Nuevos retos para el aprendizaje y la enseñanza: Oscar G. Hernández – enero/23

Nuevos retos para el aprendizaje y la enseñanza: Oscar G. Hernández – enero/23

Para Oscar G. Hernández, Profesor de la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia en su escrito titulado “El aprendizaje y la enseñanza en la universidad: ¿Decadencia o transformación?”

Recientemente hemos conocido en redes sociales, y en otros medios de comunicación, varias historias sobre lo que acontece actualmente en las universidades colombianas: estudiantes que acuden al plagio, decanos que solicitan a los profesores asignar mejores calificaciones a los estudiantes, bajos niveles de comprensión lectora, y extremo rechazo estudiantil a la exigencia académica. También se han publicado textos más formales, en revistas académicas, donde se analiza la incidencia de las políticas de educación superior sobre la autonomía universitaria, y sobre el trabajo de los profesores y profesoras. -Seguramente cada uno tendrá una anécdota al respecto-.

Es evidente que toda esa información refleja un conjunto de cambios para los cuales no estamos preparados, tal vez porque aún no los entendemos o porque no concuerdan con nuestras creencias sobre lo que debe ser y sobre lo que debería ocurrir en una universidad. Desde luego, esto no significa que justifiquemos el relativismo, donde todas las opiniones son válidas en sí mismas, lo cual obstruye la comprensión profunda de un hecho o de un fenómeno. En cambio, me parece adecuado que nos esforcemos por comprender de modo argumentado lo que está ocurriendo, para pensar con cautela posibles alternativas.

Una idea general en la que concuerdan los especialistas en educación es que la baja exigencia académica en las universidades se debe a la supremacía de los intereses comerciales sobre los intelectuales. Aunque se entiende que en una universidad (especialmente en una privada) es importante el equilibrio financiero, es decir, mantener una cantidad mínima de matrículas para garantizar su funcionamiento, esto ha trasladado y exacerbado la noción del “cliente tiene la razón” al ámbito universitario. Ya desde hace más o menos quince años se están incrementando las quejas estudiantiles por la exigencia académica de sus profesores.

Además de la supremacía de los intereses comerciales sobre los intelectuales, considero que existen por lo menos tres razones que nos ayudarían a comprender lo que se viene describiendo. Una es la creciente pérdida de la autoridad de los docentes universitarios -lo que no es tan nuevo porque esto ya les ocurrió hace años a los profesores escolares-. Esta pérdida de autoridad se debe en parte a que el conocimiento especializado circula libremente en el mundo digital. Así como hoy en día cualquiera puede “refutar” un diagnóstico médico porque vio en la internet información más detallada, la especificidad del conocimiento universitario también circula libremente.

El problema reside en que el conocimiento universitario debe ser enseñado, aprendido, y también pensado. No basta con consultarlo en la internet. De aquí se deriva la segunda razón para considerar: la difusión de la idea de que aprender es fácil. Por el contrario, la evidencia empírica reciente en psicología de la educación y en neurociencias indica que aprender contenidos académicos requiere (mucho) esfuerzo. Lo más preocupante es que la difusión de la facilidad del aprendizaje se realiza a través de supuestos modelos pedagógicos “innovadores” o de soluciones didácticas que minimizan el esfuerzo. Si uno cree que aprender es fácil tendrá hostilidad ante cualquier exigencia para hacerlo.

De todas formas, esforzarse para aprender no necesariamente tiene que ser un infierno. Por esto, la tercera razón que explicaría la situación actual es que las condiciones organizacionales universitarias dificultan la enseñanza especializada. Creo que todos coincidimos en que saber algo no garantiza la capacidad para enseñarlo, y además, que enseñar es una actividad supremamente difícil. También, en psicología de la educación y en otras ciencias, hay conocimiento y evidencia empírica dirigida a mejorar la enseñanza. Esta no se reduce a la aplicación descontextualizada de “técnicas o procedimientos estandarizados”, sino al fundamento de una relación entre contenidos disciplinares, rasgos de personalidad del profesor o profesora, recomendaciones cognitivas sobre la retroalimentación y estructura de contenidos, y conocimientos previos de los estudiantes. De ese modo, es recomendable estar al tanto de esa información e impulsar procesos reflexivos sobre el ejercicio docente. ¿Las universidades promueven este tipo de actividades?

La pérdida de autoridad docente, la difusión de la facilidad del aprendizaje, y los obstáculos organizacionales para la enseñanza; se entrelazan para formar una verdadera amalgama que instituye y comienza a legitimar los cambios que todos estamos viendo en las universidades. Como en toda reacción a un cambio, es probable que podamos calificarlo como una decadencia -con cierta nostalgia-, o que lo entendamos como una transformación hacia algo que no podemos prever -lo cual es difícil de aceptar-. Lo que sí es claro, es que saber cálculo de una variable, filosofía hegeliana, estequiometría, procedimientos quirúrgicos, materiales para estructuras, o esteticidad, entre muchas otras opciones del mundo profesional o del conocimiento científico, requiere, insisto, ser enseñado, aprendido, y pensado.

A pesar de que esta situación pareciese generalizada, afortunadamente también existen comunidades académicas y profesionales que vienen planteándose seriamente estos problemas. La didáctica y el pensamiento pedagógico en la universidad son importantes, y requieren alimentarse de toda la investigación reciente de las ciencias de la educación. Además, aún falta por tratar la perspectiva estudiantil sobre la institución universitaria, que como algunos estudios indican, ya no es tan atractiva para los jóvenes. Ese tema requiere otro espacio para discutirlo. Por ahora es claro que nuestras creencias y valores sobre la universidad nos siguen impulsando a pensarla.

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