El Observatorio de la Universidad Colombiana




Procesos de admisión, condenados a desaparecer: Enrique Bastista – mayo/21

Para el académico antioqueño y PhD en Educación, Enrique E. Batista J., las pruebas estandarizadas para admisión a programas universitarios se apoyaron en el legado de la exclusión y en el mantenimiento de una sociedad desigual con los privilegios heredados por una minoría. Eso debe desaparecer, dice.

La admisión a la universidad con pruebas estandarizadas, perpetúa y valida la desigualdad, la discriminación y la exclusión

Las pruebas estandarizadas para el acceso a la educación superior no se relacionan con la calidad ni con la excelencia, sino con exclusión, discriminación y desigualdad social. Ante los sustanciales cambios en la creación y difusión de conocimientos y ante nuevas alternativas de formación para una vida social, laboral y personalmente más productiva, esa desueta práctica universitaria está obligada a desaparecer. La persistencia de la selección para la exclusión es una de las prácticas que han llevado a la consideración de que las universidades se transforman o desaparecen. 

En «El Observatorio de la Universidad Colombiana» se ha vuelto a plantear nuevamente la pregunta sobre la conveniencia del uso de los exámenes de admisión en las universidades públicas (lea: ¿Hacer examen de admisión en la U. Pública?: Pros y contras). Es importante precisar aquí que el uso de pruebas estandarizadas como medio de selección de estudiantes a programas universitarios tiene un origen evidentemente racista. Se remonta casi un siglo atrás, cuando en 1926 el profesor de psicología de la Universidad de Princeton, Carl Campbell Bingham, desarrolló el «Scholastic Aptitud Test – SAT», prueba que ha entrado en una mayor crisis de credibilidad a partir de la presente pandemia del coronavirus y por los movimientos sociales recientes por la igualdad, contra el racismo y la discriminación.  

El profesor Carl Campbell Bingham fue asesor de la Sociedad Americana de Eugenesia. Como eugenista fue promulgador de la tesis política e ideológica que afirma que ciertas razas y grupos étnicos son superiores en inteligencia. En uno de sus escritos afirmó: «Sería una pérdida de dinero intentar darles a estos idiotas e imbéciles natos [negros, italianos y judíos] una buena educación anglosajona, y mucho menos admitirlos en nuestras excelentes escuelas de posgrado en medicina, derecho e ingeniería». Impulsó este profesor  legislación contra la inmigración hacia los Estados Unidos. La empresa, denominada College Board, que desde entonces ha producido y comercializado el SAT, ha intentado alejarse de esa concepción, actitudes y prácticas, pero los abominables fundamentos siguen siendo parte de la historia de esa organización, reflejada hoy todavía con fuerza en las pruebas estandarizadas que distribuye y que son empleadas para la selección de aspirantes a programas de educación superior. Ha sido reconocido y demostrado que esas pruebas tienen un sesgo negativo contra grupos minoritarios y pobres y que, así mismo, han contribuido a validar y perpetuar la desigualdad, la inequidad y la exclusión. Son pruebas con una naturaleza impropia para la Sociedad 4.0, igualitaria e inclusiva, de este siglo XXI(https://bit.ly/3u0GXYp). El SAT ha sido el fundamento y el modelo para las demás pruebas estandarizadas de selección de estudiantes que se emplean en todo el mundo. 

A lo largo de su extenso, y ya desgastado camino, las pruebas estandarizadas para admisión a programas universitarios se apoyaron en el legado de la exclusión y en el mantenimiento de una sociedad desigual con los privilegios heredados por una minoría. Perpetuaron por años su sesgo con el sello de la desigualdad; impropiedad justificada con base en puntajes que no miden ninguna calidad de la educación, ni están asociados, como se anotó, a logros en los estudios o al desempeño en la vida como ciudadano o trabajador. Como en el efecto Pigmalión, unos y otros, los privilegiados y los excluidos, se han comportado según las expectativas y estigmas sociales derivadas e impuestas por las concepciones eugenistas mencionadas.  

Con la pandemia del coronavirus la prueba SAT y, en general, todas las pruebas estandarizadas para admisión a programas educativos, como el American College Test – ACT, han sufrido un duro revés. Ellas eran obligatorias en casi todos los colleges y universidades de Estados Unidos. Un gran número de universidades las han vuelto opcionales y muchas otras han descartado su uso. Para la admisión al año escolar 2021 – 2022, cerca de 1600 universidades no las emplearán como criterio de admisión. Se ha dado un efecto positivo derivado de esta decisión, manifestado en que muchos más estudiantes se han inscrito en universidades de más alto rango, creando la posibilidad de que sean más diversas en su población estudiantil. De otra parte, varias demandas legales han sostenido que esos exámenes tienen construida una profunda marca de sesgos de diversa índole y que, a la vez, no han demostrado que provean información fundada acerca de las habilidades de los estudiantes para tener éxito en los estudios y en la vida. Pero sí se ha demostrado que favorecen a la población blanca, a aquellos con padres educados, y que excluyen y discriminan a los negros, latinos e indígenas. (https://bit.ly/2Rs0yDDhttps://bit.ly/33TYIxX).  

Con base en la pregunta que se formuló en «El Observatorio de la Universidad Colombiana» y las opiniones emitidas ahí, conviene precisar que con la abolición de esas pruebas como criterio de admisión no se busca promover un «ingreso indiscriminado» dentro de la misma estructura y concepción del modelo educativo vigente. Más bien forma parte de una transformación de fondo de los procesos educativos, de reconceptualizaciones medulares y esenciales sobre cómo se concibe la educación (desde preescolar hasta la universidad), de cambios innovadores en las maneras, medios y estrategias sobre cómo se diseminan e irrigan sus beneficios a toda la población sin exclusiones. Tampoco se puede considerar que el  asunto de fondo es si las universidades serán o no «sostenibles financiera y  académicamente», argumento que enfatiza lo económico y financiero sobre la conveniencia  y beneficios sociales  el que, a la vez, puede servir de base para justificar el uso de tales exámenes estandarizados y seguir con la exclusión. Las principales propuestas y proyectos de salvaguardia de las universidades como instituciones sociales se refieren a las transformaciones fundamentales, ya inevitables, en su identidad, en sus funciones y en sus infundadas creencias, principios y prácticas pedagógicas. Dada la gran cantidad de presiones sociales, culturales, científicas, éticas y tecnológicas a las que están sometidas hoy tales cambios son imprescindibles para poder sobrevivir, ser viables y legítimas ante la sociedad.  

Muchos de quienes se apegan o defienden a tales tests estandarizados acaban justificando la discriminación y la exclusión con base en prejuicios contra evidentes como el que lleva a la falsa creencia de que con ellos se  garantiza la excelencia; o sea, que erróneamente se asume que son excelentes quienes puntúan más alto en las pruebas estandarizadas, aquellos ya  seleccionados por la cultura, la clase social o la riqueza. La excelencia, su búsqueda y consolidación, no se logra con ninguna prueba, se logra con el acceso por todos a los conocimientos y mediante las opciones abiertas para que cada persona pueda formarse para ser un ciudadano ético, social, laboral y personalmente productivo. La excelencia no se alcanza o se garantiza con la creencia desprevenida e infundada en unos fríos números resultantes de una prueba excluyente. Algunos asumen, con ligereza e impropiedad pedagógica, que con dichos exámenes se compensan deficiencias del derecho fundamental a una educación de calidad desde el nivel preescolar.  

No le podemos ofrecer a niños y jóvenes un mundo lleno de obstáculos que los aliene, margine, excluya y discrimine con un servicio educativo que les construye la quimera de un grado universitario como la única opción de progreso colectivo y de bienestar personal. El acceso a la educación superior se ha tomado erróneamente como la medida del éxito en la vida. El mundo educativo que vivimos los adultos no se corresponde con el de ellos ni con los cambios sociales, culturales y laborales de hoy. Con la pérdida de la valía de los títulos universitarios y la existencia de alternativas de cualificación laboral, con mucha mejor remuneración y futuro que los grados universitarios, es claro que se requieren modelos educativos alternativos que abran las posibilidades de progreso a todos y cada uno de los estudiantes. 

Es menester cambiar el pensamiento, severamente acendrado en las creencias sociales y recorrido por impropia ideología, que concibe que la educación tiene como meta el ingreso a la universidad como lugar de salvación y camino expedito para una vida económica y social productiva con acceso a mejores ingresos, empleos y trabajos. Existen hoy otras y mejores opciones.

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