis datos históricos, fueron la primera comunidad y posteriormente orden religiosa que nació en América, y que en concreto se configura en el valle de Guacheneca en el municipio de Ráquira-Boyacá, a la luz de su contacto con ermitaños del siglo XVII, que inspiraron a frailes agustinos (Mateo Delgado) y se inspiraron en el modelo de vida de san Agustín.
El ritmo agustiniano piensa al hombre en referencia trascendente y lo piensa desde un equilibrio magistral, dada la síntesis que hace Agustín de la sabiduría cristiana de occidente como del cristianismo oriental, que hay que reconocer que no conocía profundamente, ya que no dominaba el griego, sin embargo, debe tenerse en cuenta que Agustín de Hipona es considerado como santo por el cristianismo oriental. El pensamiento de san Agustín es inmensamente rico, profundo y vigente para sociedades al borde o ya en el abismo, y marcadas por la violencia, el odio y la confusión moral y ética que todos los días constatamos los ciudadanos del “mundo” en la prensa y en las redes sociales.
San Agustín y el pensamiento agustiniano más auténtico nos brinda claves de lectura institucionales, personales y comunitarias. Un referente para la vida comunitaria, para su proyección y fortalecimiento está en lenguaje agustiniano, su lenguaje nos brinda claves para superar la violencia, el sin sentido y la experiencia de la nada que marca los tiempos nihilistas y de la postverdad de nuestros tiempos. El ángulo visual agustiniano, con su proyección de vida trascendente, de servicio y vida comunitaria es el programa institucional más sofisticado que yo en lo personal he descubierto en mi experiencia como intelectual, escritor y estudioso de temas institucionales desde lecturas interculturales en los últimos 35 años. Es decir, mucho tienen que aprender de él, los distintos guetos y tribus violentas que presuntamente quieren pacificar a la sociedad movidos desde el odio. La figura de san Agustín es fundamental para todo proyecto de rescate de pensamiento ancestral, de dialogo intercultural. Es uno de esos pensadores antiguos, mayores, que no pasan de moda.
Ahora, como todo programa de vida, ponerlo en práctica es el mayor desafío, puesto que su orden no es sólo de carácter racional sino también existencial. Implica entrega, estudio, disposición y apertura a la verdad. Las verdades de san Agustín, como maestro de vida, implican tensión, búsqueda, fervor, entrega, acogida, amistad, vida comunitaria, alegría, disposición de servicio y orientación; como diría nuestro maestro criollo, fray Andrés Vargas de san Nicolás, −y dirección hacia el índice más provechoso: Dios.
Las universidades que tienen o tuvieron su arquetipo montado sobre las fórmulas agustinianas, poseen toda la energía y fuerza para ser las comunidades carismáticas que las naciones del continente americano necesitan en su referencia a la formación de la persona humana, al trabajo comunitario y el servicio en clave inventiva, teórica y práctica. En el terreno existencial e histórico, las comunidades de vida, cuyo modelo de vida se inspira en san Agustín en grado superior, constituyen las formas de vida, inspiradoras de prácticamente todos los moldes institucionales que configuraron fundacionalmente en su intertextualidad, en sus inicios grandes universidades como Cambridge, Oxford, Salamanca, Universidad de Padua y la Universidad de París.
En definitiva, nada mal nos vendría a los intelectuales la lectura de Contra academicos, donde san Agustín puso las bases de una transformación profunda de todo discurso escéptico y sarcástico, hoy tan de moda en ciertos sectores intelectuales y universitarios, y cuya supervivencia tiene continuidad con el pensamiento pagano que él conoció muy bien, ya que estuvo sumergido en ese mundo durante alguna parte de su vida. Las huellas educativas agustinianas buscan en definitiva formar miembros que se juntan con la intención de perseguir fines de vida, abiertos a la vida y defensores de la vida en clave contemplativa, comunitaria y de servicio. Su modelo se aleja radicalmente de la universidad adoctrinadora, de la universidad cuyos profesores destrozan la vida de sus estudiantes o de sus colegas que se afirman en tradiciones de pensamiento alejadas del discurso académico dominante que se piensa como la verdad revelada y que no establece ningún tipo de relación pedagógica con sus estudiantes, que no sean las relaciones del manoseo, del acoso, de la soberbia y de la imposición de poder de sus cuadros intelectuales, muchos de los cuales bien harían en reconocer la fuerza del fomento de las <<verdades interiores>>, tal como las concibió san Agustín, entre el estudiantado universitario.
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