Obsesión del sistema por los doctorados está perjudicando la buena docencia

Enero 28/21 Miryam Ochoa es una de las más reconocidas formadoras de educadores en el país, y critica la presión del sistema por tener doctorados, afectando la calidad.

Ochoa, quien es profesora emérita de la Universidad Externado de Colombia, devela realidades que muchos comentan pero que escasamente el Ministerio, los rectores y las asociaciones se atreven a señalar: Que el afán por los rankings está desviando la misionalidad universitaria, que se están formando doctores para áreas en las que no se necesitan, que un buen doctor no siempre es un buen profesor, y que están apareciendo programas doctorales de muy dudosa calidad, entre otros aspectos.

Este es el análisis de Ochoa, titulado “SOS por los profesores”

La carrera desaforada de las universidades del país por figurar en los ranqueos, colocando en segundo lugar su función sustantiva de formar ciudadanos y profesionales, ha terminado por convertirse en un lastre para la calidad de la educación.

Es cierto, necesitamos doctores pero ¿para qué? es la pregunta que debemos hacernos. Un doctorado forma personas que quieren dedicarse a la investigación y profundizar en un tema específico para volverse expertos en un área particular de ese tema. Sin embargo, en nuestro país, se espera que un doctor deba saber y saber hacer de todo, menos investigar. Los vemos ejerciendo como rectores, vicerrectores, decanos, evaluadores y funcionarios públicos, y un sin fin de cargos administrativos, sin ocuparse del rol para el cual se preparó: investigar. La razón fundamental: en las universidades su título cuenta para ascender en los ranqueos.

Se nos ha olvidado que en la educación superior no solo se investiga, también y sobre todo, se forma. Y un buen doctor no siempre es un buen profesor porque no recibe la formación para serlo.

Veo con preocupación cómo se discrimina al buen docente por no tener el título de doctor, aún si sus estudiantes lo evalúan positivamente y se demuestre que los han formado para ser buenos profesionales y ciudadanos.

Considero que ha llegado el momento de revaluar esta tendencia que se ha vuelto algo perversa: sí, necesitamos universidades de talla mundial, que aporten al desarrollo del conocimiento y compitan con las mejores y más antiguas del mundo, pero no todas pueden ni quieren llegar a serlo. Hay instituciones pequeñas, de reciente creación, comprometidas con el desarrollo local y regional, que están siendo castigadas, por mirar hacia adentro, hacia su entorno y desarrollo de la región.

Si algo caracteriza nuestro sistema educativo es su diversidad y que desde lo normativo, se respete nuestra multiculturalidad. Pero, desde algunas instancias del Estado, en especial el Consejo Nacional de Acreditación, la CONACES, el Consejo de Educación Superior y Colciencias, se promueve y esta carrera desaforada por contar con doctores como si con ello automáticamente mejore la calidad y pertinencia de la oferta educativa.

Lamentablemente, esta imposición ha hecho que un número importante de profesores cursen estudios en instituciones internacionales de baja calidad que ofrecen programas mal llamados doctorales, con un mínimo de requisitos de admisión y grado. A esto se suma la poca inversión destinada en nuestro país a la investigación por parte del Estado y las propias universidades.

Ojalá dediquemos un tiempo a reflexionar sobre este tema puesto que, si bien en los últimos años, la cobertura de la educación superior se ha incrementado en un 30%, paradójicamente los buenos profesores son cada vez menos valorados. También es hora de crear incentivos para quienes enseñan y forman, y no solo para quienes publican y se alejan de las aulas.

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