Alvaro De La Espriella cuestiona, en El Heraldo, si las tasas de interés y los créditos universitarios son justos para los estudiantes.
Hace pocos días pasábamos por una universidad privada de la cuidad y vimos un grupo numeroso de estudiantes gritando y protestando en la puerta con varios carteles.
Decía uno de estos: Cinco años estudiando y quince pagando. ¿Cómo puede el Estado pregonar un apoyo a la educación superior si facilita la financiación del alumno a través de entes oficiales como el Icetex, por ejemplo, y faculta a muchas financieras a otorgar créditos laxos, si al mismo tiempo compromete al alumno que después de egresado tenga que cancelar durante muchos años dichos créditos? Es que la tesis del Presidente de Chile es válida cuando afirma que la educación hay que financiarla de alguna manera? No estamos de acuerdo con esta posición oficial. El Estado debería financiar en su totalidad y en forma garantizada la educación en general. Desde la primaria hasta los posgrados.
El modelo cubano, ¿cómo lo consigue a pesar de precaria económica? El asunto se presta para enormes y profundos debates ahora que el Gobierno Nacional pretende una reforma a la educación que tantas protestas ha ganado, y ahora precisamente que en el mundo entero los ‘indignados’, como se hacen llamar, a través de las redes virtuales se están convocando para protestar contra todo y contra todos.
En el fondo, estas protestas son una distracción para la juventud, que a veces ni siquiera sabe por qué protesta. Pero hacerlo es sabroso, se está a la moda, se comparte el tiempo, es divertido, y en la juventud, ávida de nuevas experiencias, vivirlo es gozarlo. En alguna ocasión nos acercamos a un muchacho en una protesta y le preguntamos por qué causa lo hacían, y me contesto “no sé por qué, señor, pregúntele al de la camisa azul”.
Recordamos que estando adolescentes salimos a las calles a protestar porque Rojas Pinilla debía irse del poder. Era increíble, muy bacano, salíamos en gavilla por el centro de la ciudad y siempre subíamos por la carrera 38, que de allí en adelante se llamó para siempre Avenida de los Estudiantes. Pero no teníamos la menor idea de las razones de la marcha. Lejanamente sabíamos que había que tumbar a un presidente y nos divertíamos. Después venía el regaño de los padres por haber salido a la calle con el peligro de la represión policiaca.
La juventud no sabe mucho por qué protesta, pero protesta. Si no fuese así no sería juventud. Pero con una pancarta quejándose de pagar muchos años después de egresados los créditos adquiridos, se está amarrando de arranque el crecimiento del nuevo profesional. Es cierto que las universidades públicas y privadas deben subsistir y tienen que subsistir.
Somos conscientes del inmenso esfuerzo que aquí en Barranquilla, por ejemplo, hacen las universidades privadas para brindar una formación académica de altura. Se critican las altas matrículas, pero muy pocos saben los gigantescos costos que tiene que asumir una universidad privada. Y la pública lo mismo. No hay diferencia. Pero es el Estado quien debe cubrir ese Derecho Fundamental de la educación a través del sostenimiento total de las universidades públicas y el subsidio de las privadas. Es que para ello están los estatutos regulatorios. No se le cierra las puertas a la iniciativa privada pero se le apoya. Como sucede en Brasil.
Pero entre nosotros el tema es esclavizante para el estudiante: sale egresado para ganar de pronto algo más que el salario mínimo porque el desempleo profesional es agudo. De ahí debe reservar cerca de doscientos mil pesos por mes durante muchos años para cancelar una deuda. Y si se atrasa se le cierran toda clase de créditos en todas partes. Es justo?
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