Sept/25 Salcedo Galeano, magíster en políticas de gestión y sistemas educativos, evalúa la relación entre la exigencia docente y el compromiso de los estudiantes.
“Sabios, tengan cuidado en sus conferencias
porque sus palabras pueden ser mal interpretadas
cuando ya no estén presentes”
Theodore Von Keller.
Las universidades en cada inicio de semestre deben comprometerse con cero deserciones, lo que conlleva a que las instituciones implementen planes y medidas de contingencia sin medir el impacto negativo en términos de calidad. Este fenómeno está presente cuando se da apertura al semestre y la sobrecarga recae especialmente en los docentes, quienes deben comprometerse a “promover” estudiantes muchas veces sin tener en cuenta la importancia del rigor y la exigencia. ¡eso para que exigir, lo mejor es pasarlos, mi profe! ¡Lo mejor es evitarse problemas! Son frases que hacen eco también en una sociedad que carece de criterio.
Kant en la ilustración alemana pone de manifiesto la incapacidad del individuo “si tengo un libro que me presta su inteligencia no me hace falta pensar” una acción repetitiva en estos tiempos donde las inteligencias artificiales se han encargado de sustituir nuestra inteligencia a cambio de la inmediatez, fenómeno al que están expuestos nuestros jóvenes en colegios y universidades. También está la otra cara de la moneda y es la “retención estudiantil” cuyo único responsable es el profesor considerado un operario del sistema educativo. ¡Bienvenidos profesores, ustedes son la esperanza del cambio…! Motivaciones que van a acompañadas de un mensaje también perverso. ¡Mis profes cuchillas, no es dejar de ser exigentes, pero sí, los invitamos a ser conscientes de las necesidades de nuestros estudiantes! Un mensaje que a mi juicio es “subliminal” lo equivalente a pasarlos, no exigirles a los clientes de una industria que capta ingresos por todo concepto, como por ejemplo a través de “supletorios, habilitaciones, homologaciones, entre otros…” Para ser más concisos, “una situación de estas me ocurrió en una institución muy particular en donde me solicitaron diseñar un instrumento para que un estudiante se nivelara para evitar un supletorio con la sorpresa de su aprobación sin mi previo consentimiento como evaluador”
Lo anterior es el reflejo de una realidad a la que nos enfrentamos a diario en una “academia” que finge rigurosidad y exigencia en medio del fácil acceso que se esconde detrás de una razón social que solo busca “pecunio” y reconocimiento muy lejos del deber ser del quehacer universitario.
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