Mensajes de la WHEC, un llamado de atención para que Ed. Sup. colombiana se “pellizque”

Mayo 23/22 Gobierno e IES deben superar eternos debates sobre autonomía, financiamiento y calidad, y dar respuestas a lo que la sociedad le pide y poco se reflejan en las políticas públicas.

Con respecto al promedio de la región (América Latina y el Caribe), Colombia tiene importantes desarrollos e indicadores de su educación superior (tasas de cobertura, maduración de su sistema de calidad, sistemas de información, legislación y mecanismos de control, entre otros), pero eso no significa que sea la mejor educación superior.

El avance de los demás continentes, por ejemplo, en modelos de reconocimiento de estudios y de títulos, y que en América Latina se ha intentado, en innumerables encuentros, desde comienzos de los años 70, es un ejemplo de la necesidad de buscar más integración regional, al tiempo que mirar hacia la realidad mundial.

El mal llamado “sistema de educación superior” colombiano (que en la práctica no es un sistema sino una aglomeración de instituciones, actores e intereses, sin un gobierno unificado, construcción colectiva y metas comunes, como país), ha “vendido” la idea de que lo realmente importante gira en torno de los procesos de calidad de las IES (el llamado SAC, o sistema de Aseguramiento de la Calidad, que reúne los procesos de registro calificado y de acreditación); que lo clave es superar las tensiones por la gratuidad educativa y la financiación de la universidad pública (en deterioro de los estudiantes de las IES privadas); que la virtualidad ayudó en la pandemia pero que no habría que darle mucha importancia; que hay que trabajar por los poco oficiosos y muy inútiles rankings; que lo determinante es la autonomía universitaria y los propios discursos internos sobre los modelos educativos, sus apuestas curriculares y los resultados de aprendizaje; que sólo es posible obtener calidad con rigurosos sistemas de admisión o excelentes bachilleres; y otros más dentro de un largo etcétera que, en últimas, se ha diseñado para justificar el clasismo, la competencia, el negocio y el prestigio, más que el crecimiento, como país, de su sistema social, de la productividad y de la equidad.

No en vano, la Unesco ha advertido de la necesidad de pasar de considerar la educación superior como algo elitista, discriminatorio y a veces ajeno a sus tareas públicas, a hacer posible el derecho de las personas a la ES, mediante un acceso equitativo, bien financiado y sostenible.

La Conferencia Mundial de Educación Superior (WHEH) que acaba de darse en Barcelona, en su hoja de ruta para los sistemas educativos (denominada “Más allá de los límites. Nuevas formas de reinventar la educación superior” (Clic para descargar el documento), de forma técnica le está diciendo a sistemas educativos, como el colombiano, que basta de “mirarse al ombligo”, de pensar únicamente en su “negocio” de matricular estudiantes, de compararse entre sí a ver cuál es mejor, de creer que su modelo universitario tradicional sigue teniendo vigencia plena, que las mejores universidades son las que tienen antiguedad, presencialidad plena, apellido o recursos, que la única investigación efectiva y de fondo es la que ellas producen, y que un sistema con calidad es aquel que se condiciona con requisitos, trámites, trabas y modelos predefinidos de evaluación de la calidad, entre otros aspectos.

En un diagnóstico y propuestas generales, pero contundentes, las apuestas de la UNESCO le están diciendo a “sistemas”, como el colombiano, que aspectos como la evaluación de la calidad y el desarrollo de un modelo de financimiento que reconozca la educación como un derecho universal, ya deben hacer parte de una realidad, propia de cualquier Nación que apueste por la educación superior, y por lo mismo, que no se empantanen en dichas discusiones. Asimismo, que la rendición de cuentas y modelos de gobernanza (ahora de moda en el discurso colombiano) son realidades que deben ir más allá de la buena voluntad de las IES y de una errónea interpretación de su autonomía.

“Si bien la autonomía es un elemento esencial para el libre ejercicio de las competencias profesionales del profesorado y para la libre búsqueda del conocimiento, no debe ser sinónimo de evitar la rendición de cuentas ante los fines públicos propios de toda institución educativa, incluido el uso eficiente y eficaz de los recursos públicos. Esta cuestión no puede dejarse únicamente en manos de la buena voluntad de quienes participan en la prestación de servicios educativos. Cualquier sistema que funcione bien necesita contrapesos y controles que garanticen que los fines públicos prevalecen sobre los intereses privados, y que los recursos públicos se invierten con transparencia y de la mejor manera posible”. Una lectura entre líneas dirá que, para el caso colombiano, es un respetuoso regaño e invitación a que ciertos rectores y asociaciones replanteen su estilo de buscar reivindicaciones y tensiones con entes como Mineducación.

En dicho orden de ideas, el planteamiento de la Conferencia le está advirtiendo a países, como Colombia, que su educación superior, su universidad, debe repensarse, ir más allá de lo que viene haciendo, rendir realmente cuentas (a los demás actores de la sociedad y no sólo a los mismos actores del sistema), darse cuenta que el mundo del trabajo y el conocimiento no necesariamente gira en torno de la Universidad, sino que la educación superior es una de las aristas para ello, y que los grandes conflictos de la humanidad (como, por ejemplo, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, la persistencia de los conflictos armados, la desigualdad de ingresos y el declive general de la democracia) no pueden dejar de ser contenidos simples del estudio universitario, sino realidades sobre las que los sistemas educativos tienen que actuar. Como lo advirtió Stefania Giannini, Subdirectora General de Educación de la UNESCO, se debe “reimaginar juntos nuestro futuro con la educación en el centro. Hago un llamamiento a la gran familia de todas las partes interesadas en la educación superior que están hoy aquí para que se sumen… En última instancia, se trata de reforzar las condiciones para la paz, que hoy está gravemente amenazada”.

“Seguir haciendo lo mismo (business as usual) no es suficiente ni aceptable para garantizar que las personas ejerzan plenamente su derecho a la educación superior en sociedades libres, pacíficas y justas”, advierte el documento.

Paradójicamente, la “nueva” o “reinventada” educación que se espera, de parte de los gobiernos y los sistemas, además de abordar dichos temas geopolíticos y estratégicos a nivel mundial, también debe encarar, de una vez por todas, muchos temas que, en modelos como el colombiano, se han advertido por diversos actores pero los roces, intereses y lentitud del sistema, no han dejado evolucionar.

Que la educación para toda la vida ya no es una tendencia, sino que tiene que ser una realidad; que las microcertificaciones no es algo de unos pocos sino de todas las instituciones; y que la movilidad entre sistemas, reconocimiento de aprendizajes, marcos de cualificaciones y potenciación de aprendizajes previos, no son un capricho del gobierno de turno o un tema de desgaste entre las IES y las instituciones que no son de educación superior.

Bien lo advierte el documento: “Si tenemos en cuenta que (i) la esperanza de vida ha aumentado y seguirá haciéndolo, (ii) las condiciones socioeconómicas son complejas y dinámicas, por lo que las personas tienen necesidades educativas en momentos muy diferentes de la vida, (iii) la plena madurez se alcanza mucho más tarde de lo que creíamos, (iv) los cambios demográficos están modificando el perfil de nuestras poblaciones, y (v) que no hay por qué suponer que la oferta de educación superior se limita a programas de tiempo completo dirigidos a jóvenes recién egresados de la educación secundaria, entonces no hay razón para limitar el acceso a la educación superior en lugar de abrirla a todos”.

Otro paradigma que rompe la conferencia: ¿La educación para los mejores?. Definitivamente la respuesta es que la educación es para todos, y por lo mismo “es sensato considerar los sistemas educativos en función de la población a la que sirven (y no en función de lo que imparten) y de la evolución de las necesidades de las personas a lo largo de su ciclo vital”, de tal forma que, llámese universidad, instituto, centro, escuela, institución técnica o tecnológica, entre otras muchas formas de educación, el reto es universalizar una educación acorde con las realidades de la población a formar. Para el caso colombiano, una interesante reflexión sobre si las mejores universidades son las “tradicionales”, de élite económica y de conocimiento, o aquellas que le apuestan a la cobertura y logran crecer social y profesionalmente a sus estudiantes.

De frente lo dice el documento: “Un problema importante que subyace a esta situación es la visión jerárquica de las ocupaciones y los tipos de instituciones. Para muchos, el trabajo académico en las universidades elitistas tiene un valor intrínseco superior al de otras formas de actividades de aprendizaje y formación más aplicadas. Esta visión jerárquica ha relegado tanto las bellas artes como las artes escénicas, los deportes y los programas tecnológicos y profesionales a una posición relativa inferior. Al mismo tiempo, las humanidades (que son esenciales para cualquier experiencia educativa) y, en algunos casos, las ciencias sociales, se han visto menoscabadas. Además, los programas no académicos (como los que están más orientados a la profesión o a la práctica) se consideran una especie de ES de segunda clase”.

Un texto que pareciera haberse redactado por parte de los rectores de las IES colombianas (y que el Ministerio de Educación pareciera nunca haber escuchado) es la intivación a que “es necesario suprimir las disposiciones reglamentarias que limitan los itinerarios flexibles y la articulación entre programas e instituciones”. Al fin y al cabo, se debe apostar por pasar “de un modelo industrial de enseñanza a experiencias de aprendizaje superior pedagógicamente informadas y tecnológicamente enriquecidas en las que los alumnos gestionan sus propios itinerarios de aprendizaje”.

Muchos de estas ideas ya han sido planteadas en Colombia, y muy pocos se han atrevido a dar pasos. Ojalá que lo visto en la Conferencia Mundial anime, por ejemplo a miembros del CESU, y del Ministerio, que estuvieron en Barcelona, además de rectores influyentes, a una aceleración en el trabajo y en las políticas públicas al respecto, más allá, e independientemente, del nuevo gobierno que se posesione el próximo 7 de agosto.

Información relacionada: Un balance general de la Conferencia Mundial de Educación Superior 2022: Reinventar la Ed. Sup.

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