Septiembre/25 Cárdenas-Támara, columnista de El Observatorio, invita a repensar el rol de la academia ante la crisis moral y estructural del país. Sugiere que las universidades deben asumir una responsabilidad activa en la reconstrucción del orden simbólico, ético y espiritual de la nación.
Introducción
Somos testigos de la violencia y la criminalidad cotidiana en Colombia desde hace décadas. Somos testimonio de la violencia histórica que nos ha tocado vivir. Líderes campesinos, indígenas, maestros, policías, sacerdotes, soldados, niños y candidatos presidenciales asesinados a lo largo de la historia contemporánea de Colombia (El vil y cobarde asesinato de Miguel Uribe Turbay, el más reciente). Masacres lideradas por la llamada insurgencia y algunas de ellas por sectores del Estado en alianzas con el paramilitarismo y estructuras paraestatales. El listado de asesinatos y desplazados por la violencia en Colombia es enorme y el número de víctimas no se detiene. La violencia estructural en Colombia nos indica la presencia de un Estado fallido en muchas de sus instituciones; incapaz de proyectar orden, seguridad y protección en la vida de todos sus ciudadanos. Un Estado incapaz de imponer la justicia ante la presencia de bandas y estructuras criminales que amparadas en el ambiguo juego semántico del “conflicto armado” y de la “guerra”, tienen sometidas a la sociedad al imperio de la violencia, el asesinato y de permanentes actos delincuenciales que atentan contra la vida y honra de los ciudadanos, y cuya realidad se expresa con virulencia es las escuelas de Colombia, especialmente aquellas ubicadas en las zonas rurales del país y cuyo único representante del Estado, es un maestro que ejerce su apostolado en zonas marcadas por la violencia y el abandono sistemático del Estado colombiano. Muchos niños en nuestras regiones y en sus escuelas ven pasara a diario al “guerrillero” o al paramilitar; viéndose obligados a socializar con ellos, cuya imagen y porte de autoridad pasan a ser comprendidos como algo natural en sus vidas y cotidianidades.
La academia, de manera inocente e inconsciente, no ha sido capaz de leer con claridad el devenir del conflicto colombiano. Con el paso del tiempo, el conflicto bélico en Colombia se ha deteriorado en sus bases morales, éticas y políticas. Los llamados grupos armados “insurgentes” ilegales con el transcurrir de los años se han convertido en bandas criminales que se mimetizan bajo banderas políticas “insurgentes”, camuflándose en el juego semántico y en las lecturas de ciertos sectores de la academia colombiana y de muchas ONG nacionales e internacionales que idealizan el conflicto armado y que viven paradójicamente de las narrativas de las violencias que reproducen los relatos de la existencia de una falsa “guerra” entre los colombianos. Todos sabemos que nunca ha existido una confrontación entre dos Estados en Colombia en los últimos 100 años, y que jamás la insurgencia colombiana ha sido reconocida por ningún país del mundo de manera oficial como un actor armado insurgente. Desde el discurso de la legitimación, las comunidades que viven en las zonas de la supuesta “guerra” tienen que someterse a todo tipo de crímenes, vejámenes, atropellos y violencias, que justifican desde un accionar falsamente legitimado, las estructuras criminales que tienen en jaque a la sociedad colombiana y a sus instituciones legales. Así, miles de niños, escuelas y comunidades tienen que soportar la violación sistemática de sus territorios ante la presencia de grupos armados, cuyo motor es la economía del narcotráfico y cuyo accionar viola flagrantemente la ley colombiana, su Constitución y numerosos tratados internacionales (Convenio de Ginebra, Normas del Derecho Internacional Humanitario, principio de neutralidad del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR)).
Es vergonzoso ver la inoperancia del Estado colombiano y sus fuerzas del orden en lo relativo al ejercicio y accionar orientado a la protección eficaz y a la neutralidad de la población civil en conflictos armados, que en mi opinión han transmutado hacia la consolidación de estructuras criminales genocidas. La población civil en su conjunto es la más afectada dada la debilidad del Estado y sus fuerzas del orden, que, como se sabe, en ocasiones han terminado atentando contra las propias poblaciones. La realidad de Colombia nos señala una fuerte falla en la estructura del Estado, sus instituciones, sistema de justicia, y en esencia de todo el aparato de Estado, que se traduce en corrupción, falta de presencia o abusos y abandono sistemático y estructural del Estado en importantes espacios del territorio colombiano.
Cualquier persona o grupo que llegue a una escuela en los territorios de Colombia, no importa el tinte político con el que se definan, o la bandera ideológica que los cobije, si irrumpe mediante actos de violencia e intimidación, obstaculizando la jornada académica y escolar, silenciando o incluso asesinando a un maestro, debe ser visto cómo un criminal y su accionar tiene que ser perseguido por las fuerzas del orden y juzgado como acto criminal por el sistema judicial. Esta idea cobija también a las fuerzas del orden del Estado colombiano. El deber del Estado, de su aparato de justicia y de las fuerzas del orden es impedir ese tipo de acciones y someter a la justicia a los sujetos, bandas o grupos que violentan a la comunidad en general y a la escuela.
Como sociedad, no podemos seguir aceptando que grupos armados criminales sigan violentando, asesinando y operando en los territorios del país. Necesitamos de un Estado eficiente y pragmático, cuyas fuerzas del orden y el sistema judicial cumplan con sus funciones constitucionales. De manera paralela y complementaria a la primera tarea de garantizar seguridad en todo el territorio nacional, el Estado tiene que generar, con el concurso y la participación de las comunidades y de la sociedad, modelos de desarrollo que estén en sintonía con los valores culturales, ambientales y sociales de las regiones en Colombia.
Terapéuticas universitarias
Voy a situarme en el horizonte intelectual del gran pensador Eric Voegelin con la idea de proponer un canal de pensamiento universitario fértil y orientado a reflexionar sobre dimensiones teóricas que nos ayuden a superar la crisis institucional que vive Colombia y que la explique a su vez.
Más allá de explicaciones estructurales y materialistas sobre la crisis y la violencia en Colombia. Esta debe comprenderse como la expresión de la necesidad de explorar la naturaleza y la conciencia humana, en un plano experiencial, político, cultural y espiritual. Si nos situamos desde una perspectiva voegelina, el componente histórico es fundamental desde una escala de tiempo civilizatoria. Para comprender las estructuras y dinámicas de la violencia en Colombia, su entendimiento necesariamente implica visualizar temas de orden/desorden tanto en un plano empírico como meta empírico. Necesitamos en el marco de las ciencias sociales retomar las viejas ideas del orden y del desorden como categorías significativas para el análisis sociológico y antropológico de la violencia en Colombia. No es suficiente con hablar de la guerra en Colombia, categoría política que no aplica en la actualidad para el país, y que, sin embargo, sigue estando presente en el campo semántico de los expertos sobre la violencia en Colombia. En la comprensión del fenómeno de la violencia, se hace necesario un abordaje desde la historia cultural, de las ideas y las mentalidades. Nuestros relatos de la violencia hacen parte de una estructura mítica extremadamente violenta, tiene contornos religiosos de emancipación y liberación, cuyo canal mesiánico está en la base fundacional de guerrillas como las FARC y el ELN. Sus ritos de paso, marcados por ceremonias, ritos secretos y clandestinos, ligados a juramentos y pactos de silencio: han desencadenado en la muerte y el asesinato de miles de inocentes a lo largo de la historia del país.
Con el transcurrir de los años, los mitos fundacionales han degenerado y han sido contaminados por las economías ilegales, que también han salpicado al Estado colombiano. El mito justificadorio de la economía ilícita se expresa con el código “experiencia del dinero” y tiene la fuerza de contaminar los mitos cuya experiencia era presuntamente la “liberación y emancipación” del “pueblo” (otro código del que abusan los mesías políticos de este país). Los mitos fundacionales son axiales a la comprensión de la guerrilla y de todo el entramado violento que domina la realidad colombiana. De manera subconsciente, el relato mítico que justifica la “guerra” en Colombia nos refiere un espacio de la violencia de lo sagrado que ha santificado el accionar de la guerrilla y de fuerzas insurgentes, cuyas voces salvadoras, justifican su accionar violento desde códigos ligados a mitos fundacionales religiosos y políticos.
Nos ha faltado estudiar el conflicto colombiano desde una antropología de lo sagrado; indispensable para comprender los delirios mesiánicos del exguerrillero amnistiado que tiene Colombia en el poder en este momento y cuya narrativa tiene toda la estructura mítica identificada por Raúl Girardet en su libro Mitos y Mitologías Políticas: mito de grandeza, siempre unido a una mediocre lectura simplista de la historia por parte del personaje aludido. Los líderes de las organizaciones de la violencia en Colombia no tienen la capacidad intelectual de leer sus propios actos violentos. Son agentes inconscientes que justifican su accionar desde el horizonte de los núcleos de sus narrativas míticas. Como actores sociales son incapaces de leer todo el entramado histórico, esto se relaciona con la dificultad para captar la complejidad y la multitemporalidad del contexto social e histórico en el que se encuentran. El actor social tiende a situarse en un presente inmediato, lo que dificulta una percepción completa de la historia, sus continuidades y rupturas en tanto configuradoras de las condiciones sociales. Las viejas enseñanzas de Emilio Durkheim son válidas cuando señalaba que el hecho social es un fenómeno colectivo y coercitivo exterior al individuo y que guía la conducta de los sujetos, sin que estos sean conscientes de ello.
Como toda sociedad, la colombiana vive de tensiones que se articulan en procesos de orden y desorden. El desorden en Colombia es mayúsculo y refiere profundas crisis en el ordenamiento social, institucional y estatal. Ahora, la crisis que vive Colombia es una profunda crisis moral y de sentido que desborda el plano de los fenómenos materiales o sociales (plano empírico). Adicionalmente, la crisis de sentido, cuyo principal indicador está en relación con la violencia, refleja una dimensión metafísica o espiritual (plano meta empírico) que se ignora dado el peso positivista que tienen las ciencias sociales, incluso en sus modelos o escuelas interpretativas. Por lo tanto, el orden representa la estructura legítima y significativa de la existencia, mientras que el desorden apunta a la ruptura o desviación de ese orden originario.
Como mito arquetípico, nuestros padres fundadores, nos legaron en el escudo patrio dos palabras que no han tenido mayor desarrollo conceptual y proyección práctica dada nuestra incapacidad para producir sentidos tanto trascendentes como inmanentes, pero principalmente trascendentes: libertad y orden. Nuestro déficit académico y universitario radica en que nuestro sistema de valores ha estado más orientado a develar los secretos del mito de la caverna de Platón, en el universo utópico de La República, que en mirar los universos sagrados y trascendentes que reflejan los relatos, también de nuestra tradición, como el que indica el libro del Éxodo en su capítulo 3, cuyo correlato histórico, no idealizado, postula un orden trascendente que le enseña a Moisés a diferenciar entre lo sagrado y lo profano, condición topológica que no somos capaces de leer en nuestro devenir intelectual como hijos de la Ilustración. Deberíamos comprender y actuar desde marcos relacionales donde hay espacio para lo sagrado como “experiencia del ser”, es más donde el accionar en el plano empírico (conocimiento/oscuridad es finalmente un accionar sobre el plano sagrado: dos relatos que nos hablan de la necesidad de la libertad y la emancipación como elementos fundamentales del sistema de valores de todo orden propuesto en el marco de nuestra tradición civilizatoria. Por el contrario, nuestros pueblos, como es el caso de las comunidades chocoanas, en sus alabados, canciones y ritmos sagrados, se vinculan con fuerzas trascendentes que desbordan las categorías analíticas de las ciencias sociales, emancipándolas de la gnosis moderna, y de conjuras que desbordan el jesuitismo fáustico que consume a occidente en sus mitologías políticas centradas en la “experiencia de poder”.
Desde un plano simbólico y meta empírico, no hemos sido capaces de proyectar el sentido existencial de las nociones narrativas de la libertad y el orden en nuestra nación. No hemos podido expresar y proyectar la cosmovisión de la libertad y del orden. No hemos sido capaces de comprender y restablecer el orden ante el caos o el desorden existencial. En suma, no son suficientes los modelos explicativos de corte materialistas para comprender e interpretar plenamente el desorden colombiano. La sociedad y el Estado colombiano, como las estructuras criminales que se han tomado el país, expresan un profundo desarreglo existencial, cuyo plano meta empírico nos debe colocar como sociedad en la necesaria búsqueda espiritual y filosófica, cuyo principal acto debe contar con toda la institucionalidad universitaria en su accionar hacia una cultura de la paz en el territorio de Colombia.
Las equivocidades interpretativas que nos llevan a pensar en la guerra en Colombia falsamente terminan justificando el accionar de las estructuras criminales en los territorios del país. La noción de orden, inserta en el escudo patrio, nos refiere un “Orden Supremo” o verdad transcendente, que finalmente es la fuerza que le daría coherencia al mundo empírico y a toda la estructura de la realidad, en sus lecturas de la violencia y degradación social, cuya tensión como se ha comentado es una fuerza permanente en todo sistema cultural complejo y que incluso está presente en las culturas más primitivas existentes en el registro histórico o etnológico.
No me sirven las categorías de las ciencias sociales desde el plano existencial de la violencia que viven las comunidades en los territorios de Colombia. Si soy un maestro que vive en zonas con presencia de estructuras criminales y mi comunidad educativa sufre de la irracionalidad de los actos delincuenciales ejercidos por grupos armados ilegales, para mí son totalmente irrelevantes e incluso irrespetuosas las categorías analíticas que hablan de “guerra” y conflicto armado en Colombia, cuando ellas invisibilizan el terror, el despojo, y la violencia que se ejerce contra comunidades educativas en el territorio colombiano. Voegelin advierte, en una suerte de crítica a las ciencias sociales y ciencias políticas modernas, que la reducción del orden a meras estructuras y datos empíricos produce ideologías que generan desorden.
Ya somos conscientes de cómo el acopio de datos sobre la violencia en Colombia, por parte de nuestros expertos en el conflicto armado colombiano, han sido incapaces de leer todo el dinamismo y las tensiones que constituyen el universo del espacio de la violencia y la degradación del conflicto armado. Los actores del conflicto armado colombiano se han mimetizado mediante clichés políticos, insurgentes y revolucionarios, donde esconden el verdadero rostro delincuencial de estructuras armadas hoy alimentadas por la fuerza del narcotráfico, la minería ilegal y la degradación ambiental en los territorios de Colombia. El entendimiento, entonces, debe recuperar la dimensión meta empírica para contrarrestar el caos ideológico, presente en los máximos líderes políticos del país, y sus voces delirantes, reconstruyendo un orden legítimo, tanto a nivel individual como social.
Superar la crisis de la violencia en Colombia implica nuevos modelos de interpretación universitaria. El “desorden político” y la incapacidad de la sociedad colombiana y sus instituciones legales para garantizarle al Estado el monopolio de las armas, como fenómeno empírico y meta empírico implica una profunda crisis política, que reflejan un desorden que es visible en el plano empírico (conflictos, violencia) pero que tiene raíces en el desorden meta empírico (experiencia del ser, actos de la conciencia, concienciación), cuando se pierde sensibilidad por el orden y la verdad que deberían guiar la vida social.
En suma, la idea de entender el orden y desorden tanto en el plano empírico como en lo meta empírico se enmarca en un análisis profundo de la experiencia humana y su proyección mediante actos de concienciación propios del ser humano es su proyección noética, donde la realidad histórica y social es un reflejo o manifestación de estados metafísicos y espirituales, y en donde recuperar el sentido del orden transcendente es clave para superar el desorden político y cultural que aqueja a las sociedades modernas. Esto amplía la idea inicial, mostrando cómo se hace necesario integrar las dimensiones prácticas y transcendentes en su pensamiento sobre la condición humana, cuyo principio educativo y ético rector, es que la vida humana es sagrada en todos los estados existenciales del hombre, lo que nos llevaría a mirar críticamente muchas de las sentencias de la Corte Constitucional de Colombia, cuando ellas son contrarias al principio sobre la sacralidad de la vida humana en todas sus condiciones.
No es suficiente con el acopio de datos empíricos sobre la violencia estructural o las llamadas violencias híbridas, se reconoce que las categorías analíticas que se desprenden de esos datos son valiosas, pero no suficientes a la luz de modelos interpretativos más robustos. Ahora bien, la dimensión analítica de orden empírico tiene que considerar que la conciencia humana, tal como argumenta Voegelin, no es estática, sino que evoluciona a través de la historia. Las “tensiones” en la experiencia humana, tales como la tensión entre lo inmanente y lo transcendente, que son fundamentales para entender el desarrollo de la cultura y la política oxigenaría la exploración académica y universitaria sobre el conflicto en Colombia, poniendo de relieve como estas tensiones se manifiestan en diferentes culturas y épocas. Así se abre un panorama fértil para el análisis ideológico, la deformación política y para el ejercicio crítico de las ideologías modernas, especialmente el totalitarismo. Para el caso colombiano, la idea conceptual es sólida para ver la degeneración del conflicto colombiano, cuyos actores se han camuflado a la luz de ideologías insurgentes que se traducen en la experiencia cotidiana de las víctimas del conflicto, en experiencias de muerte, que, en el plano práctico y cotidiano, son ideologías criminales, que representan una “fuga de la realidad” y una negación de la complejidad de la experiencia humana.
Eric Voegelin, politólogo poco conocido en nuestro medio universitario, proyecta y aboga por una política basada en la “recolección” de la experiencia y la reflexión sobre el orden del ser: la experiencia del ser o la experiencia del orden. Me parece que es el politólogo, educador y filósofo que necesita Colombia, tanto en el plano político, como en el plano educativo. Nos permite sacudirnos de las taras ideológicas del marxismo, como de las taras ideológicas del neoliberalismo y sus modelos educativos de la calidad total, donde ambas corrientes empobrecen de manera radical, tanto el proceso político como los actos educativos generando violencias simbólicas y culturales. Todo el pensamiento erudito de Eric Voegelin nos invita a una profunda meditación sobre la naturaleza de la conciencia, la política y la historia, y su obra sigue siendo relevante para aquellos que buscan entender las dinámicas de la experiencia humana y las estructuras del orden político. Cobra toda la validez del mundo, su obra y sus ideas para un país como Colombia, dominado por todo tipo de violencias, estructuras criminales, bandas delincuenciales y la incapacidad del Estado colombiano de garantizar la vida y honra de los ciudadanos según los mandatos constitucionales y legales vigentes.
Como sociedad no hemos sido capaces de leer relacionalmente las claves del desarrollo y el progreso en el contexto de lo que implica vivir en un país complejo, ambiental y culturalmente como Colombia. La gramática y la semántica del desarrollo no la hemos podido descifrar y nuestro Estado social, como contrato social, puede leerse como incompleto, frágil y muy débil.
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Felipe Cárdenas-Támara, Director del Observatorio Iberoamericano de Sociopolítica, cultura y ambiente – Universidad de La Sabana
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