Minerva, o la universidad revolucionaria que compite con Harvard y MIT

Marzo 13/19 Nació hace pocos años, no tiene aulas y sí 7 sedes en ciudades del mundo, y con una matrícula más baja que Harvard y MIT, ya muestra iguales o mejores resultados de calidad, con un paradigma educativo diferente.

Se llama Minerva, es privada, y opera en San Francisco (Estados Unidos).

Sus gestores, siguen los preceptos consignados en diferentes encuestas por el sector empresarial, que poco le importan los diplomas y más bien le apuestan a jóvenes con capacidad para comunicarse y trabajar en equipo.

En Minerva, se sigue la consigna del “Aprendizaje Efectivo”. Los estudiantes, toman clases y simultáneamente desarrollan  proyectos y realizan prácticas en las empresas. Cada semestre es una experiencia distinta, que los lleva a  sub-sedes en seis ciudades del mundo: Londres, Berlin, Hyderabad, Seul, Taipei y Buenos Aires.

Al comando de la institución, están el empresario Ben Nelson, Egresado de la Universidad de Pensilvania y expresidente de la empresa de comercio electrónico Snapfish, y Stephen Kosslyn, un neurocientífico, egresado de la Universidad de Stanford Harvard y ex-decano de Ciencias Sociales de la Universidad de Harvard.

En su despegue, Minerva cuenta ya con más de 200 alumnos, procedentes de mas de 60 países, distribuidos en 5 facultades: Ciencias computacionales, Artes y Humanidades, Negocios, Ciencias Sociales y Ciencias Naturales.

Compite con las grandes

Mientras que Stanford, el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y el selecto grupo Ivy League (que incluye a Harvard y Yale) tienen una media de solicitudes por curso de 38 mil y los porcentajes de admisión oscilan entre el 4% y el 7%, ahora llegó Minerva, que en el último curso recibió 23 mil solicitudes y aceptó el 1,2%, 1.300 más que en el MIT.

Su apuesta está en demostrar que una educación de élite no es sinónimo de una educación para los más ricos.

No se trata de una institución centenaria, ni acumula premios Nobel entre sus alumnos, ni ofrece un campus espectacular. Al contrario, Minerva —que también es un centro privado— tiene poco más de cuatro años de vida y ni siquiera cuenta con aulas. Las clases se siguen online, a través de una plataforma que las retransmite en directo.

El sistema universitario, dice Nelson, es arcaico y está pensado para un mundo que ya no existe. “El problema es que las universidades están haciendo un buen trabajo, pero para el mundo de ayer. No están adaptadas a este mundo, en el que cambias de carrera, haces cosas muy diferentes y necesitas una transferibilidad”, critica.

La idea tradicional de que la universidad se encarga de enseñar a sus alumnos a hacer una sola cosa, aunque a un alto nivel —ser abogado, médico, matemático… —, es “falsa”, dice. “El trabajo de las universidades es, en primer y más importante lugar, darte acceso a un conjunto de herramientas que se puedan transferir a cualquier situación, sin importar cuál es el camino que decidas emprender. Y después, entrenarte en el campo en el que estés interesado”, asegura. “Pero ese primer elemento es lo que las universidades generalmente ignoran. Y eso es un desastre”.

Sin campus ni aulas

El proyecto Minerva, que en 2012 consiguió 25 millones de dólares en financiación del fondo de inversión Benchmark Capital, arrancó en 2014 con apenas 69 alumnos y entre dudas por lo desconocido y singular de su propuesta. Para empezar, en las pruebas de acceso no se tienen en cuenta los resultados del SAT (el equivalente a la selectividad en EE UU), sino que han diseñado su propio proceso de admisión para seleccionar a estudiantes con el mérito como único criterio. Tampoco hay campus. Los alumnos comienzan su andadura de cuatro años en San Francisco, donde viven en una residencia común con el resto de compañeros y asisten a las clases interactivas de forma virtual (aunque niegan ser una universidad online). Después, cada semestre viajan y viven en otros seis países y ciudades diferentes.

“Exponemos a los estudiantes a cómo funciona realmente el mundo”, explica su responsable. Las clases tienen un máximo de 20 alumnos y bajo ningún concepto pueden ser lecciones magistrales. “No funcionan. Se ha demostrado que solo se produce un 10% de retención”. La universidad ofrece de momento cinco títulos —en Artes y Humanidades, Ciencias Computacionales, Ciencias Naturales, Ciencias Sociales y Negocios— en una concepción abierta de lo que debe ser un currículum académico. La idea es formar a profesionales flexibles capaces de moverse en entornos complejos y de adaptarse a los cambios drásticos que, seguramente, vayan a tener afrontar en cuanto comiencen su andadura laboral.

El debate sobre cómo educar a los ciudadanos del futuro no es nuevo ni exclusivo de Minerva, sino que está en lo alto de la lista de prioridades de cualquier institución educativa. La fórmula que propone esta universidad es focalizar el aprendizaje no tanto en un cuerpo de conocimiento que se recibe de forma pasiva, sino en habilidades más profundas y transversales que se trabajan de forma activa: el pensamiento crítico, la resolución creativa de problemas, la comunicación eficaz… Pero ese discurso tampoco es nuevo. “Cualquier universidad del mundo dice que enseña todo esto”, reconoce Nelson. “Pero si les preguntas cómo lo hacen, te dirán que te enseñan Historia, o Ciencias… y luego el resto de cosas las aprendes por accidente”. Durante el primer curso, los estudiantes se dedican en exclusiva a trabajar esa base intelectual y no tanto a recibir conocimiento técnico.

Cuatro años después de que los primeros alumnos inauguraran las peculiares no-aulas de Minerva, el número de estudiantes que quieren engrosar sus filas no para de crecer. Las casi 2.500 solicitudes del primer curso se han multiplicado por nueve y el porcentaje de admisión ha caído del 2,8% al 1,2%, a pesar de que la universidad no tiene un tope de plazas.

¿No contribuye esto a reforzar la idea de que una educación superior de calidad es una educación reservada para unos pocos? “Somos la universidad más selectiva de EE UU, pero tenemos un 90% de estudiantes extranjeros y nuestro alumnado es más diverso socioeconómicamente que en cualquier otra universidad del país”, señala Nelson. “Lo que ocurre en las universidades tradicionales más selectivas es que dan enormes ventajas a los solicitantes con más recursos”. Mientras la mitad de los estudiantes de la Ivy League pagan de media unos 70.000 dólares al año, explica, en Minerva el 80% de sus alumnos no puede permitirse más de 30.000 dólares. La cifra está a años luz de lo que cuesta la universidad en España, pero muy en sintonía con los precios en EE UU(entre 40.000 y 50.000 dólares por curso, según el College Board).

Adaptación de EL País, la propia Universidad y Revista Corrientes