Oct/26 Vargas Cano argumenta que la inteligencia artificial homogeniza la cultura, llamando a subordinarla éticamente al diálogo y tejido comunitario.
El estudio de la educación y la cultura revela, de manera consistente, que ninguna tecnología es inocente ni opera en un vacío social. La historia demuestra que cada nueva herramienta de mediación reconfigura el acceso al saber y altera las dinámicas de transmisión. Cuando la imprenta estandarizó los textos, cuando la radio llevó voces a territorios que solo conocían la oralidad comunitaria, o cuando la televisión impuso una gramática visual que en muchos hogares reemplazó el acto de narrar, se produjo una reestructuración profunda de los vínculos culturales. Cada innovación no solo facilita ciertos procesos; simultáneamente desplaza, silencia y reordena otros. En la actualidad, cuando la inteligencia artificial se presenta en los discursos hegemónicos como una aliada natural e indiscutible de la cultura de los pueblos, la mirada analítica y crítica exige suspender el entusiasmo automático para formular interrogantes fundamentales. Esta suspensión del juicio celebratorio permite observar que la irrupción de los algoritmos generativos en la esfera cultural no es un mero avance técnico, sino un fenómeno que redefine qué se entiende por producción, preservación y transmisión de sentido en las sociedades contemporáneas.
La primera de estas interrogantes aborda la naturaleza misma del impacto tecnológico: si la inteligencia artificial aporta genuinamente a la cultura de los pueblos o si, por el contrario, se limita a facilitar su sostenimiento en el tiempo. Esta distinción conceptual resulta crucial para cualquier análisis serio. Preservar una lengua originaria en un archivo digital, catalogar tradiciones orales mediante bases de datos o reconstruir textos antiguos a través de modelos de reconocimiento de patrones son tareas de sostenimiento. Son labores valiosas para la memoria histórica, pero no constituyen un aporte cultural en sentido estricto. Aportar a una cultura implica participar activamente en la generación de sentido nuevo, acompañar a una comunidad para que articule discursos inéditos, para que dialogue con otras tradiciones sin diluir su identidad y para que proyecte su cosmovisión hacia el futuro. Significa que la herramienta se subordina a la creación viva y no a su petrificación. Al observar las aplicaciones actuales de la inteligencia artificial en el ámbito cultural, se evidencia que la inmensa mayoría de los proyectos se circunscriben a la archivística y la preservación, manteniendo la cultura como un objeto de estudio del pasado en lugar de potenciarla como un sujeto creador del presente.
Esta limitación conduce inevitablemente a una segunda reflexión sobre la arquitectura y la intencionalidad de estos sistemas: si los modelos de inteligencia artificial se construyen pensando en la expansión cultural de los pueblos. La evidencia empírica y el análisis de la economía política de la tecnología indican que la respuesta es negativa. Estos modelos se diseñan y entrenan priorizando la escalabilidad comercial, la eficiencia de los mercados globales y la hegemonía lingüística y cultural del inglés. Los corpus de datos masivos utilizados para su entrenamiento presentan un sesgo desproporcionado hacia las lenguas dominantes y las narrativas del Norte Global. En consecuencia, las formas de razonar, argumentar y estructurar el relato que estos sistemas reproducen y normalizan responden a una epistemología occidental, predominantemente lineal e individualista. Por el contrario, la lógica circular característica de muchas tradiciones africanas, la narrativa comunitaria y relacional de los pueblos andinos, o la oralidad viva y contextual de las culturas aborígenes, quedan relegadas a la categoría de dato residual o ruido estadístico que el algoritmo optimiza para ignorar. No se trata necesariamente de una conspiración deliberada, sino de la consecuencia lógica de unos incentivos económicos donde las corporaciones tecnológicas rinden cuentas a sus accionistas y no a los consejos de ancianos, a las autoridades tradicionales ni a las comunidades que llevan siglos sosteniendo formas alternativas de habitar y entender el mundo.
Ante este escenario de asimetría estructural, surge una tercera cuestión ineludible relativa a las garantías existentes para que la inteligencia artificial cuide y proteja la cultura de los pueblos. Al examinar el panorama regulatorio y ético actual, se observa que las garantías son frágiles, insuficientes y, con frecuencia, de carácter puramente retórico. Aunque organismos internacionales como la UNESCO han aprobado recomendaciones sobre la ética de la inteligencia artificial que mencionan la importancia de la diversidad cultural, estos instrumentos carecen de fuerza vinculante. Las legislaciones nacionales, en los casos en que logran anticiparse al ritmo de la innovación, se redactan casi exclusivamente en clave de protección de datos personales y privacidad individual, dejando un vacío normativo profundo en materia de soberanía cultural colectiva. Cuando una comunidad deposita sus relatos orales, sus cantos o sus saberes medicinales en un sistema digital, no existe certeza jurídica real de que ese conocimiento no será absorbido para entrenar modelos comerciales lucrativos sin su consentimiento previo, libre e informado, y sin que genere beneficio alguno para la comunidad originaria. En la práctica, no existe un derecho al olvido cultural ni mecanismos eficaces de repatriación digital de saberes, lo que deja el patrimonio inmaterial de los pueblos a merced de la buena voluntad corporativa y de marcos legales que no fueron diseñados para proteger la diversidad epistémica.
Esta vulnerabilidad estructural da paso a la cuarta interrogante, quizás la más crítica: si la inteligencia artificial puede utilizarse como un instrumento para menoscabar el potencial cultural de los pueblos. Los estudios sobre el impacto sociocultural de los algoritmos confirman que este riesgo no es una hipótesis distópica futura, sino una realidad en curso. La homogeneización estética es uno de sus efectos más notorios; cuando millones de usuarios generan textos, imágenes y composiciones musicales utilizando los mismos modelos base, se produce una estandarización invisible que erosiona las aristas, las rarezas y las imperfecciones fecundas propias de cada tradición local. A esto se suma la erosión lingüística: cuando un asistente virtual responde con fluidez en idiomas hegemónicos, pero fracasa o alucina al intentar comunicarse en wayuunaiki, nasa yuwe, o emberá, por mencionar algunas en Colombia, se envía un mensaje implícito devastador a las nuevas generaciones sobre la inutilidad de su lengua materna para participar en el futuro tecnológico. Asimismo, se observa una apropiación extractivista donde símbolos, patrones textiles y narrativas sagradas son descontextualizados para alimentar bases de datos que luego los reproducen como meros motivos decorativos, despojados de su sentido ritual. Quizás el daño más profundo radica en la sustitución de la transmisión intergeneracional; si una comunidad delega en la máquina la tarea de contar su historia, se debilita el vínculo entre abuelos y nietos, perdiéndose el acto comunitario de narrar, el cual no es solo una transferencia de información, sino un ritual de presencia, afecto y construcción de identidad compartida.
No obstante, un análisis riguroso exige no clausurar el debate en la denuncia, sino explorar la quinta dimensión de esta problemática: las potencialidades reales de que la inteligencia artificial acompañe el crecimiento cultural y la difusión de los pueblos, siempre que se cumplan condiciones estrictas de gobernanza. Este horizonte positivo no es automático ni neutro; requiere decisiones políticas firmes, diseño ético situado y, fundamentalmente, agencia comunitaria. Bajo estas condiciones, la tecnología podría materializarse en herramientas de revitalización lingüística codesarrolladas con los hablantes nativos, funcionando como infraestructura viva para la enseñanza y el uso cotidiano, y no como vitrina turística para externos.
Podría traducirse en archivos de memoria interactivos que complementen, sin jamás reemplazar, la transmisión oral en los espacios comunitarios. Asimismo, ofrece la posibilidad de construir puentes de diálogo intercultural que traduzcan no solo palabras, sino marcos de sentido y cosmovisiones, permitiendo que pueblos de diferentes continentes conversen en sus propios términos. En el ámbito de la creación, artistas, narradores y sabios locales podrían apropiarse de estas herramientas para amplificar sus propias voces y proyectar sus estéticas a escalas antes impensables, utilizando la tecnología para llegar más lejos con su identidad intacta. La condición sine qua non para que estas potencialidades se materialicen es que la inteligencia artificial opere como un instrumento subordinado al servicio del pueblo, y nunca que el pueblo sea reducido a la condición de mero dato al servicio del algoritmo.
Desde la perspectiva de la educación, se comprende que formar a las nuevas generaciones no consiste únicamente en la transferencia de información, sino en la construcción compartida de sentido. La cultura, en su expresión más profunda, es precisamente ese proceso continuo mediante el cual una comunidad se interpreta a sí misma a lo largo del tiempo, con sus matices, sus silencios, sus celebraciones y sus memorias. Ninguna arquitectura algorítmica, por sofisticada que sea, puede reemplazar la presencia, la experiencia y el vínculo humano inherentes a ese proceso. Lo que la tecnología sí puede hacer es acompañarlo o entorpecerlo, enriquecerlo o empobrecerlo. La diferencia entre una trayectoria y otra no la determina la naturaleza del código, sino la madurez con la que cada sociedad decide integrar estas herramientas en su vida cotidiana, el rigor con el que se evalúan sus efectos y la claridad con la que se establecen sus límites. La tecnología no es un destino impuesto, sino una herramienta cuyo valor depende del propósito que se le asigne. Mientras la cultura de los pueblos no cuente con los espacios y los medios para participar de manera informada y decisiva en el diseño de las tecnologías que la representan, cualquier reflexión seria sobre el tema seguirá siendo necesaria. Una reflexión que recuerda, en última instancia, que la cultura no se archiva ni se procesa: se vive. Y que el acto de vivir y transmitir la cultura sigue requiriendo, hoy como siempre, la presencia irreemplazable del otro.
Referencias
– UNESCO. (2021). Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial. UNESCO. Recuperado del repositorio oficial UNESCO Digital Library (unesdoc.unesco.org).
– UNESCO. (2005). Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales. UNESCO. Recuperado del repositorio oficial UNESCO Digital Library (unesdoc.unesco.org).
– Naciones Unidas. (2007). Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Naciones Unidas. Recuperado del sitio oficial de las Naciones Unidas (un.org).
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Consultor y Conferencista de Tecnología Educativa
https://edutechiacol.odoo.com/
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