Oct/26 Cárdenas Támara, profesor de Educación de la Universidad de La Sabana y del Observatorio Iberoamericano de sociopolítica, cultura y ambiente- UPTC, recrea el encuentro de antropólogos y su charla sobre parentesco urbano, prostitución, cultura y la memoria universitaria.
El siguiente es un breve relato entre personas que fueron marcadas por su experiencia universitaria y que parte de reconocer el tiempo y las huellas hermosas que deja la vida universitaria entre los profesionales. Pueden pasar muchos años sin vernos, pero siempre existe el recuerdo y la amistad. Pueden pasar décadas y volvemos a encontrarnos con seres anclados en el corazón: el reencuentro es todo un acontecimiento, y su devenir nutre nuestra alma de nómadas urbanos. A veces pienso que el encuentro no ocurre en el tiempo, sino que el tiempo se pliega para que el encuentro, ya escrito, pueda leerse otra vez, en otro espacio, en otro tiempo del sentido o del sinsentido.
Consuelo, una hermosa mujer latina, llena de encanto y de conocimiento. Vicedecana en la Universidad Nacional. Su saber denso, reflexivo. Con su trabajo doctoral en lingüística ayudó a una comunidad murui-muinane, en las selvas de Colombia, a construir el alfabeto de su lengua. Antropóloga consagrada, dedicada al conocimiento y también, por destreza propia, a la administración. Pedro es antropólogo y arquitecto; su diálogo, pausado, es un deleite para quien todavía cree que conversar es una forma de habitar en las profundidades del decir y el nombrar. Tres antropólogos, yo entre ellos, reunidos en torno a una ciencia omniabarcante y pretenciosa: la antropología, llena de posibilidades y, por eso mismo, siempre a punto de perderse en sus propios mundos y conjeturas.
La reunión fue en Mesa Franca, en Bogotá. Comida criolla, mestiza, indígena, hecha con la obstinación de quien investiga una raíz para no convertirla en espectáculo. Afuera, la ciudad guardaba sus casas antiguas de Chapinero y Teusaquillo: casas grandes, de tres y cuatro generaciones, hoy oficinas o restaurantes, llenas de misterio y de reminiscencias. En esas habitaciones alguien durmió, alguien partió, alguien contó una historia que la casa conserva en la imaginación de sus nuevos huéspedes o comensales. Borges habría dicho que una casa es un libro cuyos capítulos se mudan de oficio. Yo digo, más simplemente, que Chapinero es un palimpsesto: debajo del restaurante sigue la sala, y debajo de la sala una conversación que nos marca con alegrías y tristezas.
La nuestra, como toda conversación de antropólogos, delataba el vicio de la mirada.
Después de los primeros abrazos y saludos, dije:
—No deja de llamarme la atención que, en determinados sectores de Chapinero que acabo de recorrer para llegar a este encuentro, observé prostitución a lo largo de la carrera quinta, entre las calles 69 y 65.
—Me sorprendió, al pasar hoy por la quinta, hacia el mediodía, ver tantas muchachas jóvenes que ofrecen abiertamente sus servicios en la calle. No hablo del barrio Santa Fe, que todos conocemos desde hace años. Fui habitante y vecino de Chapinero y de los Rosales. Hoy, al volver a Bogotá —resido en Chía hace ya más de tres décadas—, me siento pueblerino y me desconcierta ver una urbe de tantos contrastes. Confieso que me impactó ver a esas mujeres jóvenes en la calle ofreciendo sus cuerpos, desde una aparente jovialidad que me confronta.
Pedro dejó el vaso de cerveza a un lado.
—Hice una investigación sobre la prostitución en algunos barrios de Bogotá. ¿Y sabe qué? Además de la pobreza, que incide en su presencia en ciertos sectores, hay una organización social cuya lógica, en algunos casos, está ligada al parentesco: muchachas de dieciséis, diecisiete, dieciocho años ejercen el oficio que sus madres todavía ejercen o ejercieron, y que antes ejercieron las abuelas.
Callamos un momento. No por pudor intelectual, sino porque el dato tenía forma de laberinto. Una mujer enseña a otra un oficio que no quiso heredar y que, sin embargo, hereda. La calle repite una casa. La casa repite un nombre. Borges escribió alguna vez que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres; aquí la multiplicación se puede pensar como más lúgubre. No se multiplicaba un rostro. Se multiplicaba un destino, con la regularidad de un dato plasmado en un informe distrital, olvidado en algún anaquel de la Alcaldía de Bogotá. Escrito hace ya algunos años, y cuyo hallazgo es todo un acontecimiento social que está en los diarios o en la memoria de un antropólogo urbano.
Consuelo apoyó las manos sobre el mantel.
—La pobreza y las grandes desigualdades que vivimos en Colombia explican muchas cosas.
No salí de mi asombro.
—¿Ese dato fue publicado? —pregunté—. Nunca imaginé una prostitución ligada, en ciertos tramos, a mecanismos de parentesco.
—Quedó en un informe del Distrito —dijo Pedro.
Pensé que esa información daba para una publicación, y enseguida pensé lo contrario. Un informe del Distrito es ya una publicación que nadie lee: un manuscrito perdido en un cajón, como aquellos textos de Borges que existen solo porque alguien los cita. La diferencia es que este manuscrito tiene nombres, edades y una carrera quinta que nos sirvió de pretexto para rememorar el oficio de la antropología urbana. Consuelo, que había ayudado a fijar en signos una lengua murui, escuchaba ahora otra escritura, la de la calle, que no pide alfabeto y sin embargo se transmite desde codificaciones urbanas: signos de un sino que podríamos juzgar como expresión de los dolores de una civilización de raíces occidentales, en mestizajes que aún no hemos podido comprender del todo.
Pedro dejó el vaso de cerveza sobre el mantel, como si el dato pesara más que la cerveza.
—No hablo de una ley —dijo—. Hablo de algunos casos. Tres generaciones de una misma familia: la abuela ejerció, la madre ejerce o ejerció, y la hija, de dieciséis, diecisiete o dieciocho años, entra en el mismo oficio de sus madres o abuelas. La pobreza explica por qué eso aparece en ciertos sectores. El parentesco explica cómo, dentro de esos sectores, se aprende, se normaliza y se repite.
Consuelo no apartó las manos del mantel.
—Entonces no es siempre un contrato anónimo con la calle. Los proxenetas pueden ser, en algunos casos, sus propios padres.
—Sí —respondió Pedro—. En los casos que vi, la herencia era sobre todo materna. El padre aparecía a veces, no siempre. Es una herencia: la hija entra en un oficio que ya estaba circulando como expresión de la herencia social.
Callé un momento. En antropología, pensé, el parentesco no es simplemente la lista de los parientes. Es la estructura por la que una sociedad transmite bienes, nombres, oficios y destinos. Aquí el bien transmitido es un oficio que se dispone y exhibe en la economía sexual de la calle. Por eso el dato tenía forma de laberinto: la calle repetía la casa, y la casa repetía un nombre, desde el espacio burgués de un restaurante de sabores colombianos. Ironía, sarcasmo o tragedia. Cómo llamarlo, pensé.
—El informe del Distrito lo habrá registrado como cifra —dije—. Nosotros, en esta mesa, lo escuchamos como sino. Un destino que se copia cuando fallan las otras estructuras de acogida: la escuela, la familia extensa, el trabajo, el barrio. Queda la línea materna como único canal.
Consuelo asintió, con la cautela de quien ha fijado alfabetos y sabe que un signo no es el mundo.
—En algunos casos —repitió—. Una pauta observada, no una ley. Si lo convertimos en ley, dejamos de ver a las mujeres y vemos solo el esquema.
Pedro abrió apenas las manos.
—Por eso quedó en un informe, y no en un libro. El informe soporta el «algunos». El libro, casi siempre, quiere el «siempre», o fijar una ley de parentesco.
Les hablé de lo que vengo trabajando con Lucía, mi esposa: los círculos existenciales, donde este tipo de relatos deben recogerse como expresión etnográfica de nuestros saberes existenciales, de nuestros sentidos y sinsentidos en el ámbito de una antropología de lo cotidiano.
Pedro abrió los brazos y trazó con ellos un giro lento. Y con voz profunda djo:
—Pues esto que tenemos acá son esos círculos existenciales.
Asentí. Soy de los que creen que la antropología es la ciencia maestra de las ciencias sociales. Sus aportes han tocado todas las áreas del conocimiento, de las sociales a las naturales. Y añadí, con la pena de quien dice una verdad sin importancia:
—Lástima que la antropología ocupe una realidad tan precaria en el medio colombiano y sea una disciplina tan poco reconocida en las propias estructuras universitarias.
Consuelo defendió el oficio.
—En Colombia la disciplina ha sido fundamental para la consolidación de un Estado social dialógico, basado en el reconocimiento de la diferencia y en la búsqueda de soluciones a los problemas de la nación. Ahora, en la actual coyuntura gubernamental, tenemos que orientar nuestros esfuerzos hacia el estudio de la necrofilia en la política.
Los tres estuvimos de acuerdo. La reflexión antropológica abre horizontes que otras miradas no detallan. La realidad que contó Pedro —redes de intermediación en la prostitución juvenil que, en algunos casos, se apoyan en el parentesco— era una de esas miradas. No una tesis sobre el mal. Una descripción de cómo el oficio se hereda cuando, dentro de la organización social, fallan las estructuras de acogida.
Ahora bien, convinimos, nuestras observaciones no son infalibles. Hoy la disciplina está marcada por las epistemologías del sur y por una crítica neocolonial casi permanente a todo lo que sea occidental.
—No somos occidentales —dije yo, para picarles la lengua a mis colegas—. Estamos occidentalizados.
—Exactamente —afirmaron al unísono.
—Sobre ese tema soy un tanto crítico —dije—, pero no tiene que ser objeto de discusión o pelea. Soy de los que creen que la densidad histórica de los últimos sesenta años nos ha impedido construir una síntesis teórica juiciosa que nos permita analizar la riqueza de datos que ha proporcionado la antropología, como ciencia del hombre y la cultura. ¿Sabemos realmente qué es Occidente? ¿De qué Occidente hablamos cuando negamos su fuerza colonizadora o civilizadora?
Nos quedamos con la pregunta, que desde cierto aire borgiano nos impide cerrar el cuento del encuentro, cuyos laberintos, como nuestras vidas, siempre tienen segundos y minutos infinitos. Afuera, las casas de Chapinero seguían reflejando las generaciones que han habitado sus recintos y caminado sus calles. Adentro, tres antropólogos, con alma de universitarios y de aprendices incansables, un poco ya llenos de canas, repetían un encuentro que, estoy seguro, ya había ocurrido y volverá a ocurrir —ya más viejos—, con otras palabras y el mismo asombro, cuando pasen otras décadas y el corazón vuelva a reconocer a los suyos.
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