Quienes protestan buscan incluir en la reforma de la educación unas cuantas exóticas arandelas políticas

La columnista María Isabel Rueda cuestiona, en El Tiempo, los intereses reales de quienes están detrás de la protesta universitaria.

Las protestas estudiantiles son el alma de una sociedad y en muchas oportunidades han sido motor de la historia. No hay que temerles. No hay que reprimirlas. No hay que criminalizarlas. La juventud es la edad de protestar, porque el resto de la vida se va en reflexiones acerca de lo que no logramos cambiar. De manera que, ¡bienvenidas las protestas estudiantiles!

Pero, ¿no podrán colgar los pupitres de los postes de las calles sin trancar el tráfico? ¿Sin atentar contra los derechos del resto de la comunidad? ¿Sin realizar actos de vandalismo contra la propiedad común, como el Transmilenio? Pero, sobre todo, ¿protestar sin amedrentar a los estudiantes que no se quieren retrasar este semestre por cuenta de un disenso, que perfectamente se puede dar con la universidad funcionando?

Si se hace con respeto por los demás, que protesten los estudiantes. Así no tengan razón, como en este caso no la tienen.

Es que aún se escuchan arengas de este corte en medio de las protestas: ‘¡No al ánimo de lucro!’, ‘¡No a la privatización!’. Desafortunadamente, la carga política que tenía la propuesta de permitir inversión privada con ánimo de lucro en las universidades era tan grande que resultó más el costo de promoverla que la utilidad real de la fórmula en la práctica. Además, es un poco ridículo que los colegios de bachillerato puedan tener ánimo de lucro y la educación universitaria no. Pero a tal punto llega el problema ideológico, y eso hay que respetarlo, que los estudiantes no se han dado por aludidos de que esa propuesta ya no va, y continúan peleando contra ella.

Además, los que protestan pretenden que el Gobierno incluya en la reforma de la educación unas cuantas exóticas arandelas políticas. Un estudiante peludo que funge de vocero del estudiantado (muy peludo él, insisto, por cuenta del libre desarrollo de la personalidad), cada vez que tiene oportunidad de carear a la Ministra (que ante lo que escucha se mesa sus propios cabellos en agonía), le exige que la reforma educativa incluya una cláusula que diga que en Colombia no va a haber más plata para la guerra. Que no se va a permitir la entrada de más multinacionales al país a explotar los recursos naturales. Que se prohíba por Constitución el modelo neoliberal. Que se revoque el TLC. No sé por qué veo la mano de Piedad Córdoba y del senador Jorge Robledo en este tipo de arengas ideológicas…
Para no hablar de las visitas de los candidatos del Polo a la Universidad del Cauca, a la UIS y a la Universidad del Valle, según me han informado los propios estudiantes. Ojalá el proselitismo político tuviera respeto por las protestas estudiantiles, en lugar de tratar de explotarlas en provecho electoral propio.

Conclusión: lo normal es que las protestas callejeras de los estudiantes se propaguen con más velocidad que la varicela en un kínder. Nadie puede pretender que manifestaciones callejeras tan atractivas como la estudiantil en Chile, la de los indignados en España y la de los que tienen sitiado a Wall Street no inspiren a los estudiantes colombianos a salir a las calles a defender lo suyo. El asunto es que “lo suyo” probablemente sea también “lo nuestro”, lo de toda Colombia: la búsqueda incesante por una mejor calidad en la educación superior, mayor cobertura educativa, buen gobierno dentro de las universidades, mayor transparencia en la rendición de cuentas y más esfuerzos en innovación y en desarrollo científico.

¿Pero acaso eso no es lo mismo que inspira esta reforma?

Si yo tuviera la edad para salir a protestar, aquí les soplo esta idea: estaría protestando por que entre las primeras 150 mejores universidades del mundo no figure, ni de lejos, ninguna de Colombia.

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