Pensar, sentir y estudiar en la era de la Inteligencia Artificial: Luis Fernando Vargas Cano

Pensar, sentir y estudiar en la era de la Inteligencia Artificial: Luis Fernando Vargas Cano

Oct/25 Vargas Cano, consultor de Tecnología Educativa, advierte que la irrupción de la inteligencia artificial en la educación superior latinoamericana está transformando las prácticas académicas y las dimensiones esenciales del desarrollo humano —hábitos de estudio, pensamiento divergente e inteligencia emocional—, lo que obliga a las universidades a integrar estas tecnologías de manera crítica, ética y humanista para formar ciudadanos creativos, empáticos y resilientes. https://edutechiacol.odoo.com/

En las últimas décadas la inteligencia artificial (IA) ha dejado de ser un tema exclusivo de laboratorios tecnológicos para convertirse en una presencia cotidiana en la vida de millones de jóvenes. En América Latina, donde la educación superior enfrenta desafíos históricos de acceso, calidad y pertinencia, la irrupción de herramientas basadas en IA ha generado transformaciones profundas —y a menudo ambiguas— en la experiencia formativa de la población universitaria. Más allá de su impacto en la infraestructura digital o los planes de estudio, la IA está reconfigurando dimensiones fundamentales del desarrollo humano: los hábitos de estudio, el pensamiento divergente y la inteligencia emocional. Estos tres ejes, por mencionar solo tres, no solo definen la capacidad académica de los estudiantes, sino también su potencial para actuar como ciudadanos críticos, creativos y empáticos en sociedades cada vez más mediadas por algoritmos.

Uno de los cambios más visibles se observa en los hábitos de estudio. Tradicionalmente, estos se construían a partir de prácticas como la lectura atenta, la toma manual de apuntes, la elaboración de resúmenes propios y la discusión en grupo. Hoy, muchos estudiantes latinoamericanos complementan —o incluso sustituyen— estas actividades por interacciones con asistentes de IA capaces de sintetizar libros en minutos, resolver problemas matemáticos paso a paso o generar ensayos completos a partir de una simple instrucción. Para una generación que frecuentemente concilia estudios con empleos informales, responsabilidades familiares o largos trayectos de transporte, estas herramientas representan una vía legítima para optimizar el tiempo. No obstante, este beneficio práctico conlleva riesgos cognitivos significativos. Como advierte el psicólogo educativo Daniel Willingham (2023), cuando los estudiantes delegan la construcción del conocimiento a una máquina, pueden caer en lo que él denomina la “ilusión de competencia”: creen que comprenden un tema porque una IA lo explicó con claridad, pero no han desarrollado internamente las conexiones neuronales necesarias para recordarlo, aplicarlo o cuestionarlo. Investigaciones recientes del Laboratorio de Innovación Educativa de la Universidad de los Andes (2024) confirman que, sin una guía pedagógica explícita, el uso pasivo de la IA tiende a debilitar la memoria de trabajo y la capacidad de razonamiento profundo. Frente a este panorama, instituciones como la Universidad de Chile y la Universidad Nacional de Córdoba en Argentina, han comenzado a incorporar módulos de “alfabetización en IA” en sus programas de inducción, orientados no a prohibir estas tecnologías, sino a enseñar a usarlas como socios críticos en el proceso de aprendizaje, preservando así la agencia intelectual del estudiante. En este sentido, la verdadera innovación no radica en la adopción de la tecnología, sino en la formación de jóvenes capaces de discernir cuándo la IA es una aliada y cuándo es un obstáculo para su propio desarrollo cognitivo.

Paralelamente, la IA está redefiniendo las dinámicas del pensamiento divergente — esa capacidad humana fundamental para generar ideas originales, múltiples y no convencionales, esencial en disciplinas que requieren innovación, diseño o resolución creativa de problemas. En este ámbito, los modelos generativos pueden actuar como catalizadores: al proponer analogías inesperadas, combinar conceptos de campos dispares o sugerir enfoques alternativos, amplían el horizonte cognitivo del estudiante. La investigadora chilena Dra. Valeria Muñoz (2023) ha señalado que, en contextos donde el miedo al error inhibe la expresión creativa —una realidad común en sistemas educativos latinoamericanos centrados en la evaluación estandarizada—, la IA puede funcionar como un “espacio seguro” para explorar ideas sin juicio inmediato. Sin embargo, este potencial estimulante coexiste con un riesgo opuesto: la homogenización del pensamiento. Dado que los grandes modelos de lenguaje se entrenan con datos masivos extraídos predominantemente de internet, tienden a reproducir patrones dominantes, sesgos culturales y soluciones convencionales.

Un estudio del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (2023) encontró que, en tareas abiertas de ensayo o propuesta de proyectos, los estudiantes que dependían excesivamente de asistentes de IA producían respuestas notablemente similares entre sí, con menor diversidad conceptual y estilística. Este fenómeno subraya la necesidad urgente de que las universidades diseñen actividades que incentiven la originalidad, la toma de riesgos intelectuales y la confrontación crítica con las salidas algorítmicas. Solo así se podrá asegurar que la IA amplíe —y no limite— el espectro de la imaginación universitaria, permitiendo que los jóvenes latinoamericanos no solo consuman ideas, sino que las transformen y reinventen.

Además de transformar los procesos cognitivos, la IA también está influyendo en la dimensión afectiva de la formación universitaria, particularmente en lo que respecta a la inteligencia emocional. Esta, entendida como la capacidad de reconocer, comprender y regular las propias emociones, así como empatizar con las de los demás, es crucial para la convivencia académica, la resiliencia frente al estrés y la construcción de redes de apoyo. Algunas aplicaciones basadas en IA ofrecen soporte emocional básico mediante chatbots terapéuticos, análisis de estado de ánimo a partir del lenguaje escrito o recordatorios de autocuidado. En una región donde los servicios de salud mental universitaria son frecuentemente limitados, sobrecargados o estigmatizados, estas herramientas pueden brindar un primer nivel de acompañamiento. No obstante, la interacción prolongada con sistemas que simulan empatía sin experimentarla genuinamente plantea interrogantes éticos y psicológicos de gran calado. Como señala el filósofo Dr. José Antonio García (2024), cuando los jóvenes confunden la simulación algorítmica con la conexión humana real, pueden desarrollar una comprensión distorsionada de la empatía, reduciéndola a una respuesta predecible en lugar de un acto de presencia, escucha activa y compromiso afectivo. Asimismo, la dependencia de la IA para resolver tareas académicas puede disminuir la tolerancia a la frustración y la resiliencia frente al error —componentes esenciales de la autorregulación emocional—, ya que elimina la necesidad de perseverar ante la incertidumbre o el fracaso inicial. Frente a estos desafíos, universidades como la de Costa Rica y la Pontificia Universidad Católica del Perú han integrado en sus currículos transversales talleres sobre “ética del cuidado digital” y reflexión emocional en entornos mediados por tecnología, reconociendo que, en la era de la IA, formar ciudadanos implica no solo enseñarles a usar máquinas, sino también a preservar y cultivar su humanidad. En este contexto, la inteligencia emocional deja de ser un “tema blando” para convertirse en un pilar ético y pedagógico indispensable.

En conjunto, estos cambios revelan que la influencia de la IA en la juventud universitaria latinoamericana trasciende lo instrumental: está reconfigurando la arquitectura misma del aprendizaje y la formación personal. Si bien la tecnología ofrece herramientas poderosas para hacer más eficiente el estudio, estimular la creatividad y brindar apoyo emocional, su adopción sin mediación crítica puede conducir a la pasividad cognitiva, la estandarización del pensamiento y la erosión de la empatía auténtica. El reto para las instituciones de educación superior en la región no radica en resistirse a la IA, sino en articular estrategias pedagógicas, éticas y curriculares que permitan integrarla de manera reflexiva, equitativa y humanista. Esto implica no solo invertir en conectividad y plataformas, sino también en formación docente, acompañamiento emocional y espacios de deliberación sobre el rol de la tecnología en la sociedad. Solo así se podrá garantizar que la inteligencia artificial, lejos de reemplazar las capacidades humanas, sirva como un puente para potenciarlas en beneficio de sociedades más justas, innovadoras y solidarias. En última instancia, la pregunta no es si los jóvenes usarán IA —ya lo están haciendo—, sino qué tipo de personas estarán formando mientras lo hacen.

Referencias

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Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. (2021). AI and education: Guidance for policy-makers. UNESCO Publishing. https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000376709

Willingham, D. T. (2023, October 12). Students, AI, and the illusion of learning. Daniel Willingham – Science and Education Blog. https://www.danielwillingham.com/daniel-willingham-science-and-educationblog/students-ai-and-the-illusion-of-learning

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