¿Qué tanto debe ser leído y citado un artículo científico?: Un debate con impacto económico

¿Qué tanto debe ser leído y citado un artículo científico?: Un debate con impacto económico

Feb 3/23 Una columna de opinión pone sobre la mesa un tema sobre el que el sector parece estar de acuerdo, pero ni rectores, ni Minciencias ni investigadores ponen el dedo en la llaga: La real utilidad de los artículos científicos.

¿Qué tantos artículos científicos debe producir un buen académico?, ¿por qué la obsesión de las universidades, sistemas de investigación, rankings y negocios derivados de la productividad científica -mediciones, catalogaciones, softwares, bases de datos, y hasta publicaciones depredadoras….- en que cada vez se produzcan más y más artículos, sin identificar realmente el valor de estos para la academia y, más importante aún, para la sociedad?

¿Cuál es el éxito de un artículo científico: Que sea publicado en una revista de enorme reconocimiento internacional, o reseñado por un prestigioso medio de comunicación, o comentado por miles de usuarios en redes sociales, o cuál otro criterio?

Porque hay artículos que, bien por su autor o su tema, pueden ser muy mediáticos, pero poco o nada aportan a un desafío social. En cambio, puede haber otros con una mínima demanda, lecturabilidad, citación o expectativa social, pero que terminan beneficiando a la humanidad.

Al respecto, Juan David Zuloaga (foto), columnista de El Espectador, trae al presente una polémica cifra de hace más de 15 años a falta de datos actualizados, presentada entonces en un artículo del Smithsonian Magazine, según la cual la mitad de los artículos académicos de las revistas especializadas no los leen más que los autores, los revisores y los editores de las revistas en los que se publican y que alrededor del 90 % de los textos nunca se citan, y de éstos tan sólo el 20 % los lee alguien. En promedio, tan sólo diez personas leen un artículo académico.

“La cifra parece sorprendente, pero lo cierto es que el mundo de la academia no se percata de ella”, señala Zuloaga en su columna de opinión titulada “Volver a los Libros”.

Zuloaga, doctor en filosofía de la Universidad de Granada y politólogo de la Universidad de los Andes, advierte que “un estudiante nunca lee un artículo académico, salvo que un profesor lo asigne como lectura obligatoria. Los profesores suelen asignar pasajes o capítulos de libros, y tampoco ellos suelen leer este tipo de artículos. Bastaría hacer un pequeño sondeo en las universidades colombianas para constatar que al cabo de un semestre o de un año son muy pocos los artículos que leyó un profesor. ¿Entonces por qué se siguen publicando?”.

“Pronto pasaron las universidades a exigirles a sus profesores que publicasen un número determinado de textos al cabo de un período dado (cada quinquenio, cada bienio, cada quincena…). No pudiendo satisfacer la nueva necesidad que de este modo se fraguó aparecieron revistas académicas por doquier; de distintas calidades y naturalezas.

Y así, perversión tras perversión, a este punto hemos llegado: a la publicación sin número y sin calidad de textos mal escritos, generalmente redactados de prisa, con ideas acaloradas o sin apenas ideas; resúmenes de clase, más o menos groseros o más o menos insignificantes, que los profesores universitarios, engullidos por la burocracia que hoy carcome las universidades, se ven obligados a publicar para cumplir con los nuevos baremos de las instituciones y con los ritmos vertiginosos que la academia ha terminado por imponerles. Por eso nadie lee los artículo académicos; o bueno, sólo los revisores y los colegas”.

Lo cierto es que además del debate en torno del impacto científico y social de la producción académica de artículos bajo los (para muchos odiosos y exagerados, y para otros necesarios) protocolos de investigación cada vez más “sagrados” en las IES y en las condiciones de Minciencias y recomendaciones del CNA para la medición de grupos e investigadores y su visibilidad, y las no resueltas discusiones sobre si un profesor debe o tiene que publicar artículos científicos, cómo medir los mismos y en qué volumen, detrás de todo esto también se mueve un enorme impacto financiero, tanto en las IES privadas como en las públicas.

Esto último tiene nombre propio: En las universidades públicas, el polémico Decreto 1279 y su alto costo para las finanzas públicas y en las privadas la posibilidad de ascender en los escalafones docentes o, en su defecto, obtener bonificaciones por publicaciones.

Responder estas preguntas constituye una tarea muy compleja, pero evadir el debate y no poner las cartas sobre la mesas sólo seguirán aumentando la incredulidad de muchos en torno de estas acciones, así como preocupantes inversiones que están impactando las finanzas públicas y de las IES.

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