El Observatorio de la Universidad Colombiana




Respaldo a crítica a “doctoritis”: Reinaldo Mora – febrero / 21

Con el título “la docencia científica”, el Doctor en Ciencias de la Educación de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia y columnista del diario La Libertad, respalda el escrito de Miryam Ochoa.

A propósito del artículo, “Obsesión del sistema educativo por los doctores está perjudicando la buena docencia”, publicado en “El Observatorio de la Universidad Colombiana” el día 28 de enero de 2021, siendo su autor, la doctora Myriam Ochoa, profesora emérita de la Universidad Externado de Colombia, quien nos invita a repensar la enseñanza, para que  cumpla su función social, “enseñar para la vida”, siendo científica, cuando las universidades y escuelas vinculan doctores, con un alto compromiso por desarrollarla y fortalecerla.

Este Observatorio la define, como “una de las más reconocidas formadoras de educadores en el país, y critica la pasión del sistema por tener doctorados, afectando la calidad”. Sus planteamientos los podemos identificar:

1. El afán por el ranking está desviando la misionalidad universitaria.

2. Se están formando doctores para áreas en las que no se necesitan.

3. Un buen doctor no siempre es un buen profesor.

4. Están apareciendo programas doctorales de muy dudosa calidad.

La doctora Ochoa apunta a unas críticas fuertes que podemos observarlas en nuestras universidades, tanto públicas como privadas:

a. En nuestro país, se espera que un doctor deba saber hacer de todo, menos investigar;

b. No asumen el rol para el cual se formaron, como es el de investigar,

c. Considera que ha llegado el momento de revalorar esta tendencia que se ha vuelto algo perversa;

d. Desde instancias oficiales como el CNA, Conaces, CESU se promueve esta carrera para contar con doctores, como si con ello, automáticamente se mejora la calidad;

e. A esto se suma la poca inversión del Estado para la investigación.

De acuerdo con lo expuesto críticamente por la articulista, tenemos que los “sacerdotes oficiales”, de esos organismos estatales quieren romper con la tradición misional de las Instituciones de Educación Superior, IES, siendo uno de ellos, la buena docencia, y lo hacen prescribiendo “recomendaciones” en las visitas que realizan a los entornos institucionales, vulnerando en la mayoría de los casos la autonomía constitucional universitaria. Ellos, afirman y reclaman el carácter de un desarrollo profesoral doctoral, como si fuese algo mágico, comprometiendo la buena docencia.

Existe un sentimiento perverso en querer convertir todo por una especie de “rey midas de la acreditación”, es decir, que todo lo que te toque la acreditación se vuelve de inmediato “calidad”. Pero, ¿en qué medida la docencia se transforma por encanto en científica por parte del doctor? Debe haber un acuerdo entre docencia e investigación acerca de la utilidad, por ejemplo, por formar buenos ciudadanos, que es la proyección social de una verdadera universidad y escuela.

Con la entrada en vigencia de la Ley 30 de 1992, o ley de educación superior, se pensó, que se iba a impactar las funciones misionales de las universidades, por el contrario, como bien lo anota la doctora Ochoa, el gobierno nacional se dedicó a crear organismos foucoultianos de inspección y vigilancia, como el Conaces y el CNA, para “meter en cintura” la autonomía universitaria, exigiéndoles contar con doctores, cuando los propios ministros de educación no son doctores en educación.

Entonces, se pasó a la fase de la “doctoritis”, no con la intencionalidad del doctor, cual es, hacer una docencia científica desde la investigación: “el doctor, además de serlo, debe parecerlo”, pues, se trata de una cultura, que es la cultura por la investigación.

Desde 1992, los concilios de esos organismos fiscalizadores del Estado han empujado a las IES hacia la carrera de obstáculos del ranking, sin distinguir y clarificar el sentido misional de la formación doctoral. Más de uno se “formó” por vanidad o por ascender en el escalafón, más no para contribuir con la docencia científica en su respectivo contexto formativo (escuela o universidad: estos espacios vinieron a congregaron a su alrededor una especie de parásitos doctorales. Esos entes imprimían la obligación, a través de cartabones de las visitas de pares o consejeros a las universidades, a formar doctores y contratar doctores a como diese lugar, a fin de “subir” en el “ranking” perverso que han creado como un buen negocio, pero, no acompañándolas con una política de Estado clara para favorecer, por ejemplo, las necesidades de las regiones.

Somos de la opinión, que esta formación en el sistema educativo debe iniciarse a partir del preescolar, formar doctores para los niveles educativos, muy específicos, por ejemplo, doctor en educación básica, doctor en didáctica. Por el contrario, como lo anota la doctora Ochoa, el doctor de hoy cree saberlo todo y no es dueño o depositario de un saber específico, por ejemplo, el curricular, para que desarrolle y fortalezca la docencia científica. Entonces, con esta arremetida oficial por esta exigencia, aparecieron doctores en las universidades y escuelas, con minúsculas, y “florecieron” las universidades de privilegios por cuál tenía más doctores: la excepción inmediatamente se convirtió en regla. Encontramos, por tanto, la repetición monótona de estos preceptos de los sacerdotes oficiales, convertidos en norma: “que las universidades cuenten con el mayor número de doctores”. Repetimos, es y debe ser lo ideal, pero no, así como un postulado legal punible, como lo impone el gobierno. Antes que nada, deben abaratarse los costos de esta formación, y que las universidades construyan doctorados, no pensando en el negocio, sino en los contextos, en la relación del doctor con su región en diálogo con lo global.

La doctora Ochoa, quien lideró el Convenio Interinstitucional, Universidad Externado de Colombia y la Corporación Universitaria de la Costa, CUC, a inicios de los años 90 para formar magísteres en administración y supervisión educativa, es una autoridad para elevar este reclamo ante el gobierno. Nosotros nos sumamos a esta queja por una buena docencia científica, pues, le corresponde al Estado facilitar los recursos para formar una buena masa de doctores críticos pensando las regiones, que son abandonadas por la desidia oficial. Conocemos y valoramos la sabiduría y experticia de la doctora Ochoa. En nuestro entender, reclama preservar esta formación bajo el espectro de las necesidades locales, regionales y nacionales, y no “sacar programas doctorales” del cubilete mágico, sin ningún apego a las realidades de las regiones y del país, conectadas con el mundo. Según ella, y es nuestro parecer, vivimos una época de desencantos, que invita a reconstruir el encanto perdido, el enamoramiento, por ejemplo, de la docencia científica, que es algo muy de la mano con la investigación, y una real necesidad en todos los niveles. Su comprensión es la nuestra. Ella, no hace sino decir en voz alta, lo que otros decimos en voz baja para no incomodar: decir, no más a esta fiscalización desautonómica frente a las IES. Este no es el papel del Estado, porque por mandato constitucional (arts. 67 y 69), debe fortalecer una política clara y robusta en esta materia. Nos preguntamos, en materia de investigación, hoy, en los tiempos del Covid-19, ¿cuáles han sido los aportes de los doctores de las diferentes áreas vinculados a las universidades?

Este Estado fiscalista y fiscalizador se ha encargado de penalizar la autonomía universitaria con esos organismos que hemos señalados. Sus “recomendaciones” están llenas de cero esfuerzos estatales para con las necesidades regionales, por ejemplo, con la Universidad Tecnológica del Chocó. De 1992 en adelante, el MEN con un ánimo pendenciero de cada gobierno que llega, porque no hay una Política de Estado, y de cada ministro de educación, quien nunca tiene formación doctoral en educación, tratan a la escuela y universidad con reformas para favorecer ese ranking, como lo critica la doctora Ochoa. No se ha construido una reforma universitaria seria por parte de los gobiernos, porque para ellos, la educación implica un gasto y no una inversión social. Por el contrario, se proponen medias tintas reformas al gusto de los ministros de turno, como una respuesta más a élites de determinadas universidades que acreditan una “máxima excelencia”. Habrá que volver al fuero de estudiantes y profesores de encarar la lucha por el espíritu y la regla de una reforma integral de la educación superior que promueva una docencia científica y pertinente, como esa que desarrolla, construye y pone en escena el doctor en el laboratorio o en el aula de clase con sus investigaciones y producciones. Lo demás, es una docencia acrítica e impertinente, acomodada de esos doctores formados según la opinión de la voz autorizada de la doctora Ochoa. 

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