Se masifica la acreditación institucional. ¿Se está perdiendo el encanto?

Oct 6/21 En el caso de las universidades (públicas y privadas), 2 de 3 ya tienen acreditación institucional. Aunque es voluntaria y meritocrática, en la práctica se ha vuelto casi obligatoria.

Por principio, la acreditación es un proceso de alta calidad al que, se supone, solamente unas pocas universidades (en la génesis del sentido y la evolución histórica de la academia) podrían llegar, a manera de referentes y faros orientadores de las funciones sustantivas de la Universidad.

Pero cuando la mayoría ed universidades se acredita, ¿qué pasa?. Políticamente (desde el Ministerio) se usa como un mensaje interesante para los funcionarios públicos de turno (hemos logrado X porcentaje de matrícula en IES acreditadas, aunque la realidad poco o nada cambie). Pero en la práctica, la situación poco o nada varía. Muchas de las “nuevas” acreditadas, por fuera de las tradicionales, siguen al margen de las decisiones claves de política pública, cercanía al gobierno y mejor en su posicionamiento nacional e internacional.

Salvo algunos beneficios económicos adicionales, especialmente para las públicas, y la oportunidad de estar más cerca de convocatorias y bolsas concursables, para las privadas, lo cierto es que estar acreditado institucionalmente ya poco o nada emociona al sector, y mucho menos a los estudiantes.

La experiencia, en números, confirma que la enorme inversión que hacen las universidades para alcanzar la acreditación institucional, difícilmente se retorna en matrículas, pues obtener ese “sello de calidad” no garantiza automáticamente un incremento de las mismas.

Es más, un buen número de las más grandes universidades, en estudiantes, no están acreditadas aún.

Unas pocas de las no acreditadas carecen de condiciones, a veces, cuestionables también para registro calificado, y otras -públicas- demandan de muchos recursos, de lobby político y de buena imagen ante el Ministerio para poder acreditarse.

Para las más fuertes (ricas, tradicionales, con apellido) reacreditarse es cuestión casi rutinaria, que cada vez menos incentivos deja a sus académicos pero, en cambio, sí muchas molestias con todos los formatos, encuestas, rankings, evaluaciones… que se requieren en el proceso, y que pasan a ser hechos automatizados, más que conscientes.

Lo cierto es que más allá de los pocos beneficios, las universidades buscan su acreditación por no quedarse rezagadas frente a las demás, y por cuestión de orgullo.

El impacto de la acreditación es cada vez menor, y los que terminan beneficiándose de ella son los muchos “consultores” que han pasado por el proceso y comparten su experiencia, las empresas de rankings, los vendedores de softwares, inteligencia de datos y sistemas de evaluación, y la prensa nacional y local que se lucra con los avisos de página entera a color que, a su turno, publica cada universidad que se acredita.

Esto no es una crítica a la acreditación, en su esencia, pues la academia necesita permanentemente subir el listón de calidad, para contribuir a la mejora de todo el sistema, y en su idea la acreditación es muy buen camino para ello.

La crítica sí se resume en preguntas: ¿Será que el sistema de educación superior colombiano se “durmió” con la acreditación (más allá de los muchos ajustes normativos que ha hecho), y se conformó con que ésta se mida por número de IES más que por efectivos resultados de mejora del sistema?, ¿será que a pesar de los múltiples cambios en condiciones, factores, indicadores, evalulaciones… basta con entregar los informes y hay una perjudicial solidaridad entre consejeros, pares académicos e IES para “hacerse pasito?, ¿se volvió tan predecible la acreditación y, por lo mismo, “fácil” para las IES, a tal punto que las recomendaciones y aspectos a mejorar que plantea el CNA y recogen las resoluciones ministeriales, dicen casi lo mismo para todas las universidades acreditadas, con recomendaciones abstractas (mejorar, sugerir, recomendar..) pero sin concretos estándares a alcanzar¿será que llegó la hora re “reinventar” la acreditación y diseñar otro modelo de alta calidad?, ¿estarán conformes las universidades que (no hay que ser mago para saber cuáles) más dinero, tradición, experiencia y apuestas por la calidad han hecho, al verse listadas a la par de otras que, también acreditadas, mantienen enormes distancias con ellas?.

En el caso de las instituciones universitarias el proceso va mucho más lento, y ni siquiera la quinta parte de esas IES han logrado la acreditación. Además de las inversiones, han visto que la acreditación poco valor agregado les da (tristemente).

Las técnicas y tecnológicas sencillamente no tienen dinero ni tiempo para pensar en la acreditación. El Estado poco las protege y apoya y, mientras tanto, la demanda las está condenando a desaparecer.

Más allá de los diversos análisis y talleres que el Ministerio, el CESU, Conaces y CNA lideran para analizar aspectos de aseguramiento de calidad, el país se debe un debate -con las cartas sobre la mesa-, frente al norte del sistema, el rol de cada tipología de IES, el apoyo -real- para las acreditadas y las no acreditadas, y la generación de una política de calidad que inspire a marcar diferencia y crecer como sistema y no a nivelar, a veces por lo bajo.

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